Sábado, 15 de diciembre de 2018

Desbarajuste o pluralismo

Que el desbarajuste ceda ante la práctica y el enriquecimiento que supone un moderado pluralismo

Desde que el partido podemos puso sus pies en el parlamento, se acabó la práctica del bipartidismo que había sido la norma hasta entonces, y que facilitaba la alternancia en el poder de los dos partidos reinantes. Cuando luego Ciudadanos obtuvo la mayoría en el parlamento de Cataluña, quedó sentenciado el fin del bipartidismo.

Este sentimiento, o la constatación del fin del dominio bipartidista, ha quedado definitiva y específicamente constatado con la reciente celebración de los comicios de Andalucía. La realidad de cuatro partidos prácticamente igualados ha dado una cierta sensación de desbarajuste en la política, reflejo de un paralelo desbarajuste en el desarrollo de la vida social de España. Desbarajuste que es difícilmente superable a la hora de formar gobierno. Nos encontramos como mínimo con tres partidos, socialista, popular y ciudadanos, que aspiran a acceder a la presidencia de la Junta de Andalucía, aunque para ello tengan que conseguir la colaboración de otro u otros dos partidos, entre los cuales habría que contar quizá con la presencia del nuevo partido, Vox, que ha accedido con fuerza al parlamento andaluz.

Pero la sensación de desbarajuste o desintegración de la sociedad política española puede simplemente considerarse reflejo de una realidad social manifiestamente pluralista. Lo cual no sería tan malo por principio, con tal que se mantenga la capacidad de reconocimiento y aceptación de esta realidad plural, y que las diversas partes de la realidad variable estén dispuestas a entenderse y concertar programas de encuentro y de gobierno común, con la complementariedad del resto de los partidos que formarían parte de una moderada oposición que, a su vez, desde su situación de vigilancia y de crítica, contribuirían a la correcta práctica de un gobierno en ambiente y realidad democrática.

No va a ser fácil alcanzar ese punto de encuentro y de respeto, que facilite la gobernabilidad, o contribuya al estímulo de un buen gobierno desde una oposición moderada y vigilante.

Ese juego de los partidos políticos, que aporten su propia peculiaridad en el campo de la política, suele ser el reflejo del respeto y la convivencia en la vida social, económica y cultural de la sociedad española. Por eso, nos gustaría que los partidos se entiendan, aceptando el juego democrático de las relaciones partidarias, porque ello sería el reflejo de lo manifestado en las urnas por el respetable público, que se expresa en la diversidad, pero que desea y pide el entendimiento de los partidos para una posible y laudable convivencia y sociabilidad.

En la realidad ya no hay tantas diferencias ideológicas, y sobre todo prácticas, en lo que se refiere al ejercicio de un gobierno, que aparece como autónomo, pero que en la realidad es muy dependiente de las circunstancias políticas y económicas que predominan en el mundo contemporáneo. La globalidad general impone sus propias reglas, y todo el mundo tiene que someterse más o menos a ellas, si quiere asegurarse la propia supervivencia y la de los ciudadanos sobre los que gobiernan.

Más difíciles de concertar son las diferencias culturales, morales y aun religiosas, así como las manifestaciones de corte populista que muchas veces predominan a la hora de los discursos, sobre todo por parte de aquéllos que no tienen experiencia de gobierno, y que aún no han descubierto que, como decía mi jefe catalán de los años ochenta, con el que conviví y trabajé: “los problemas de las matemáticas no se resuelven con literatura”.

Nos tocará todavía soportar seguramente un largo período de incertidumbre, hasta que se consiga conformar un nevo gobierno y se ponga en práctica la aplicación de un programa realista. Y la incertidumbre seguirá quizá agravándose cuando llegue la hora de las elecciones locales y autonómicas, y quizá de las generales, con las europeas de por medio.

Que el desbarajuste ceda ante la práctica y el enriquecimiento que supone un moderado pluralismo, que aspira a la convivencia y a una natural pluralidad.