Domingo, 25 de agosto de 2019

El grito de los pobres

«Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”

Francisco, II Jornada Mundial de los Pobres

Estamos construyendo un mundo despreocupado, nos instalamos en la fiebre del consumo, agujereando nuestra conciencia existencial, que como si fuera un virus social, nos hace olvidar lo esencial. Los gritos de los pobres, de los abandonados en las fronteras, de los hambrientos, de los que hunden sus sueños en el mar por conseguir las migajas que tiramos, se acallan en esa “felicidad paradójica” que nos hemos construido. Una realidad sin valores, levantada sobre arena que comienza a agrietarse, como aljibes rotos que dejan escapar el agua de la solidaridad y la justicia. El grito que parece que se impone en nuestro mundo de la abundancia es ¡Sálvese quien pueda!

Es el segundo año que el Papa Francisco nos propone la Jornada Mundial de los Pobres, que se conmemora el domingo 18 de noviembre, impulsada en 2016 con el cierre del Año de la Misericordia. El contenido del mensaje de Francisco se estructura en torno a tres verbos: “Gritar”, “Responder” y “Liberar”, que expresan la acción misericordiosa de Dios. En una sociedad adormecida por el bienestar, no nos deja escuchar los gritos desgarradores de los más pobres y necesitados, ya que hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna.

¿Dónde vamos a encontrar a Dios hoy en este mundo injusto e insensible al sufrimiento ajeno, si no lo vemos en los pequeños, humillados y crucificados por el hambre y la injusticia? ¿Dónde vamos a escuchar su llamada si nos tapamos los oídos para no oír los gritos de los que sufren cerca o lejos de nosotros? Se necesita silencio para escuchar a los más necesitados, se necesita acallar las voces para escuchar el clamor del pobre. El silencio es el lugar de la apertura donde el hombre sale de sí mismo, de su narcisismo y de sus angustias, abriéndose al otro y al Otro.

Hoy los pobres gritan que ha vuelto aumentar el hambre en el mundo, provocado por las guerras, las malas condiciones climáticas y por la economía desequilibrada e injusta montada por nuestro mundo globalizado. El orden económico mundial se alimenta de la pobreza y de la mano de obra barata, donde las grandes empresas, liberalizan, desregulan, privatizan y avasallan la dignidad de la persona.  

Ante tanta injusticia debemos Responder, para que el grito de tantos pobres no quede en el vacío o en la nada. En este mundo agrietado por la falta de solidaridad y el abandono, los cristianos debiéramos otear un mundo nuevo mejor, fundamentado en otras reglas de juego, donde los pobres y necesitados estén en el centro de nuestra existencia. Hacer visible ese mundo de “residuos humanos”, esa masa de “poblaciones superfluas”, que la globalización ha convertido en no deseados, en personas totalmente invisibles e injustamente tratadas. Como Jesús, con Bartimeo o la Cananea, los pone en el centro de aquella sociedad farisaica y legalista, tan alejada del amor y la misericordia de Dios. Recogemos aquellas palabras de Gullermo Múgica: Benditos vosotros que buscáis entre los desechos, y recogéis y alzáis lo que los demás tiran. Recontáis las derrotas pasadas del pueblo. No os lamentáis, sino que rescatáis, ponéis en un jarro o arregláis las flores que otros pisaron.

Nos recuerda Francisco con su tercer verbo, liberar, que el pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle en su dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. El proyecto de Jesús es dar vida, se construye empezando por los márgenes, por las periferias y es el único que hace crecer al individuo y puede ser universal para todos. Un cristiano se siente llamado por Jesús no a juzgar al mundo, sino a despertar esperanza.

Más de 4.7 millones de personas que están en situación de precariedad social fueron acompañadas y atendidas en alguno de los 9.110 centros sociales y asistenciales de la Iglesia en nuestro país. Amar y liberar a los necesitados es la clave de todo lo bueno y lo distintivo del ser cristiano. Muchas de esas instituciones que acompañan a algún colectivo, ya sea de sin-techo, refugiados, pobres, de mujeres maltratadas, drogadictos, tienen la misma y única misión, que es liberar y hacer crecer a esas personas. También nosotros necesitamos aprender a vivir más atentos y despertar en nuestro interior la cercanía y la fraternidad hacia los mas necesitados, liberarnos de la pesada carga del conformismo y abrir espacios para lo gratuito, la dignidad y la solidaridad.