Sábado, 14 de diciembre de 2019

El chollo de las rebajas

Decididamente, y soy benévola conmigo, soy una persona rara: odio las rebajas. Tanto me indigna que me cobren de más, como que me cobren de menos, quiero pagar por todo lo que compro el precio justo. La raíz de esta patología que me saca de quicio está en que no creo en ellas. Siempre me parecieron un invento del comercio para estafar a los clientes. Nadie vende duros a reales, y quien lo haga se arruina, y no parece que nadie se arruine con ellas, al contrario, cuanto más rebajas, más ventas cifran y más ganancias se llevan. Estoy convencida de que las rebajas, los regalos del dos por uno y todo tipo de ofertas, es una forma de estafar a los consumidores, porque, o nos estafan antes aplicando precios muy superiores para ganarlo por adelantado, o nos estafan después vendiéndonos artículos de inferior calidad o productos que no pesan lo que dicen sus etiquetas, porque el resultado que dan confirma que no es cierto eso de que no se fabrican cosas destinadas a ser vendidas a bajo coste o en rebajas.

Hubo un tiempo en el que podía librarme de las estafas de los comerciantes porque sólo existían dos rebajas al año: las de enero, que les permitía acabar con la calderilla que nos quedaba en los bolsillos después de las navidades, y las de julio, con las que conseguían deshacerse de cosas del año ven que te peino, o sea, de cuando yo era niña y mi madre me llamaba para hacerme las trenzas, y tenía la posibilidad de esperar a que pasaran las fechas establecidas que no eran muchas. Pero desde que nos invadieron las grandes firmas comerciales todos los días tenemos rebajas. Contamos con las de primavera, que acaban mucho después que la estación, las de otoño, que empiezan cuando todavía sudamos la gota gorda y da yuyu probarte un abrigo, las de verano, las de invierno, las del Día de la Madre, las del Día del Padre, las del aniversario de la firma en cuestión… y por si no tuviéramos bastante para cambiar el armario a precios de ganga, nos han obsequiado con el Viernes Negro de los americanos, un viernes que empieza a tirar la casa por la ventana  una semana antes y no baja la persiana hasta una semana después, por lo que en lugar de Viernes Negro, deberíamos llamar Quincena Negra, y ya es imposible librarme de ser estafada.

Lo único que no me impide entender esta obsesión que me domina es que las rebajas son un chollo, pero para los comerciantes, no para los clientes.