Jueves, 22 de agosto de 2019

Desde el mirador

A mí lo de Francia me ha pillado con el pie cambiado. Es decir, leo artículos sobre el tema, veo las imágenes y sigo sin entender nada de este estallido tremendo, pleno de rabia ¿Pueden las formas prepotentes de un presidente elegido por la mayoría así como ciertas reformas despertar esta reacción? A los franceses les va la grandeur hasta a la hora de protestar, y pienso en la sarta de causas que habrán concurrido para semejante estallido: la subida del combustible, la falta de mejoras en un espacio acostumbrado a que casi todo funcione, la retirada de impuestos a las grandes fortunas… ¿Qué sucede en Francia?

Desde mi posición, esta que considero privilegiada porque sale agua caliente de mi grifo, no he pasado hambre ni privaciones y nací en los estertores del franquismo, me pregunto si no habría que recordarnos lo que de bueno tiene nuestro sistema… así como lo que no para de empeorar. La brecha social cada vez es más insultante, los políticos parecen ocupados en medrar y no arreglar, el descontrol presupuestario es un caos y la Sanidad y la Educación están empezando a hacer aguas por todas partes. Luego está la supuesta unidad de España, pero eso no me parece un asunto de primera necesidad, sino un lujo. Lo digo porque para mí ahora lo esencial me parece no perder lo conseguido: estamos en la senda que la igualdad, estamos disfrutando de unos servicios públicos francamente favorables… ¿Qué tripa se nos ha roto con el soberanismo egoísta que le ha dado alas a esa VOX? La gente no es tonta, la gente está harta y por supuesto, le tiene bien cogida la medida al discurso de Iglesias y sus formas estalinistas de purgar al personal, por eso el zasca cuestionable a los políticos de siempre  es hacia VOX y no hacia el voto morado.

Vivimos cambios de paradigmas pero nunca hubiéramos imaginado que íbamos, a estas alturas del partido, a reivindicar el pasado, a dar un paso atrás y a cuestionar lo obvio. Las autonomías, por ejemplo, son un desdoblamiento carísimo e inútil de puestos y prebendas, pero la respuesta no está en suprimirlas, sino en reconducirlas. La inmigración es un problema grave que precisa de soluciones, no de prohibiciones… y así sucesivamente. Es más fácil y cómodo salir por la tangente. O considerar a todo aquel que no comulgue con Podemos un fascista irredento. Pura simpleza, los extremos se tocan, que no los extremeños, esa tierra infinita de gente peleona que goza de una naturaleza feraz y de un tren carpetovetónico a juego con los señoritos que han cambiado el franquismo por la izquierda. Decididamente lo nuestro es huir del término medio. Por eso quizás deberíamos dejar de criticarlo todo y festejar el clima del consenso. Retornar a las fuentes de la Transición y resolver lo que verdaderamente importa. Que cada uno vote lo que quiera y se exprese libremente, que hay sitio para todas las sensibilidades, eso sí, estando todos a lo nuestro, mejorando lo que verdaderamente importa y respetando lo diverso. Si no es así, más nos vale prepararnos, porque lo de Francia quizás se nos quede corto.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.