Martes, 23 de julio de 2019

El telar del otoño

Parecen querernos condenar, como si ello fuera lo que una sociedad como la nuestra necesitara, al rugido y la furia de continuo. Tales estados de crispación, en la medida en que se acometen con irresponsabilidad, como sucede entre nosotros, van inoculando en la ciudadanía, en todos, esa suerte de enfermedad moral, de la que parece estar aquejada una sociedad como la nuestra, tan necesitada de diálogo y entendimiento.

Egoísmos, desigualdades, indiferencia ante la precariedad de los otros, ante quienes tratan de acceder a nuestras costas, debido a un éxodo motivado por hambrunas, miserias y violencias; indiferencia ante la precariedad en que vive un sector no pequeño de nuestros niños… y ante otras tantas cosas que sería prolijo seguir enumerando.

Estos días, aparece en los medios una estadística que, en un primer mundo como el nuestro, tendría que hacernos sonrojar. Casi un cuarto de la población de los ciudadanos de la comunidad europea vive por debajo de lo que se llama –con una significativa imagen doméstica, que apunta a la desprotección– el umbral de la pobreza. Y todo esto parecería no tener consecuencia alguna para nadie, como si fuera lo normal, como si no hubiera que rectificar nada.

Y todo va transcurriendo, como si, en ese telar del tiempo, hubiera hilos luminosos y sombríos que van tejiendo ese tapiz que cartografía lo que somos; un tapiz lleno de claroscuros, donde el bien y el mal fueran los tejedores que se disputan su autoría.

Acabamos de señalar algunos de los hilos sombríos de tal tapiz, de tal cartografía que nos constituye. No faltan, claro, los hilos luminosos, en tantas ocasiones (porque se prestan menos a sensacionalismos de todo tipo), por desgracia, mucho menos visibles.

Ahí está la escritura poética de la nonagenaria autora uruguaya Ida Vitale, recientemente distinguida con el premio Cervantes de literatura; una escritura esencial, en la que lo femenino se vuelve metafísico y esencial. Ahí están las memorias, desoladas, de la poeta soriana Concha de Marco, que tuviera que padecer, con su marido, el historiador del arte y narrador Juan Antonio Gaya Nuño, un durísimo exilio interior en aquel franquismo feroz y despiadado.

Ahí está esa palabra de las mujeres, que acuden a todos estos días, para hacernos percibir cómo una nueva sensibilidad social y humana comienza a cuajar entre las gentes más conscientes, y que trae de la mano, ya desde hace tiempo, la conciencia femenina y feminista, como propuesta de una nueva y distinta rehumanización.

Y la belleza de estos días, perceptible también, además de en el campo, en nuestras propias ciudades, de un otoño que nos regala con el fulgor irreal de esas policromías de las hojas de los árboles, tan variadas y hermosas, para hacernos reflexionar sobre la belleza que encierra lo caduco, todo lo sometido al paso del tiempo, como nosotros mismos.

Seres tejidos –unos y otros, todos– en el telar del tiempo. Y, pese a que haya quienes proyecten que predominen los tonos sombríos, que nos ahogan y deshumanizan, hemos de procurar aportar cada uno nuestros hilos más luminosos.