Martes, 16 de julio de 2019

Zozobras

En estos días en que un barco español, que faenaba en aguas del Mediterráneo, ha rescatado a un grupo de africanos que en una balsa hinchable se encontraba a la deriva, con grave peligro de naufragio y ahogamiento, y, tratando de conseguir llegar con ellos a algún puerto español o europeo, aún no ha conseguido permiso, el término ‘zozobra’ se vuelve simbólico, para expresar el estado de una sociedad como la nuestra.

Vivimos en la zozobra. Estamos rodeados de zozobras. Viene muy bien, como anillo al dedo, esa primera significación, literal, que el diccionario de la Real Academia da al término, muy en consonancia con lo marino a lo que acabamos de aludir: “Oposición y contraste de los vientos, que impiden la navegación y ponen al barco en riesgo próximo de ser sumergido.”

Para quienes quieren llegar a Europa, a esa Europa en teoría civilizada y civilizadora, huyendo de hambrunas, enfermedades, violencias y demás catástrofes, parece que, tratando de dignificar sus vidas se encuentran con vientos contrarios que impiden su navegación, su travesía venturosa, dejándolos en riesgo de ser sumergidos. De hecho, las estadísticas de muertos entre los africanos o asiáticos que lo intentan son aterradoras.

No obstante, hay también, afortunadamente, respuestas humanizadas. La esposa de uno de los marineros de tal barco (que es está quedando sin combustible y sin víveres, debido a la negativa de proporcionarle un puerto para tomar tierra). La esposa de uno de los marineros españoles, en unas declaraciones, indicaba, con firmeza y convicción, que lo primero es salvar vidas humanas.

Pero, más allá de esa significación literal y de tipo marítimo que el término ‘zozobra’ expresa, hay otra, una segunda, más amplia, que trasciende lo literal y que nos lleva a otro territorio, que se adentra ya en lo moral y en lo psíquico. Zozobra sería entonces: “Inquietud, aflicción y congoja del ánimo, que no deja sosegar, o por el riesgo que amenaza, o por el mal que ya se padece.”

Aquí ya sustantivos abstractos como inquietud, aflicción, congoja, amenaza, padecimiento, mal… nos llevan a un territorio de sufrimiento y de dolor, de mal moral debido a acciones humanas inadecuadas, no acordes con la cualidad que habría de definirnos: seres ‘humanos’, pues no lo somos cuando practicamos la inhumanidad.

Una imagen de tal inhumanidad aparece estos días en la televisión, en la agresión injustificada, en el acoso que ha sufrido un adolescente sirio, con su familia refugiado en Gran Bretaña, por parte de otro adolescente inglés. Una imagen de inhumanidad que clama al cielo. ¿Esa es la respuesta de la civilizada Europa ante las desgracias de los no europeos que han de vivir refugiados entre nosotros? ¿Ese es el trato humano que les proporcionamos a los otros?

Para esta tristísima realidad viene muy bien esa segunda acepción de zozobra. Una de las expresiones del mal se encuentra precisamente en ese acoso al adolescente sirio, que, en un colegio europeo, en lugar de ser aceptado, es rechazado de un modo tan inhumano.

¿Y queremos, entonces, convertirnos en paradigma de civilización, de cultura, de progreso, cuando somos sociedades –tantos ejemplos se podrían poner de todo ello– moralmente enfermas; cuando somos sociedades cerradas, y no tan abiertas, como indicara el tan conocido sintagma de Karl Popper? ¿No seremos precisamente nosotros, los europeos, los occidentales, los enemigos de tal sociedad abierta y humanizada?