Sábado, 7 de diciembre de 2019

Teoría de la (des)esperanza

El mismo día que, voluntarista y decidido, el presidente mexicano López Obrador tomaba posesión de su cargo desgranando en el Zócalo, entre el sahumerio tribal y las lágrimas de siglos de los aztecas, palabras y miradas que remitían al tiempo de la dignidad y la política honesta (“primero los pobres”, proclamaba retando a un presente de impiedad y palacios), en un fantasmal Buenos Aires tomado con displicencia y ordeno y mando por los dueños de la Tierra, vaciado de gente en nombre de la gente, entre sirenas de policía y fusiles y vallas, un banquete de gala tenía lugar, y un baile de ceremonia, una fotografía y un documento final guinda de la nada, daban noticia del último sarao litúrgico de un G20 donde la apariencia, la artificial majestuosidad y la pura nadería celebraban una vez más el triunfo de los ricos y reflejaban con prístina claridad su indiferencia (y la de su oropel) hacia los pobres del mundo.

Probablemente el nuevo presidente mexicano no pueda cumplir ni la mitad de sus deseos de regeneración y justicia, pero el rayo de esperanza con que sus palabras traspasaron a los menesterosos y confortaron a las víctimas de un ultraliberalismo homicida, arrasando con lágrimas de emoción y agradecimiento los ojos de pueblos enteros aplastados bajo la bota del G20, puedan servir también para que tantos intoxicados por la palabrería consumista y tantos enfermos de pereza mental, comprendan que otro mundo sigue siendo posible, entiendan que hay otros caminos por los que transitar la vida de vivir, y que existen en la cabeza  otros territorios que la aceptación y el conformismo, o que el valor del pensamiento libre, crítico y solidario también le hace a uno ser humano.

Escuchar a López Obrador el pasado sábado proponiendo decenas de medidas para la dignidad de su pueblo, apuntando reformas, anunciando cambios, impulsando leyes y proclamando proyectos de regeneración y limpieza, de igualdad y justicia, además de constituir una emocionante experiencia que reconcilia con la más noble forma de la política, fue también una inmersión en lo que es la realidad de lo que se pretende mejorar, fue ver una verdad que, como en un espejo invertido, reflejaba la cruda situación de un país, México, podrido hasta el tuétano por la corrupción, envilecido por el narcotráfico y el crimen organizado, infecto por el chantaje, el soborno y la coima, golpeado por las mafias y las maras, arrastrándose ante la burocracia paralizante y la molicie organizativa e infamado por el exceso y el lujo de la mayor parte de una clase política indigna que manosea las instituciones usándolas en su provecho; un país, como tantos otros, donde la ciudadanía, circundada por tanta basura, es incapaz de aprender el arte de la convivencia y la fraternidad, sustituyéndolo por la falsa virtud de la apariencia que encamina por los más que procelosos senderos del individualismo excluyente y del egoísmo.

Exactamente a la misma hora que en la capital mexicana las palabras de López Obrador llovían esperanza en los hombros de la gente, en la gala organizada para los poderosos del G20 en el teatro Colón de Buenos Aires, los Trump, Putin, Macron, May o Merkel, arrullados por sus consabidos cantos para soldados y sones para turistas, entre auto-aplausos de opereta y abrazos de protocolo, amurallados, blindados y ajenos a todo lo diferente de sí mismos, dictaban al mundo por enésima vez su decálogo de la resignación; renovaban la letra y el espíritu  del único tratado que ofrecen, el del miedo a vivir, e imponían a la gente el ácido camino de la desesperanza. (En una acera oscura y vacía de la calle San Martin de Buenos Aires, esa misma madrugada del 1 de diciembre, bajo una raída manta y aferrado a un pedazo de algo parecido al pan, dormitaba tirado en el suelo un mexicano al que su perra vida estaba terminando de matar; miraba tal vez sin ver, pero sus ojos negaban afirmando todo lo que uno ha sido incapaz de escribir en estas líneas).