Martes, 10 de diciembre de 2019

El extraño amor a la poesía

Tengo yo para mí, que Salamanca debe ser la ciudad en la que habitan más poetas por metro cuadrado. Vas paseando tranquilamente por la ciudad, gozando de la apacibilidad de sus calles, doblas una esquina y allí está, acechando al indefenso viandante, sin consideración ni respeto a su voluntaria soledad, así, sin previo aviso le espeta: ¡He publicado un libro de poemas! Lo presento la semana que viene, espero contar contigo. Y uno, que no quiere perder amistades, ni mucho menos quedar mal con nadie, termina diciendo: bueno, pues allí nos veremos.

Es rara la reunión de seis o siete salmantinos (o residentes), en la que no haya, al menos, dos o tres que tengan publicado, o vayan a publicar, un libro de poemas. Y claro, cada cual habla de su libro, y uno que no tiene publicado ninguno, se siente como un bicho raro y le entra el complejo del salmantino ignorante. Por otra parte, no deja de ser paradójico, el que a la vez que eso ocurre, todos ellos se quejan de lo poco valorada que está la poesía y lo poco que se lee. A lo mejor, digo yo, es que todos están tan ocupados en escribir poesía que no les queda tiempo para leerla. Al final, resulta que el único que lee poesía, es el ignorante salmantino, que como no escribe, tiene tiempo para leer.

Tampoco deben tener tiempo para escucharla, porque afortunadamente, en nuestra querida Salamanca, se organizan con frecuencia actos poéticos, ya sean lecturas de poemas, recordatorios de poetas, homenajes…actos a los que la asistencia de público, en general (hay excepciones), es mínima. ¿Dónde están - me pregunto yo - todos aquellos a los que, cuando hablan de poesía, se les llena la boca de maravillosa palabras intentando expresar lo edificante, gratificante, maravillosa, mística…, y no sé cuántas aleluyas más?

A lo mejor no pueden asistir porque están en casa escribiendo sus propios versos. Eso sí, cuando los publiquen querrán que todos vayan a escucharles y si no es así, el ignorante salmantino, será la diana de sus reproches, le tacharán de ignorante, cateto e insensible. Y es que, ya se sabe, la miel de la poesía no está hecha para la boca del asno salmantino.

Normalmente, los actos literarios, y si están relacionados con la poesía con más motivo, se celebran en locales de reducido aforo, por aquello de que si vas a abrir un bar y quieres que siempre esté lleno, hazlo pequeñito. Bueno, pues a pesar de eso, aún quedan muchas sillas vacías. A poco, que una mínima parte de los muchos que dicen ser amantes de la poesía acudieran, esos locales estarían siempre llenos.

Me barrunto yo, que pueden ser varios los motivos por los que esto no acurre: O bien, no son tantos los amantes de la poesía como dicen ser, y lo dicen porque socialmente queda muy bien, o bien, porque sólo les interesa sus propios versos, y que los de los demás, no merecen la pena de molestarse en ir a escucharlos.

Por encima de estos actos de los que hablo, los de andar por casa, los de las lecturas de poemas por el propio valor del poema, los que se hacen en lugares modestos, pero muy dignos, sin alharacas, sin gran boato ni liturgia social, hay otros en los que sí, en los que se vuelca buena parte de la sociedad salmantina. No sé el amor a la poesía que puedan tener esas personas, seguro que será muy alto y refinado. Tampoco sé cuál es el motivo por el que, si el acto se celebra en un lugar, digamos emblemático, lujoso, centro habitual de reunión de alto nivel social… entonces todos acuden.

La respuesta la ignoro, pero me suscita unas preguntas: ¿Por qué a esas personas no se las ve en los lugares más modestos, aunque la calidad de la poesía sea la misma? ¿Será que lo que les interesa es ver el local? ¿O tal vez no quieran ver, sino que les vean?