Lunes, 23 de septiembre de 2019

Elogio del leonés errante, Julio Llamazares

De vez en cuando la vida y los amigos te hacen regalos inesperados y el mío este mes de noviembre extraño y somnoliento ha sido la cercanía privilegiada del escritor Julio Llamazares, este leonés errante de ojos claros, voz profunda y rotundidad de bosque. Un hombre sólido de andar sosegado, gesto serio y, sin embargo, para sorpresa de un público numeroso y entregado, dueño de un sentido del humor inesperado cuando nos relatas su periplo viajero por las catedrales de España. Una España que no cesa de recorrer, peripatético y atento, mostrando el vacío de unos campos deshabitados y unas regiones sin peso político abandonadas a su propia lejanía, a su periferia lenta y perezosa. Autor de todos los géneros, sus páginas son caminos del corazón que ahora se dirigen a la catedral, antes dominadora y hoy vencida por las alturas de los edificios modernos. Catedral antes casa de Dios, lugar de rezo y, que en este trayecto de Llamazares que es su último libro, aparece ahora como caja de resonancia del vacío que es el turismo moderno.

Recorre Llamazares las catedrales en Las rosas del sur, buscando la metáfora de lo que somos: historia, espiritualidad, modernidad, vida… porque las ciudades ahora, grandes y pequeñas, se entregan al mejor postor, se convierten en un parte temático donde se recorre el arte como una tarea pendiente que se fotografía, deglute y vomita con esa rapidez de circuito con la que emprendemos el viaje al abrigo del azar, de la sorpresa, del encuentro. Y tienen esas pinceladas de Llamazares propias del viajero antiguo que charla con los viejos y con los mendigos, con los muchachos que hacen de guía sin saber de nada -Este retablo es tela de bonito, escucha el autor en la catedral de Huelva, y este trono de la virgen pesa tela- el gusto por el aire de terruño casi noventayochista que nos devuelve a Unamuno y que nos lleva por el mejor Cela recorriendo la Alcarria. Voy soñando caminos de la tarde… y yo tengo el privilegio de caminar las calles de Salamanca con Llamazares hablando de Extremadura, de su tren vergonzante, de sus kilómetros de campo, campo, campo… de sus autovías milagrosas que nos llevan a la Coria episcopal, a la risueña Badajoz pasando por un Cáceres que sorprende al viajero porque es pura magia.

Llamazares escribe para viajar y viaja para escribir; se detiene en un recodo, toma notas, mira con esos ojos claros que todo lo ven y bebe de todas las fuentes, mientras la iglesia catedral, el pretexto de su viaje, sigue el curso de la historia anclada en la ciudad como una nave de ensueño. Libro de piedra donde leer el pasado, sueño de un loco, espacio creado para recordarnos la grandeza de Dios, la catedral define a la ciudad que se apiña en torno a ella. Sueño de piedra que, sin embargo, inicia Llamazares en ese Madrid reciente que estrena catedral como chalet de nuevo rico, una Almudena horrorosa, que no solo se recubre de pinturas ridículas, sino que guarda la cripta de los restos de lo más casposo del franquismo: la tumba del yerno al que nunca quiso el dictador, y que quizás, por un quiebro burlón de la historia, sea el lugar de su descanso eterno.

Tiene este libro de viaje de Llamazares un espejo en el que mirarnos. El pasado, el presente, el futuro de la diversidad que somos y vivimos. La historia que sufrimos y disfrutamos y la negación de una espiritualidad con la que la propia iglesia comercializa. Es un recorrido por nosotros mismos y este hombre con el que he tenido el lujo de caminar lo ha hecho con esos ojos de agua tan presente en su prosa: El río del olvido, La lluvia amarilla, Distintas formas de mirar el agua… Esa que nos retrata, nos viaja, nos llueve y nos relata. Esa que se remansa cuando uno reconoce el instante de paz y de privilegio que es oírlo y leerlo, a Julio Llamazares, memoria anegada.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.