Consignas y banderas.

En Dresde, allá por 1933, tuvo lugar una de las primeras manifestaciones convocadas por las “camisas pardas”. La “Sturmabteilung”, los “grupos de asalto”, las feroces SA se pasearon por el barrio burgués, Weisser Hirsch, coreando consignas: unas, en contra del socialismo y del comunismo y otras, en contra de la raza parasitaria y corrompida. ¡Judios fuera! (¡Juden raus!)  Al final de esa turbamulta, un judío acompañaba el cortejo enarbolando un cartel fijado a un largo palo, el letrero decía: “¡Nosotros fuera!” (¡Uns raus!). Esta anécdota la cuenta Victor Klemperer en su LTI (Lingua Tertii Imperii).  

“El lenguaje es más que sangre”, decía Franz Rosenzweig. El lenguaje forja identidades y deshace identidades, sean colectivas o personales. El lenguaje valora, discrimina, ensalza o condena de manera irremediable. El lenguaje se mama, no se razona. Es una moda. Dura lo que dura, un suspiro. Durante doce años, en aquella Alemania, los términos sacrosantos eran “pueblo” (Volks) y “linaje” (Sippe). El “diálogo” sugería debilidad. Por ello, se sustituía, a la hora de establecer una relación colectiva, por otro sustantivo más expeditivo: “asalto” (Sturm). La suprema, la más honrosa ocupación viril residía en devenir “guerrero” (Kämpferisch). Los que no tenían el privilegio de ser arios eran “subhumanos” (Untermenschen) y merecían ser tratados como “cosas o mercancías” (Stücken). En la cúspide semiótica se situaba la figura del “caudillo”, el Führer, un predestinado que gozaba de “visión cósmica”, de una Weltanschauung. También el fascismo español poseía palabras y sintagmas sagrados: movimiento, democracia orgánica, cruzada restauradora, martirio, raza, defensa de la religión. Los nazis pretendían instaurar un Tercer Reich que durara mil años. Los fascistas locales, menos ambiciosos, volver a la época de los Reyes Católicos.

En aquella época se enarbolaban banderas, se desfilaba por las calles y se gritaba: ¡Deustchland über alles! (Alemania primero). Hoy se siguen enarbolando banderas, se desfila por las calles y se grita: ¡Inmigrantes fuera!

 Cuando el presidente de los EE. UU. proclama a los cuatro vientos, su ¡American first! (América primero), uno siente inquietud. Aún más, cuando tales gritos se vuelven a escuchar en la mayoría de los países de la Unión Europea.

Nuestro pequeño judío, el de la pancarta y largo palo, hizo suyo el lenguaje de los vencederos. Tanto, que llegó a justificar su propia expulsión. Quizás buscaba congraciarse. Quizás afectado por el síndrome de Estocolmo. Me temo que no lo consiguió. Me temo que terminó subiendo a un tren de mercancías.

 Hoy, muchos se comportan como aquel insensato. No enarbolan pancartas, pero sí depositan su voto en favor de quienes están sobre sus hombros sentados.

Hoy no se habla de razas y sí de riqueza. A saber, si usted compra un inmueble por medio millón de euros obtendrá su visado de residencia. Nadie se fijará en el color de su piel, creencias, ideología, honradez, dominio del idioma y otras fruslerías. Usted dejará de ser un inmigrante, será un exótico viajero en busca del sol marbellí y le pondrán una alfombra roja a pie de escalerilla.

En cambio, si usted no es tan afortunado deberá hacer infinidad de colas. Si usted viaja en patera o en los bajos de un camión, su futuro será más que incierto. En el mejor de los casos le pagarán un salario ridículo. Un salario, que ningún compatriota aceptaría (¿o ya sí?). Hará de aparcacoches, mantero, pordiosero o le internarán en algún sitio. Si no tiene dinero, debe saber, que es una simple cosa (Stück). Si no tiene dinero, a la mayoría le importará un comino cómo se llama, de dónde viene, y por qué vino.

Hoy, al igual que ayer, ni los judíos ponían en peligro la nación alemana, ni los inmigrantes la española, francesa o italiana. Hoy al igual que ayer, ese discurso mendaz sirve para concitar apoyos, votos y perversas emociones. “Vean -dicen ellos- esa gente viene a aprovecharse de nuestros servicios médicos, a quitar puestos de trabajo, a introducir costumbres bárbaras, a perpetrar actos terroristas, a mercadear con la droga e infestar nuestras calles con su andrajosa presencia” ¡Einwanderer raus! (¡Inmigrantes fuera!)

Entretanto y al socaire de tales consignas, se precariza el empleo, los alquileres se disparan, los desahucios aumentan, los universitarios deben abandonar el país y el número de familias que no llegan a fin de mes aumenta. Mientras unos pocos se enriquecen sin cesar, otros muchos se empobrecen sin cesar.  En suma, el estado de bienestar (Welfare state) se ha ido por el sumidero y con él la democracia.