Sábado, 24 de agosto de 2019

A propósito del documental colombiano "El silencio de los fusiles": una lección para España

El pasado martes tuvimos el privilegio de ver en la Filmoteca de CyL un completo, objetivo y emocionante documental de la cineasta Natalia Orozco, sobre todo el proceso de negociaciones de paz, de seis años de duración, entre el Gobierno Colombiano y las FARC. En él se narra desde el comienzo de las negociaciones hasta la firma de la paz; los espectadores pudimos apreciar el enorme esfuerzo realizado por los representantes de ambas partes, quizás como nunca se ha realizado en la Historia de ninguna otra negociación. Las virtudes de ambos equipos, la paciencia, la flexibilidad mínima suficiente, la honestidad y (¿por qué no decirlo?) la inteligencia política de los negociadores permitieron salvar graves obstáculos para que las conversaciones no se rompieran. Un pueblo dividido, en guerra, durante más de cincuenta años, luchando campesinos pertenecientes a la guerrilla con campesinos pertenecientes a las fuerzas paramilitares, que ha dejado varios millones de muertos.

Los españoles no tenemos en nuestra Historia una experiencia similar de negociaciones, como la colombiana, a través de un largo diálogo que culmina en un proceso de paz. Para nosotros, que actualmente tenemos problemas como el de Cataluña, que objetivamente no tiene, ni muchísimo menos, el carácter trágico que ha tenido el conflicto colombiano, debería ser una lección. Una lección que deberíamos aprender tanto los políticos españoles que no saben o no quieren, o ambas cosas, dialogar, como  una gran parte de nuestra ciudadanía, a la que parece atraerle los conflictos sin soluciones y la utilización de la violencia, para agravarlos.

Deberíamos aprender con humildad esta lección colombiana de diálogo, por la supervivencia de un pueblo; incluso también deberíamos aprender de los errores, que también los hubo, en este largo proceso. A mi juicio, el gran error se produjo después de la firma de paz entre las partes contendientes, cuando se propuso que toda la población ratificara esta firma a través de un referéndum. ¿Qué necesidad había de un referéndum, cuando fueron los representantes de todos los estamentos implicados de la población, los que habían firmado la paz? ¿Qué legitimidad faltaba, qué ausencia de representación?

Al convocar un referéndum sobre una decisión ya firmada quizás el gobierno colombiano cayó en la ingenua idealización de las cifras, de la cuantificación del deseo de los pueblos. El resultado de la consulta (un mínimo porcentaje, menos de un 1%, de noes a la paz mayor que de síes) expresó lo absurdo de la idealización de la consulta sobre algo que ya estaba proclamado a gritos, durante años, y que lo único que mostró es que había una minoría con deseo de continuar la guerra, o con deseos de actuar sentimientos de venganza. 

Toda idealización es negativa. Incluso la de idealizar los instrumentos democráticos. Un diálogo entre los auténticos representantes de esa Colombia dividida tenía mucho más valor democrático que un referéndum pasional, cuando aún se estaba llorando la pérdida de tantos muertos. 

En cualquier caso, siempre es arriesgado juzgar o dar por hecha la comprensión de conflictos ajenos. En un fenómeno tan complejo, siempre hay aspectos desconocidos.