Miércoles, 23 de enero de 2019

Cuento de Navidad

Siempre por Navidad viene a mi mente remembranzas de tiempos lejanos. En esta que ya estamos inmersos con toda su parafernalia, quiero recordar otra muy distinta, que fue hace mucho tiempo,  y que jamás he borrado de la memoria.

“En recuerdo de algo que ocurrió cuando los arroyos bajaban limpios y saciar la sed era privilegio”. En recuerdo de mi padre.

-Allá por el año 1942, en las estribaciones de la Sierra de Béjar, donde la provincia de Salamanca pierde sus límites y se empareja con la hermana Cáceres, se encuentra situado el bonito y pintoresco pueblecito de El Cerro, a caballo de Lagunilla, Valdelageve, Valdelamatanza y Montemayor del Río. Pueblo este de El Cerro con esencias propias, que en  el día de que os hablo en mis recuerdos gozaba de calles empinadas de grandes rollos de piedras, balcones colgantes donde se secaba el fruto de la tierra, pimientos, higos y más; pilones de agua cristalina y pura que al beberla producía dolor de dientes, almazaras de aceite y olor a heno recién cortado en las corralizas.

-Algunas de estas cosas perduran, pero la mayoría de ellas se han perdido, pagando tributo a los avances de la técnica y las mejoras sociales.-

-Llegar hasta El Cerro, en aquella época, era primordialmente en tren hasta la Estación de Puerto de Béjar, y desde allí más bien “a peón” o en noble “jaca” atravesar las angostas calles de Pena Caballera, después había que seguir por aquel camino de herradura entre matas, helechos, muchos árboles diversos y regatos de agua corriente y cantarina, pasar por el puente de “La Marchana” y bordear la “Fuente del Avellano”, llegar al “Castañar” y ya ver el cerro al que el pueblo debe su nombre-El Cerro-un lugar gris por las piedras de canchales en los edificios rústicos, que se intercalaban con tierra de adobe situada milagrosamente entre postes de madera, haciendo un milagro de ingeniería elemental de pura mágia. Nogales, castaños, guindos y más, circundaban al pueblo como dándole guardia de honor en verdor de distintas tonalidades.

Mi padre era médico en este lugar perdido y lejano de la capital por la carencia de medios de comunicación y sin luz eléctrica (corría el año de 1942) con todas sus limitaciones. Un día se hizo cazador con reclamo, y yo siempre tuve la certeza que tomó esta decisión; por aburrimiento y evadirse y “gastar horas”, que pasaban lentamente, aunque también pensé en que lo realizó por poder gozar de aquella naturaleza pródiga o tal vez… por ver “trabajar” desde su jaula a aquellos animales, macho o hembra de perdiz, que parecían gozar cuando con sus cantos adecuados y habilidad, atraían a sus congéneres hasta sus mismos “pies” y una vez sonaba el disparo y algunas de las perdices que “habían entrado a la pelea” revoloteaban heridas, ellas daban sus gritos característico de victoria y con grandes saltos chocaban sus cabezas desplumándose en el techo de la jaula.

-Para situarnos en la acción, debo decir que mi padre cargaba el mismo los cartuchos y que nunca tiraba las vainas disparadas, que  por la carencia de aquella época había que usarlas una y otra vez. Ir a la –caza con reclamo-suponía “pertrecharse” concienzudamente para el evento, ya que aparte de la jaula donde iba el reclamo-perdiz estaba la funda con dos correas para pasar los brazos y colocarla en la espalda  (que yo un chaval con ocho años de edad entonces, “porte” en numerosas ocasiones). A ello se tenía que añadir un “podón” curioso instrumento cortante; por una parte hoz y por la otra hacha y que servía eficazmente para cortar las “escobas del campo” con las que había que hacer los puestos de espera en las esquinas de los cercados. Después… se necesitaba ánimo y vigor para llegar al sitio de caza por los repechos de la sierra sorteando los obstáculos y faltando el “resuello” en muchas ocasiones a pesar del aire puro.

Al hacer el “puesto” estratégicamente se hacía una mirilla camuflada para por ella poder sacar el caño de la escopeta. Después se tenía que esperar con impaciencia a que el canto de nuestro reclamo-perdiz atrajese a las que libres en el campo se sorprendían, si era el caso, de que otra perdiz hembra o macho, les llamase “enamorada” o “pidiendo guerra” desde lejos; entonces los “donjuanes” o “echaos palante” de turno caían en la trampa sin paliativos.

-Me acuerdo perfectamente de lo que hicimos mi padre y yo aquel mes de diciembre de 1942. La nevada copiosa que había caído días antes se había disipado  y él me “propuso” que nos fuésemos de caza y conseguir aluna perdiz con vistas a ser degustadas en la cena familiar de Navidad. Recuerdo que después de haber comido, ya por la tarde, nos fuimos sorteando caminos de herradura y grandes repechos flanqueados de castaños, nogales y olivos hacia –Las Navas-, maravilloso observatorio desde so podía ver una Naturaleza pletórica y a lo lejos la planicie cacereña y el pantano de-Gabriel y Galán-… ¡una verdadera fantasía en la soledad y silencio infinito!

Aquel gran día, mi padre llevaba como munición sólo seis cartuchos que eran todos lo que tenía y había que escatimar. Yo portaba en mi espalda la funda en la que estaba la jaula de nuestra perdiz, a la que notaba saltando alborozada e impaciente con la próxima cita con sus congéneres. Una vez asentados en nuestro puesto de caza, esta vez excepcional, pues estaba situado justo en –“LA CHOZA”- (los “cerrúos la denominan “Bóveda” y en Extremadura “Zahurdas”, pero para mí siempre será “La Choza”) una  singular reliquia hecha de piedras sin argamasa y por la mano del hombre, en “Las Navas”, para buscar seguro refugio en ella cuando el mal tiempo y las tormentas arreciaban-…y que para mí, a los 8 años de edad, significaba algo extraordinario y lleno de misterio.

-Cuando se hizo el silencio que el evento necesitaba y que para mí era una tortura, nuestro macho-perdiz reclamo empezó su “trabajo” y al poco rato, subiendo despaciosamente por las tapias que circundaban aquella tierra sembrada de algarrobas, numerosas perdices bravías con la cabeza siempre en movimiento y recelosas en la duda de si entrar o no en la pelea. Pero siempre se decidían en hacerlo. Y mi padre, que cuando había muchas escogía pieza, disparó y disparó… Los seis cartuchos desaparecieron en un santiamén y lo que sucedió a continuación no se me olvidará jamás de los recuerdos infantiles… y lo fue el ver a mí padre ya fuera del puesto de caza, abiertos los brazos y haciendo aspavientos frenéticos con ellos mientras intentaba espantar a las perdices bravías supervivientes que “enceladas” con nuestro reclamo, eran acérrimas en no abandonar la tierra de algarrobas incipientes; en torno a-“La Choza-, en el predio de “Las Navas” en el término de-El Cerro- y el lugar mágico donde el silencio-devuelve su eco-… a la vera de “Hornacinos”.

Pasados desde “aquello” ¡76 años! Os deseo una ¡FELIZ NAVIDAD 2018!