Martes, 23 de julio de 2019

Convivencia

Acaso, estos días, en los que estamos celebrando el cuadragésimo aniversario de nuestra vigente constitución, la palabra que haya que poner sobre el tapete, en un tiempo en el que parece que se despiertan actitudes marcadas por la agresividad y la exclusión, por el racismo y la xenofobia, por la incomprensión y las descalificaciones, sea la palabra y el concepto de convivencia.

Y, hoy, tal y como lo sentimos, la convivencia tendría que actuar entre nosotros, y en todo el mundo, como talismán civilizador, como eje que hace posible la búsqueda del entendimiento, a partir del respeto de lo que son los demás, a partir del respeto de las diferencias de todo tipo.

Solo así puede ser posible una sociedad plural –como lo son todas en las que los seres humanos vivimos hoy– y libre, una sociedad humanizada y abierta. El respeto de la pluralidad y de las libertades, así como la protección de ambos elementos, es uno de los fundamentos esenciales de cualquier sociedad democrática.

La convivencia es imprescindible para que podamos mantener una sociedad como la que hemos disfrutado hasta ahora, desde la instauración de la democracia en nuestro país. La búsqueda de consensos, a partir de los disensos. La búsqueda de la concordancia, a partir de las discordancias. La búsqueda de la convivencia siempre, reconociendo las peculiaridades de todos, así como de cada uno de los territorios del país en que vivimos.

Una hermosa y sobria revista malagueña de poesía, ‘Caracola’, editada en los años cincuenta, al cuidado del exquisito Bernabé Fernández-Canivell, tenía un significativo lema: “En el parnaso hay sitio para todos”. Podríamos trasvasar tal enseña diciendo: “En España hay sitio para todos”. Tiene que haberlo. De ahí que las perspectivas de diálogo y de entendimiento sean tan necesarias. De ahí que las perspectivas de exclusión nunca puedan ser civilizadoras, sino perniciosas y bárbaras.

En nuestro país ha de haber sitio para todos, para los unos y para los otros, para los de aquí y para los de allá. Y este lema civilizador nos parece esencial hoy, en un mundo de ruidos, de condenas, de exclusiones, de tantas actitudes deshumanizadas y deshumanizadoras.

Uno de los postreros conjuntos poemáticos del gran poeta castellano de la generación del 27 se titulaba, significativamente, ‘Convivencia’. No es extraño en un escritor que sufriera, como tantos españoles, la guerra civil y el exilio. En tal obra, el poeta reivindica la presencia plena de ser y de estar en el mundo, algo que nos pertenece a todos.

Dice el poeta –y con este derecho y esta plenitud de ser, algo que nos pertenece a todos, concluimos–:

“Soy. / Mi sentimiento de ser / Se me manifiesta absoluto. / No hay duda: soy. // No es un dolor, no es un placer. / Ni me comparo ni discuto. Nada más: soy.”

Sí, somos. Cabemos todos.