Carta a un amigo escribiente.

Carta a un amigo escribiente.

Amigo mío, lo de la “creatividad literaria” que te expuse, tan pomposamente, me satisface a medias. Cierto: innovar es llegar a los límites del lenguaje. Con otros palabros: descreer de lo canónico. También en la investigación científica sucede algo parecido. Lo creativo es hacerse preguntas y no refocilarse con las respuestas ¿Y qué coños es lo creativo? Dos versiones: 1) Prometeo roba el fuego sagrado y lo cede a la plebe. 2) Prometeo roba el fuego sagrado por encargo de la plebe. Me quedo con la segunda. Quiero decir, el “acto creativo” elucida un sentir colectivo. La necesidad colectiva decide la individual, siempre y siempre es siempre. El liberalismo burgués nos vendió al sacrosanto individuo como sumo hacedor. Falso. Puro idealismo. Todos somos perfectos dividuos. Mucha genética, bastante mimética y unas pocas páginas de propia autoría. Punto. El “artista” es un experto en tomar el pulso a los acontecimientos. Digo: el “artista” no crea, deconstruye y sugiere.

No sé qué significa lo “subjetivo” y lo “objetivo”. Si por “subjetivo” se entiende lo que está adentro y por “objetivo” lo que está afuera, mi confusión aumenta. Aumenta dado que, lo que está afuera se interpreta desde lo que está adentro. Ejemplo extremo: “me miro al espejo y veo a Napoleón”. En resumen, sólo existen emociones racionalizadas y algoritmos. Dos lenguajes distintos. Uno narra, el otro mensura. Fe y razón. Viejos enemigos al decir de los que navegan por el cielo estrellado. Romanticismo puro y duro. Todo está en función de algo. Uno es libre, justo, malvado… en relación con determinada situación particular Heidegger me saca de quicio con su “sein” y “dasein”. Con su “ser” y “ser-ahí”. Heidegger hace metafísica laica. Hegel ontología barata. Tomás de Aquino metafísica canónica ¡Mejor hagamos un poco de ética!

Lo que hay es lo que hay. Los ultimísimos son el presente. “¡Bonhoeffer: sé que no estarás de acuerdo!”. El “artista” vive, se alimenta, disfruta, sufre, se alegra, aquí, en su presente. No todos, por supuesto. Demasiados venden “versos” encaramados en el último palo del gallinero o de la RAE. Los “versos” halagan el oído. Los lugares comunes venden. Las certezas venden. Ahora va una de espadachines, de tiranos dominicanos o de espías rusos. Un poco de morbo, unas gotas de sexo machoso, unas de heroísmo y otras de amores desesperados ¡Gran novela! Estoy seguro de que a Kafka hoy no le hubieran publicado ni una puñetera línea. Si lo hicieron, a toro pasado, fue porque predijo, mejor que nadie, lo que iba a suceder.

La otra noche vi al Capitán Alatriste en la tele ¡Impagable! Primero, nos ilustró acerca de los protagonistas de su última novela. Parecía más un momento publicitario que una entrevista ¡En fin! Segundo, se permitió opinar sobre temas políticos de actualidad: “Soy republicano, pero este Felipe lo está haciendo muy bien” ¡Me da igual lo que hagan con los huesos de Franco!” Vamos, un artista del escapismo. Como él, hay muchos “intelectuales” en esta España, tan cañí, que nos ha tocado vivir. Son cortesanos y casi siempre muy poco corteses: “¡Esa gentuza! ¡Populistas! ¡Ignorantes! increpan” En tiempos pretéritos estas gentes ejercían de vates y bufones en la corte del príncipe.

 Amigo, me queda por exponer un motivo, quizás el motivo por el que se escribe. Escribir es restañar, curarse las heridas, las profundas e inconfesas. La terapia consiste en despechugarse. Hacerlo caiga quien caiga. Escribir es compartir, solo así se alcanza la sanación.