Coulrofobia

En nuestra etapa de niños, la mayoría tuvimos ocasión de asistir a un circo y, estoy por asegurar que con esa edad, aparte de algún animal nunca visto al natural, lo que más nos hizo reir fue la actuación de los payasos.Todo circo que se preciara de serlo cuidaba su número de los payasos; más que nada, porque solía ser el remate de la función y era una forma de conseguir  que el público saliera sonriendo. Ya de adulto, hace cincuenta años, asistí a un circo en Algeciras, más bien modesto, de corte familiar, y con un varón ya entrado en años sobre el que giraba toda la función: intérprete consumado de un montón de instrumentos, trapecista, domador y, cómo no, extraordinario clown. Pasado los años, aún me acuerdo de su buen humor,y  todos los que peinamos canas hemos oido hablar de verdaderos genios del circo, muchos de ellos con pasaporte español -Charlie River, hermanos Tonetti, “los famosos payasos de laTele”.

Muy pocas personas dejarán de apreciar la figura de los verdaderos payasos, a no ser que hayan pasado por algún episodio desagradable debido a laimagen de los conocidos como payasos asesinos, o los modernos disfraces puestos de moda con las celebraciones del halloween. Salvo excepciones justificadas, el payaso siempre ha gozado del cariño de los niños y la admiración de los adultos.

Ahora bien, cuando el payaso pierde el norte del humorismo y entra en el campo de la payasada o, peor aún, en el del mal gusto, cualquier espectador normal pasa del aprecio al desprecio. Los protagonistas suelen ser personajes poco agraciados en la faceta de hacer reír a unos si no es zahiriendo a otros. Son, por lo general, poco profesionales y susceptibles de ser integrantes del sindicato de incompetentes sin fronteras.

En este caso, me estoy refiriendo al aprendiz de humorista Dani Mateo, presentador y colaborador en algún canal de televisión, que, para provocar la sonrisa de sus fans, tuvo la feliz idea de sonarse los mocos con la Bandera de España. Ignoro cuántas personas sintieron ganas de sonreir cuando presenciaron la escena. Quiero pensar que no serían muchas, porque la hazaña tiene de todo menos gracia.

Ante el revuelo levantado por la payasada, ha faltado tiempo para que la cadena que emitía el programa y toda “la familia progre” se esfuercen en amparar al payaso de guardia, proclamando que nunca existió intención de ofender por tratarse de un sketch de humor. O yo soy demasiado serio –casa que, modestamente, no es cierta- o ¿dónde está el humor? Ante este tipo de payasos, yo me considero partidario de la coulrofobia, cuya etimología debe ser algo así como odio o miedo a los payasos.

Para que no queden dudas de lo que respeta la separación de poderes, “el cuarto poder” se pone la venda antes de la herida, atacando abiertamente la hipotética parcialidad del juez sobre el que ha recaído la denuncia. De hecho , el imputado ya se ha presentado ante su señoría y, acogiéndose al derecho que le asiste, se ha negado a a responder a sus preguntas. Eso sí, a la salida de los juzgados de Plaza de Castilla, ha dado la oportuna rueda de prensa para proporcionar el bilioso titular: “Estamos llevando a un payaso ante un juez por hacer su trabajo”

Vayamos por partes. Si en lugar de limpiarse los mocos con la bandera, se hubiera propinado un martillazo en el dedo pulgar de su mano, habría sido la acción propia de un payaso y, por supuesto,  provocar la risa de muchos, sin tener que acudir a ningún juzgado. Pero, claro,  eso suponía  un fuerte dolor, y le faltó valor para hacerlo. Por el contrario, sabía sobradamente –porque no es payaso, pero sí resentido- que con su “numeríto” ofendería a muchas personas que no son de su cuerda, a quienes, él y el medio en que actuaba, tenían mucho interés en importunar. El problema es que, si al aprendiz. de actor le faltaba la suficiente formación para saber a lo que se exponía, le ha sobrado cobardía para no atreverse a asumir las consecuencias de su payasada. Sin embargo, la cadena de televisión que ha servido de soporte no lo ignoraba, y se ha valido de él como chivo expiatorio. Aprovechando que el Llobregat atraviesa Barcelona, también la “imparcial” TV3 ha iniciado su particular campaña de apoyo a Dani Mateo, a base de continuar usando la bandera para jalear a sus huestes independentistas y, de paso, mofarse de nuestro ordenamiento jurídico. En el fondo, ya no saben qué hacer para luchar contra la merma contínua de seguidores. Cuando creían ver una cierta comprensión por parte de un gobierno necesitado de cualquier apoyo, resulta que la justicia sigue su curso y, como la democracia obliga a acatar lo que dictaminen los jueces, aunque la ofensa pueda salirle gratis al  gracioso Mateo, de momento no las tiene todas consigo.

 Así pues, este tipo de payasos perversos no me hacen ninguna gracia y, por supuesto, nunca podré sentir hacia ellos ningún tipo de admiración, porque, más que payasos, me parecen meros correveidiles de un patrón a cuya sombra pretenden medrar. Lo que siento por ese tipo de personajes, tampoco es odio, es desdén. De los payasos de verdad, de los que hacen reir a tirios y troyanos sin necesidad de ofender a nadie, de esos simpre me declararé partidario. Si el miedo a los payasos se llama Coulrofobia, para no entrar en exactitudes etimológicas, ya me declaro, de antemano, partidario de la Clownfilia –perdón por la licencia-, por sentirme muy identificado con el sano humor de los buenos payasos.