Lo que nos espera

De nada sirve imitar la actitud del avestruz ante la situación que estamos viviendo. Hasta el más pasota tiene que acabar admitiendo que nada bueno podemos esperar de un escenario tan complicado como el nuestro. Si das como bueno el desbarajuste que se ha adueñado de la sociedad, ya no tienes derecho a quejarte de las consecuencias. Si, por el contrario, sientes inquietudes justificadas, y las pones de manifiesto, entonces debes exponerte a que te tachen de catastrofista, facha, represor y, por añadidura, ese término que vale para todos, fascista.

El auge de los populismos –de uno y otro color- parece haber surgido, de repente, tras las elecciones autonómicas de Andalucía. Hasta ese momento, en España, toda aparición de actitudes populistas respondía a manifestaciones urbanas de grupos teñidos de aureola universitaria, con ideas próximas a la extrema izquierda, dispuestos a cambiar radicalmente el panorama, y empleando muchas veces métodos que bordeaban la violencia o, cuando menos, la provocación. Nadie los tuvo en cuenta hasta que hicieron acto de presencia en la vida pública. Llegaron al poder y epataron a no pocos jóvenes indignados, y a bastantes desocupados, sorprendidos de lo fácil que resultada alcanzar un sueldo público nada despreciable. Comenzaron a descubrir sus verdaderas intenciones, y también sus debilidades. Su rechazo dogmático al capitalismo resultó ser sólo de boquilla, porque, ¡oh, sorpresa!, también tenían los pies de barro y compraban chalets millonarios, y se olvidaban de dar de alta a sus empleados, y mantenían reticencias con Hacienda a la hora de declarar sus ingresos. ¡Mecachis en la mar!, resulta que entre los perro flautas también hay telepredicadores. Como la física lo explica casi todo, la tercera ley de Newton dice que a toda acción se opone otra reacción, igual pero de signo contrario. Tanto apretar por la izquierda, tenía que provocar un empuje opuesto desde la derecha. Así aparece en escena Vox.

Ante las primeras ocurrencias de Podemos, ninguno de los que ahora se escandaliza se dignó levantar la voz pidiendo su ilegalización. No sólo eso, más de uno se valió de su concurso para alcanzar algún sillón bien retribuido.Tambiéncuando sus compañeros de viaje aborrecían la forma de Estado y nuestra Constitución, o veían como normales las actitudes de otras fuerzas políticas forjadas a la sombra del terrorismo, o empeñadas en alcanzar su independencia de España. Al fin y al cabo, casi toda la leña iba siempre contra la derecha. Cuando los partidos con responsabilidades de gobierno no quisieron tomarse en serio las verdaderas intenciones de Podemos, afeábamos –muchas veces con razón- la pasividad de quienes debían dejar las cosas claras, unas veces por falsos complejos de impopularidad y otras muchas por claros intereses mutuos. Tacita a tacita fue creciendo Podemos hasta ingresar en el pelotón de las cuatro primeras formaciones políticas nacionales. Que nadie busque responsabilidades ajenas; todos fueron culpables. Por omisión o por conveniencia.

Ahora ya ha llegado Vox y comienza el rasgado de vestiduras. Todo este problema se habría acabado si no hubiera alcanzado representación en el Parlamento de Andalucía, o si lo hubiera hecho de forma meramente testimonial –vamos, unas cuantas docenas de votos, para que se sepa cuántos fascistas hay en Andalucía- Pero, ¡Ay, amigo!, esto tiene toda la pinta de no parar ahí ¿Quién ha sido el culpable? Otra vez, Fuenteovejuna. Alguien ha dicho, con buen criterio que, cuando Rajoy miraba para otro lado cada vez que los nacionalismos estiraban la cuerda, alguien renegaba de haberle votado. Cuando Pedro Sánchez se apoyaba en los partidos polít6icos que pretendían acabar con la Constitución, en los que justificaban el terrorismo y en los que buscaban independizarse, alguien se revolvía hasta decidirse a cambiar de voto. Cuando, por último, la Generalidad de Cataluña vuelve a poner contra las cuerdas al gobierno de Sánchez y éste se limita a escribir una carta a los Reyes Magos de Torra ¿cómo no van a aumentar los votantes de Vox? ¿Qué más tiene que suceder para que el Gobierno actúe como tal?

Si no fuera tan grave el problema catalán, sería para tomárselo a broma. Pedro Sánchez ha llegado a tal grado de depravación que, para prolongar unos días su estancia en la Moncloa y tener pasajes gratis a medio mundo, es capaz de dar por buena hasta la “maniobra de los mossos de esquadra”. El pasado día 6 se celebraron en Cataluña dos actos de reconocimiento a nuestra Constitución y, como era previsible, las bandas de los CDR intentaron boicotearlos. Los mossos intervinieron para impedirlo, respondiendo al enfrentamiento de los energúmenos. Tuvieron la osadía de repeler las agresiones ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Que rueden cabezas! Torra monta en cólera y convoca a su Consejero de Interior. Alguien le indica que por ese camino está jugando con fuego y se produce un comunicado en el que… ¡se felicita a los mandos de los mossos por lo acertado de su intervención! Eso sí, de paso se les dice que no intervengan en los cortes de autopistas. Y todos tan contentos: los CDR dicen que seguirán haciendo lo que les dé la gana, Pedro Sánchez vuelve a subirse al Falcon. y Torra, harto de tanta butifarra y de retar claramente al Gobierno, ingresa en el Monasterio de Poblet, convertido en la clínica Incosol de la Generalidad.

Unos y otros están convirtiendo España en una nación poco seria y, lo que es más grave, poco competente. La economía va en números rojos, el empleo no acaba de levantar cabeza, la Unión Europea nos saca los colores, el Reino Unido le ha tomado el pelo a Pedro Sánchez – y a todos nosotros- y el proceso catalán cada vez está más cerca de un estallido violento. Si los políticos no reaccionan a tiempo, lo tendremos que hacer los votantes. Que nadie se llame a engaño.