Martes, 16 de julio de 2019

"Protégeme, Dios mío"

 

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            Es precioso este salmo 15. De él quiero resaltar: mi suerte está en su mano. Sólo el que confía en Dios, el que cree e Él , puede ponerse en sus manos, que son manos blandas y amorosas, buenas manos.

Jesús, ante la fe del que pide y la miseria de los hombres, hace el milagro y dice:  “tu fe te ha salvado”, hágase según tus deseos. La fe en Jesucristo cuando está viva y da fruto de buenas obras, humaniza al ser humano y le hace más compasivo, más generoso y  más solidario con los otros hombres. Pero cuando ponemos nuestra fe al servicio de otros dioses, nos convertimos en lobos para los otros hombres, (ahí están las mortíferas dentelladas del capitalismo, afectando a tres cuartas partes de la humanidad). “No es verdad, aunque a veces parezca decirlo, que el hombre puede organizar su vida sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, a fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre” (H. de Lubac). Nadie puede vivir sin fe, sin algún tipo de creencia, sin confiar en otro. Y lo urgente es revisar en qué y en quién creemos y juzgar si son dignos o no de nuestra confianza.

La fe es una gracia, un regalo: un don de Dios que exige la respuesta libre y consciente del ser humano como tarea de cada día y esta tarea es lo que llamamos constancia. Creer sin cansarnos, sin ceder a las múltiples razones que nos quieren ganar para su causa (una causa sin Dios).

La fe es tan dinámica y vital, que confiere a quien la posee un sentido que orienta por completo la vida, por eso el creyente aprecia y valora su fe como un gran tesoro, como aquella perla de la que habla el Evangelio (Mt 13,46) que al ser encontrada uno vende todo lo que tiene para poder comprarla.

La fe nos ayuda a construir un mundo mejor. “El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable (...) Si hiciésemos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos solo por el miedo, y la estabilidad estaría comprometida”, afirma el Papa Francisco.

Hoy, como siempre, la fe es una opción personal que no se debe apoyar en los otros. Sin embargo, muchas personas necesitan que se les ayude a buscar a Dios, a confiar en Él. Necesitamos creyentes que sepan “dar razón de su esperanza” (1 P 3,15) y puedan “Ser ante el mundo testigos de la resurrección y de la vida de nuestro Señor Jesucristo, y señal del Dios verdadero” (Concilio Vaticano II).