Un homenaje a mi madre

Se llamaba Amanda y era milica. Ella controlaba el acceso al Penal militar de Libertad. El acceso a los familiares del género femenino. Ella las cacheaba, las palpaba, las advertía, las informaba acerca de las normas reglamentarias. Amanda era un soldado, cabo o lo que fuera. Se sentía importante. A unos les decía: “no hay visita, vuestro hijo está sancionado”. A otros: “nada de hablar de política, sólo asuntos de familia”. Amanda era una mandada. Ella daba la cara. Los oficiales, los que de hecho mandaban, no la daban. Esos eran los peores. Pues bien, por la navidad mi madre solía viajar desde España a visitarme. Lo hizo en nueve o diez ocasiones.

Una vez al año, se concedía a los presos y sus familias la posibilidad de estar durante sesenta minutos juntos en el exterior, sentados en un banco. A dos pasos, un milico de guardia. Máximo dos visitantes. O sea, mi madre y mi hermano o Julia (mi segunda madre). Punto. Manos entrelazadas, miradas escrutadoras: “¿qué tal? ¿muy bien madre? ¿te falta algo? ¿nada, nada me falta? La otra visita, la ordinaria: un cristal, un teléfono, sesenta minutos, quince días de por medio. Mi madre se quedaba en Montevideo para poder verme, una vez en la ordinaria y la otra en la extraordinaria. En cierta ocasión Amanda no quería dejarla entrar al locutorio. “¡No, así no puede entrar!” El último botón de su blusa no cubría adecuadamente su pecho. “¡He venido desde Madrid para ver a mi hijo!” “¡No, así no puede entrar!” El tiempo se agotaba. Un familiar llevaba aguja e hilo y cerró el escueto escote de su blusa. Amanda consintió. “¿Dónde estoy? ¿quién eres tú? Decía mi madre con el teléfono pegado a su oreja. En cierta ocasión mi madre y mi hermano salieron llorando de una de esas tremendas visitas. Lloraban en el autobús de regreso a Montevideo. Otro familiar les advirtió: “Gallegos, aquí no se llora. Se llora en casa”.  Los uruguayos son gente valiente.

Vi la película “Una noche de doce años”. Lo que más me impresionó fue la escena en la que la madre visita a su hijo, el Pepe Mujica. Él delirante y ella: “tenés que aguantar”

Mi homenaje a los familiares que soportaron años y años todo tipo de sevicias. A pie firme lo hicieron. Se merecen una película, un libro, un recuerdo colectivo y una inmensa gratitud.