Hojas de otoño

Hace pocos días, prendidas en las ramas, se resistían en caer. Pero el tiempo, que es inexorable, terminó por vencerlas. Hoy descansan sobre el suelo y nos anuncian la proximidad del invierno. 

De mil maneras las he fotografiado. Hasta he presentado sus formas y colores con notas musicales. También las he captado pegadas a rocas, y sumergidas en el agua de los arroyos. No pocas veces me regalaron la sombra en el tórrido verano. Por tantas satisfacciones que me han dado, hoy les rindo merecido homenaje a través de estas palabras. 

Esta tarde de noviembre las he contemplado durante largo tiempo. Sobre el césped mojado, he seguido con la vista las gotas de la lluvia resbalando sobre sus cuerpos vencidos. Y, el efímero llanto por lo que termina, ha detenido el tiempo unos instantes. En medio de mi abstracción, he recobrado paisajes agrestes, caminos polvorientos, y soledades hermosas atravesando la floresta. Junto a esos paisajes, han acudido infinidad de detalles que, como puntos de anclaje, han conducido a mi memoria para recomponer las miradas de otro tiempo. Al volver a la realidad, he contemplado una alfombra roja bajo mis pies. Y he recogido muchas de esas hojas, las he llevado a  casa y las he extendido sobre una mesa circular para contemplarlas a través del objetivo de mi cámara. 

Estas me acompañarán durante mucho tiempo. Aunque las vea deshidratadas; con su color deslustrado, no olvidaré que, en sus hendiduras, figuran las huellas del tiempo.  

Sí, estas hojas adornarán la casa y llenarán mi memoria de recuerdos. Será mi último homenaje a quienes tantas satisfacciones me regalaron. Y, cuando pase junto a ellas, recordaré su verde inmaculado asomando por las yemas, su amarillo discreto y, en ningún momento olvidaré su rojo saturado; ese que marca el fin de la estación más hermosa.  

Tendríamos que hacer como las hojas: caen sin hacerse daño. Su peso es tan liviano, que acarician el viento mientras buscan el último descanso. 

Manuel Lamas