Miércoles, 21 de agosto de 2019

Zaragatera y triste

Que la posibilidad del ejercicio de los derechos humanos está retrocediendo en España, es algo tan obvio como que la protesta contra ello se encuentra cada día más limitada a un reducido sector de la población especialmente concienciado, o militante de la izquierda real y ¡ah!, también a los likes que en Facebook, con un mero click, pasan por solidarizarse con la copia de la copia hipercompartida de una noticia a su vez copiada de un diario digital... y aquí paz y después gloria.

Uno de los derechos humanos que hoy más dificultad encuentra para su ejercicio en esta España cada día más negativamente machadiana (o explícitamente quevediana), es el de la libertad de expresión, derecho que parece únicamente respetado y reservado en su ejercicio  (y no siempre)a la prensa escrita o los medios de comunicación audiovisuales en sus espacios noticiosos, pero que es obstaculizado, impedido, condenado e incluso denunciado cuando toca y hace patente la expresión personal de un particular (léase Willy Toledo), cuando se sirve del humor (conocidos procesos a titiriteros, cantantes o monologuistas), cuando se acerca, nombra o se refiere a los ídolos de ciertas sectas (ofensa a los sentimientos religiosos la llaman, una acusación tan absurda como podría ser la ofensa a los gustos culinarios o la ofensa a los gustos musicales), o cuando tiene que ver con ciertas instancias artísticas (cine, teatro, sketches humorísticos, montajes carnavaleros...), y que parece chocar con una cierta incapacidad para la empatía (y la inteligencia) de ciertas instituciones judiciales, y que, además de seguir reflejándonos como un país bastante cutre, paleto e ignorante, nos tiene anclados en la mentalidad inquisitorial de hace siglos.

Actualmente un cómico, Dani Mateo, después de haber sido anatematizado y marginado por empresas que lo empleaban, escupido por círculos de televidentes probablemente clientes del cine de barrio y maldecido por feligreses y devotos de ideologías del saludo romano que nunca lo vieron actuar (pero que habrán aprendido su “ofensa” de memoria en los gifs que envían los abanderados del aguilucho), ha sido imputado  por “ultraje a los símbolos” y “delito de odio”, por realizar en el espacio cómico televisivo “El intermedio”, un sketch, también cómico, en el que simulaba limpiarse la nariz con una bandera de España.

El sinsentido, el absurdo y la vergüenza de ver cómo un artista es perseguido por una acción teatral humorística porque en ella había una bandera como atrezzo, además de constituir un bochorno internacional y lograr que, otra vez, seamos el hazmerreir de la inteligencia en todo el mundo, revela también que los inquisidores de este país siguen comportándose como si su caudillo aún llevase los látigos del orden. Esos “fuhrercitos” no recuerdan, o imitan, lo sucedido con aquella obra de teatro de Ferran Rañé, Arnau Vilardebó y Albert Boadella, representada en 1977 por Els Joglars,  La Torna, que fue prohibida por el franquismo residual y sus autores sometidos a consejo de guerra (y huidos como hoy Valtonyc y otros) porque, entre otras escenas, en La torna alguien se limpiaba la nariz con una bandera. (En un ámbito más local, en la obra teatral ¿Qué?, de Ángel González Quesada, existe una escena escrita con toda la intención en la que el actor, como homenaje a La torna y a la libertad de expresión, realiza el mismo gesto).

Hay quien dice que la posible solución a esta marea inquisitorial que actualmente ahoga la libertad de expresión en España, solo se conseguirá cuando sea posible adaptar las leyes al siglo en que vivimos, situar las creencias particulares en el lugar que les corresponde (la casa de cada uno) y, además, proteger, potenciar y valorar adecuadamente la educación, la cultura y la inteligencia. Tampoco sobraría que los representantes parlamentarios de la ciudadanía establecieran ciertos filtros o pruebas de mérito, capacidad, entendimiento, cultura o tolerancia para el acceso a puestos en los que han de tratarse los temas de los derechos humanos. Hasta ese momento (tan utópico, ay, como apetecible), estaría bien no transigir con la necedad haciendo algo más que pulsar un like en Facebook.