Domingo, 8 de diciembre de 2019

Gatos

Estábamos allí sentados, el gato y yo. Blanco con motas grises, ojos verdes, una línea negra, vertical, en el centro de ese brillo y los bigotes rozando mis rodillas más pequeñas que su cuerpo. Un gato robusto pero ágil, de orejas siempre alerta. Todos le decían gato arisco, pero conmigo se dejaba hacer: alzar, peinar, jugar a quitarle su ovillito de lana, decirle gato, michicu, gato, michicu, y sacarlo de debajo de la cama alcanzando una de sus patas y arrastrándolo hacia afuera mientras él hacía un miau que rogaba que lo dejara tranquilo. Pero gato aceptaba la tortura de mi necesidad de él con muchísima paciencia, porque yo tenía seis años y me sentía sola y ya había hecho mis deberes y quería jugar. Gato se llamaba Federico, pero todos le decían gato porque le gustaba estar por fuera de la casa y porque era como si Federico fuera el gato por antonomasia, el gran Gato del mundo.

Los ojos afilados, el cuerpo con siete vidas, los saltos techo arriba y esos pasos mullidos trasladando una elegancia de sol que se tiende, sobre el agua, después de dejar en la orilla sus sandalias de fuego. El coraje de quien conoce sus límites porque ha palpado el abismo para saber dónde están y, después, ha regresado, campo adentro, con la idea tenaz de superarse a sí mismo. Los colmillos de saberse el heredero de dioses que podrían haber escogido ser monstruos y decidieron, sin embargo, ser buenos. Gato y yo éramos amigos. Yo entraba en la casa y lo buscaba por todas partes, gato, dónde estás, gato mira lo que te traje, y lo alzaba utilizando mis dos manos y lo sentaba encima de mis piernas para acariciarle la cabeza hasta que se quedaba dormido.

Un día no pude encontrarlo por ninguna parte y me puse a llorar. Esa tarde no me quedaron bien los dibujos y cayeron goterones que arrugaron el papel. Recuerdo haber escrito, en una esquina del cuaderno, «no encontramos a gato y ahora qué». Regresó a los tres días, con heridas difíciles en el muslo derecho pero entero, igual que un héroe. Sin embargo, algo en él había cambiado, pues ahora se le ponían todos los pelos de punta cuando yo intentaba levantarlo y sus ronroneos eran rugidos o lamentos o ambas cosas. Una tarde decidí que tenía que enfrentarlo porque su desprecio empezaba a hacerme daño. Me acerqué hasta su escondite y le dije, con énfasis, gato, esto no puede ser, tú y yo somos amigos, y lo arrastré de las patas por la fuerza hasta que pude retenerlo entre mis brazos.

Por un momento estuvimos así, quietos, como calibrando la posibilidad de un futuro. De repente, gato aulló porque, sin darme cuenta, le había metido los dedos en la herida. Él no tuvo más remedio que clavar sus tres uñas afiladas en la cárcel de mi cuerpo para liberarse y correr, mientras yo miraba salir, en cámara muy lenta de momento pesadilla, la sangre que brotaba del dorso de mi antebrazo. Creo que yo también grité, porque vinieron a verme y me lavaron la grieta con cariño. Mi gato no volvió. Y aunque dije que era por el rasguño, yo solo lloraba por gato, herido y devorado por el estómago de la noche.

De aquello ha pasado mucho tiempo y sin embargo, hoy, cuando miro con atención, puedo ver todavía las tres huellas, blancas y finísimas, de su paso por mi vida: la primera y única vez que mi gato me arañó. Jamás lo volví a ver. Pero con el tiempo comprendí, no sé de qué manera, que gato había decidido no volver a comer en nuestra casa porque quería protegerme de sus filos. Siempre supe, mientras fuimos amigos, que él no era como nosotros. Sus ancestros y los míos habían luchado en mitad de la selva. Mis ancestros habían adorado su rostro felino y lo habían llamado Sekhmet y habían aprendido de él la quietud, la calma, la velocidad y el denuedo. Mis ancestros y los suyos compartieron la planicie, recién salidos del agua primigenia, y se respetaron con hondura porque todos, sus ancestros y los míos, habían sabido cómo sobrevivir.

Al día siguiente fui al colegio con una banda en el brazo y me preguntaron si todavía me dolía. Yo recordé los ojos puntudos de mi gato y su manera de lamer aquella herida, sin quejarse. Es solo un rasguño, contesté, y levanté la cabeza. Aprender es perder algo para ganar más. Esta cicatriz me recuerda que hay uñas y arañazos y, también, que es posible sanar. Ahora, mientras camino en lo oscuro del invierno, veo ojos de gatos que me miran con su brillo de estrellas a ras de suelo. Entonces, si siento miedo, me levanto la manga y les enseño mi marca, y ellos abren paso haciendo silencio pues, tal vez, como a un igual, me reconocen.

Salamanca, 30 de noviembre de 2018