Sábado, 17 de agosto de 2019

Al amor del fuego

Y entonces parecía que todo era fuego por fuera de la esfera que rodeaba la tierra y que las estrellas eran solo agujeros. Así como cuando tu cortina tiene un roto y te cae sobre la cara un puntito de luz que se cuela por el hueco de la tela y se te posa en la frente y no te deja hacer la siesta, pero no importa tanto porque ha sido agradable ser besada por el sol. Aquello lo pensaba Anaximandro hace dos mil quinientos años y nos sigue pareciendo bonito, ¿verdad?, faltaban siglos para inventar los telescopios y él, a ojo desnudo, veía esas luciérnagas arriba y pensaba que eran hoyos en la cáscara de huevo que separaba a la tierra del magma primigenio. El fuego había sido descubierto setecientos noventa y ocho mil años antes de que Anaximandro escribiera su cosmología y nos había hecho, a todos, las cosas más fáciles.

El fuego y, desde entonces, la luz dicen la meta en el camino de la noche. La misma hoguera en las cuevas de Altamira y en las playas en donde tañemos las guitarras. La leña que arde en invierno y las velas del tiempo de adviento que anuncian, tras el solsticio, el regreso de los días que se alargan. Generación tras generación tras generación, hemos encendido llamas y nos hemos contado las historias de quedarnos despiertos: la de aquella estrella de Melchor, Gaspar y Baltasar, o la del mapa de constelaciones que orienta la proa de los marineros. La respuesta a la pregunta de por dónde seguir. Encendemos las luces como si no fuera con nosotros, y pensamos, tal vez, en lo difícil cuando llega la factura, qué horror, sin preguntarnos de dónde ha venido todo esto, sin recordar que, del fuego a la bombilla, han sido, los pasos, tantos.

Diciembre nos cae encima y las calles se ponen de fiesta. Hay colgantes arabescos luminosos que invitan a sentirte distinto cuando, durante el paseo, pasas junto al castañero de toda la vida y se te parece al retrato de Vulcano, así, con sus tenazas al calor, para sacar de allí, de la sartén de las castañas, la semilla de lo bueno. Encendemos las luces sin pensar en el agua que ha corrido desde el tiempo en que los libros se escribieron a la luz saltarina de la vela y su ardor, su inteligencia, su mareo. El caso es que Edison alcanzó su primera bombilla y amaestró, para nosotros, la noche. Después llegaron la pantalla de tu móvil, los avisos titilantes en las paradas del metro, diciembre y sus festones de brillo rasgando los mantones de la niebla. Encendemos las luces para ver cómo se diluyen los colmillos de la sombra y hacemos cabriolas sobre las vallas del miedo.

Me gusta imaginar al señor Edison. ¿Qué buscaban sus ojos como platos en el centro de lo oscuro?  ¿Cuál era la ilusión que ponía norte en su empeño? Se han encendido las luces en todas las calles de diciembre. Algo se mueve en el extremo del cable y su fuerza empuja electrones hilo arriba como piedras diminutas alcanzando su cima —o su estrella o la boca por la que canta la luz— y cayendo, de nuevo, para empezar muchas veces hasta que la navidad brilla encima de nuestras cabezas con sus estrellas de lata. Hay kilómetros de bujías encendidas pero esto no basta, ¿lo sabes? ¿De qué sirve una lámpara led si no arde en ti el fuego que anima la fiesta por dentro? ¿Y cuál es esa fiesta y por qué?

Llegados a este punto, es posible volver a Anaximandro y evocar los orificios en la sombra por donde la luz gotea. ¿Recuerdas esos versos de Gibran Kahlil Gibran que dicen que, si no se rompe, cómo se abrirá tu corazón? La fiesta es esa estrella que rasga el terciopelo del sueño y se te posa en la mejilla por la que floreces cuando la novedad te ruboriza de entusiasmo. La fiesta es esa estrella que fractura el hielo de todo aquello que ya ha perdido sus hojas y, también, la grieta por la que se nace. La grieta por la que se nace. Porque ver es también una metáfora, encendemos las luces. Y hacemos agujeros en la tela de lo oscuro para recordar que hay alba al otro lado de la noche. Y empezamos a decirnos feliz navidad, que es lo mismo que decirnos feliz nacimiento. Y nos abrazamos, ebrios de brindis, de esperanza y de dicha, al amor de algún fuego.

Salamanca, 14 de diciembre de 2018