Sábado, 15 de junio de 2019

Bendito consenso

Hay palabras vergonzantes que a algunos nos recuerda mucho y malo y a otros les sirven sencillamente de proyectil así, a la ligera, como si llamar a alguien fascista, en este país nuestro aún pespunteado de cicatrices y de fosas donde se pudre lo que aún no hemos sanado, fuera barato e insustancial. Quizás porque no les heló la sangre con el 23 F, estos políticos actuales de verbo fácil e histrionismo incontenible pueden decir también la palabra golpista sin inmutarse. Porque aquí lo que importa es dar espectáculo, y si se puede machacar el tiempo pasado que fue mejor, pues también, que total, la transición no les despierta ni admiración ni interés.

Pues yo discrepo con todas las letras. Discrepo porque mejor o peor, hubo una época en la que se trató de llegar a consensos para que miráramos hacia adelante en vez de volver a golpearnos. Y no digo con esto que haya que negar la mayor, sino que habría que recuperar ese espíritu de consenso con el cual ponernos de acuerdo para solucionar los grandes problemas: ¿Qué hacer con las mujeres que siguen cayendo muertas a pesar de que hoy celebremos el día contra la violencia hacia ellas? ¿Cómo resolver este cambio climático que nos está cambiando los esquemas? ¿Cómo mejorar la educación y la sanidad en vez de pasarnos la vida parcheando? ¿Cómo soportar ese goteo de muertes en el Estrecho y de colas vergonzantes en la oficina de asilo? Consenso para solucionar, unión para resolver… porque el espectáculo de sus señorías haciendo el numerito en el hemiciclo esconde el hecho de que estos impresentables están gastando el dinero público que tanta falta nos hace para otras cosas, en vivir bien y no resolver los problemas, sino dedicarse a mantener su espacio privilegiado y a machacar al contrario utilizando palabras cuyo peso e importancia desconocen.

A la gente le da por votar a VOX o quedarse en casa porque les abochorna –somos mejores que ellos, por fortuna- el numerito de los nacionalistas siempre barriendo para su casa y no para el bien común; el de los políticos de todo signo hablando con un impresentable como Villarejo con un registro lingüístico propio de la taberna soez; el de un niñato enfurecido que quiere salir en los papeles o el de un presidenciable incapaz de sacar una carrera de derecho sin ayuda que, encima, critica a un presidente aupado al título de doctor que no tiene por sus propios méritos. Gente, en suma, de dudosa rectitud que, sin embargo, se atreve a gestionarnos, hablar de inmigración cuando tienen más valor los que se enfrentan al mar y al sistema que ellos. Políticos que desconocen el hecho de consensuar para mejorar, sentarse a dialogar para resolver y, en suma, que nos están dando un espectáculo no solo vergonzoso, sino mediocre. Porque mediocre es engrandecerse usando un avión cuando puedes ir en tren, mediocre es dar la lata sobre el feminismo y luego no conciliar cuando es tu pareja, política también, la que se queda en casa y callada. Ya está bien. El espectáculo de nuestros bien pagados hombres y mujeres de la política no solo les descalifica a ellos, sino a nosotros que no miramos hacia otro lado y estamos esperando a que resuelvan alguno de los problemas. Pero ellos están muy ocupados zahiriéndose, soltando ocurrencias de última hora y defendiendo su pequeña parcela. Quizás el único consenso que tengamos ahora mismo es estar, todos, hasta las narices de ellos, ellos, todo el degradado y vergonzante espectro político español. Y he dicho todo.      

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.