Jueves, 23 de enero de 2020

Dos voces entrañables de una y otra orilla del portugués

Alves de Faria y Regalo, en la presentación (foto de  J. Alencar)

 

I.

Un privilegio inusual este: enhebrar algunos pareceres sobre una propuesta poética que enlaza a dos países y a dos poetas de un mismo idioma: el portugués. Dos voces que, al alimón, acomodan su canto o expresión a los versos que rematan cada poema, plegaria y gemido a la vez, o respiradero de escondidas venas.

 

II.

La buena Poesía de cierto que salva de los estragos momentáneos, pero también puede ayudar a  sobrellevar el caudal de desasosiegos que acompañan al ser humano: versos enfebrecidos o prudentes, cuales bombas que estallan a quemarropa o están repletas de jazmines; versos donde se contienen la sangre o los secretos del autor; ríos de amor o desamor; poemas de la tristeza de hoy y del tiempo subsecuente: todo confluye, también la abundancia del caos y la ordenación que abre surcos hacia el espíritu que nos abraza lejos de la manada de esquiroles. La buena Poesía puede tratar de ciertos instantes felices, todavía no carbonizados por la realidad más inmediata; pero también abordar lo sucedido a hombres y mujeres que llevan entre sus dedos unas violetas muertas o la documentación de innúmeras caídas.

Álvaro Alves de Faia (foto de Jacqueline Alencar)

III.

Él aprieta en su puño las ramas arrancadas de un Paraíso que entiende extinto. Y todo pareciera ser Ex y/o ensayos finales en torno a la telaraña azul de la existencia.

Pero he ahí la poderosa fuerza de unas palabras que iluminan nuestra confianza en la Poesía. Lo escrito desde sus primeros libros de versos son frutos de una identidad que se expande indivisa, germinando una y otra vez, cuales cánticos llenos de vértigo y de necesidades. Por eso, en este nuevo aporte, balbucea lo que siente muy en sus adentros: “Busco la iglesia de los desesperados/ pero no sé las oraciones necesarias./ Mientras,/ me salva el silencio/ porque no tengo nada más que decir”.

Rebalsa sus silencios y rescata lo que esconde o guarda en sus pozos profundos. Y dice, ya en su condición de náufrago perpetuo: “No tengo donde llegar;/ la poesía me hirió para siempre”.

Él es Álvaro Alves de Faria, un Poetón que sabe de las previsiones del mañana. En tal sentido, sin buscarlo siquiera, se viste de resurrección, aunque se empeñe anotar: “Una marca de sangre en la piel/ se volvió mi identidad./ También la mirada, que se perdió para siempre”.

No obstante su confeso deseo de que las palabras posibles se nieguen a salir, todas se le presentan junto a sus lágrima reunidas, junto a la precisión de sus temores, junto a los cuchillos que la multitud olvida…

 

Leocádia Regalo (foto de Jacqueline Alencar)

 

IV.

 

Ella agradece el impulso para dar el salto más allá de cualquier parte: el paseo levantando el mar bajo enormes candelabros que alumbran con luz distinta a la artificial: la realidad encalla en sus párpados y escribe con las contraseñas requeridas, anotando: “…encuentro en el otro/ lado la voz que/ me despierta del letargo/ de las horas de renuncia”.

 

Poemas o cataplasmas que la alzan en vilo y permiten que sienta cómo crece su corazón desde el alba hasta el ocaso: y vuelta a la poesía al lado de un Poeta de gran temperatura. Así ella redime las jornadas, con sencillez, haciendo memoria y alejándose de las ornamentaciones: “Como si recordar fuese /el camino seguro/ para apaciguar la memoria/ el dolor de lo que perdimos”.

 

Ella es Leocádia Regalo, natural de un confín portugués donde siempre es posible que regrese: “Tal vez/ a una mesa puesta/ en el porche frente al mar/ con los frutos que la Isla me ofrece”. Pero también es de Coimbra, donde cultiva “las flores del amor cuando las guardo en un jardín secreto donde solo yo puedo entrar”. Lo recóndito, lo más íntimo al vaivén de la vigilia y del sueño. También del chubasco de quimeras y de las palpitaciones alrededor de lo inconfesable: “El jardín era entonces/ el refugio de los secretos/ dentro de mí/ guardados como lunas/ irradiando su luz/ difusa sobre los pasos/ que escucho en la noche”.

 

Jacqueline Alencar leyendo una de sus traducciones de los poemas de Leocádia Regalo (foto de Joao Rasteiro)

 

V.

 

Dos voces de un mismo idioma; dos acentos aclimatados en distintas latitudes: un hombre en diálogo con una mujer; dos poetas en un acercamiento de confidencias que trascienden fronteras, al ser inherentes a personas del mundo entero.

Veinte cantos o píldoras cada uno. Cuarenta textos alejados de toda placidez, cual mosaicos rotos que se recomponen tras su lectura de principio a fin.

 

El lenguaje y su temblor,

lo que nos abisma y nos hace despertar.

 

VI.

 

Alves de Faria talla inseguros laberintos o razones para el desasimiento. Pero también, en el fondo, reconoce el anclaje de una poesía entrañada, difícil de extirpar de nuestro ser: “La poesía no existe en esta sala/ de desasosiegos,/ la poesía no es,/ no se hace ni se siente,/ no alberga el silencio necesario,/ pero está debajo de la piel/ donde duermen/ todos los fragmentos”.

Regalo atestigua que, cuando la palabra ha sido limpiada de las muchas capas de grasa o basura que la recubre, bien puede ofrecernos alguna maravilla que nos vivifique: “Así pues, la convicción de la palabra/ pueda serenar/ o agitar/ las aguas profundas/ del justo latido. // Porque una sola palabra/ basta para dibujar la curva del asombro”.

 

Alencart presentado a los poetas Alves de Faria y Regalo (foto de Jacqueline Alencar)

VII.

 

Brasil y Portugal, y viceversa: unidos poéticamente por Álvaro y Leocádia. El primero, sin duda el más portugués de los poetas brasileños; la segunda, una portuguesa que va camino de abrasileñarse o de profundizar en la cultura de Brasil. El hecho de ser de las islas Azores le concede una enorme ventaja en esta travesía.

 

Para ambos, y por este magnífico ejercicio,

quede impreso mi aplauso y mis afectos.

Alfredo Pérez Alencart

Septiembre y en Tejares (2018)

Leocádia Regalo, Álvaro Alves de Faria, A. P. Alencart y Jacqueline Alencar, autores y traductores del poemario, en el claustro del Colegio Fonseca de la Universidad de Salamanca

 

(*) Este texto es el pórtido del libro ‘A duas voces / A dos voces’, del brasileño Álvaro Alves de Faria y de la portuguesa Leocádia Regalo. La traducción al castellano fue hecha por Alfredo Pérez Alencart y Jacqueline Alencar. Se publicó bajo el sello de Trilce Ediciones y se presentó en el Centro de Estudios Brasileños de la Universidad de Salamanca el pasado 16 de octubre, dentro de las actividades del XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos