Morir en IKEA

El armarito era perfecto. Una blancura externa de novia, una textura vikinga envidiable, el diseño de un fulano extraterrestre. Lo tiene mi hermana en un saloncito y yo, cada vez que voy a su casa le pregunto: ¿dónde lo has comprado?. En Ikea, me dice. El armarito era mi obsesión, soñaba con él. Y en los semáforos, de parar, era mi pensamiento único. Tenía su espejito interior, sus balditas y unos tiradorcitos como de la señorita Pepis pero ya para mayorcitos. Era una pocholada el armarito.

 El caso es que yo, a veces, creo que estoy de psiquiatra porque cuando un pensamiento se me piensa muy pensado en la pensamentería, no pienso en otra cosa.

 Y un sábado, como Dios manda (el Dios de hoy, el de Google) cogí el coche y me fui a Ikea, a por el armarito de mis amores. Al entrar vi flechas en el suelo que te decían por aquí, por aquí…y mirando al suelo fui siguiendo la senda, siguiendo, siguiendo…pasé el Lago Titi Caca, la Cordillera Carpetovetónica, crucé los Pirineos y al llegar a la frontera donde empiezan los países del telón de acero retrocedí. Choqué con un  tipo repeinado. Era Manolo Escobar que andaba el hombre limpiando los atalajes de su carro. Se conoce que una mafia lo había llevado hasta allí. Cenamos juntos y me contó la azarosa aventura, ¡Virgen Santa!, ¡un peliculón!.

 Total, que volví a hacer fila en el restaurante, para comer las albóndigas, la banderita y eso…Al acabar, saludé a Camilo José Cela, que esperaba en la cola y cuando llegué a coger el armarito ya no estaba. En su lugar había un profundo boquete. Miré al fondo del abismo y en ese momento volví la cabeza para ver como un bufón enano de Carlos V, que había visto yo antes por los Cerros de Úbeda, me pegaba un empujón hacía el espeluznante negro del hondón del armarito.

 Y, según todos los indicios, debí palmar. Y lo raro es que me acuerde ahora porque en los sueños no suelen pasar estas cosas.