Sábado, 24 de agosto de 2019

El placer convertido en dolor

Me referiré tanto a los pequeños placeres de la vida, como a los grandes placeres. Comenzaré por los pequeños placeres, por esos objetos, sustancias, juegos, sueños cumplidos, que nos rodean sobre todo en tiempos de Navidad.

Cada día leemos más investigaciones sobre alimentos que han sido a lo largo de la vida el símbolo del placer y casi de la felicidad, y que recientemente se han “convertido” en enemigos números uno. El primero y más importante ha sido el azúcar, los dulces, todo tipo de dulce; los dulces en nuestra infancia han sido sinónimo de Navidad: turrones, mazapanes, roscones de Reyes…han pasado de presidir los postres navideños a ser “algo que lo mejor es no mirar”, o probar temerosamente alguno. Los niños educados con responsabilidad actualmente han de ser ajenos a dulces, golosinas, bollerías. Tienen que buscar sus placeres por otros derroteros.

Pero también lo salado ha pasado de ser un pequeño placer (el sabroso aperitivo, el guiso de carne, la ensalada, o embutido con su toque apropiado de sal) a ser el acérrimo enemigo de la buena tensión arterial. Aunque últimamente los médicos no se ponen demasiado de acuerdo sobre lo nefasto de la sal: parece que ahora la mayoría  opina que se ha exagerado demasiado el peligro de la ingesta de sal.

El dicho popular del pasado de que todo “lo que nos gusta es pecado”, se ha trasformado en “todo lo que nos gusta es malo para la salud”. Nos han fastidiado los pequeños placeres de cada día.

Pero veamos qué pasa en la actualidad con los “grandes placeres”. Empecemos con el más grande, con el amor. ¡Vaya, qué mala suerte! ¡El placer más intenso, más cercano a la deseada felicidad, más duradero, más “bendecido”, está en crisis! La guerra de los géneros que nos invade, pone en cuestión tantas pautas de conducta entre las mujeres y los hombres y establece tantas exigencias de cambio, que actualmente es difícil mostrarse espontánea/o en la relación con el otro sexo, si no se quiere estar todo el día discutiendo. Muchos hombres opinan que la liberación de la mujer ha agriado la dulzura del amor. También muchas mujeres opinan lo contrario.

El gran placer de compartir los tiempos navideños en familia se está trasformando en el dolor de las discusiones entre los miembros de la familia, o en el dolor por la ausencia de seres queridos; la Navidad se ha metamorfoseado en el tiempo de aburridas comidas de empresa, o, en el mejor de los casos, en el pequeño placer de regalar objetos o de recibir pequeños regalos, a los que dedicamos unos minutos de atención.

Para terminar de complicar las cosas en estos demasiado complicados tiempos que vivimos, muchos psicoanalistas nos advierten (conscientes de que advertir no tiene sentido cuando se habla de lo inconsciente) de cómo el ser humano tiende inexorablemente a buscar el placer a través del dolor: ¿te gusta fumar? Pues fumarás y fumarás hasta el cáncer de pulmón. ¿Deseas con pasión poseer a tu amada? Corres el riesgo de hacerle, a ella y a ti, la vida insoportable.

Los filósofos romanos lo explicitaron hace tiempo: In medio consistit virtus