Lunes, 20 de enero de 2020

Pórtico para el último poemario de Araceli Sagüillo

 

 

                                Araceli Sagüillo y Alfredo Pérez Alencart, con el libro ‘Nosotros’

                   (Toral de los Guzmanes, 3 de noviembre de 2018. Foto de Jacqueline Alencar)

 

Acaba de salir publicado, bajo el sello de la madrileña editorial Vitrubio, el último poemario de la palentina Araceli Sagüillo, poeta de reconocida trayectoria en Castilla y León. Quiso que pergeñara una palabras liminares para que acompañara a su nueva ‘criatura’. Aquí les hago conocer el texto, aparecido entre las páginas 7 y 12 de ‘Nosotros’.

 

 

UNA TABLA DE SALVACIÓN PARA NO HUNDIRSE POR COMPLETO

 

I.

 

Hay poesía inauténtica y poesía rotunda, pergeñada a pulsiones de tristeza, de dolor y de vacío, es cierto, pero también de esperanzas por encontrar un lugar donde plantar el nombre del amado, un jardín que nunca está en el Paraíso ni en ultratumba, sino en el corazón que irriga los fértiles recuerdos, aún en medio de las calamidades. La primera bien sirve para quienes pretenden enmascararse de poetas: sus versos nada dicen porque de ellos desertó, desde su nacencia, la Poesía. La segunda, más que un preciado don, resulta una pesada misión que va como persiguiendo al escriba aunque este se muestre renuente a ir anotando el lenguaje del alma y todo aquello entrañado que se desova en las sílabas contenidas en un poema-poema.

 

Poesía como destilación de lo íntimo; nunca como un oficio. Un retrato de vida; nunca una invención. Desde tal perspectiva podemos leer lo que A. S. nos confiesa:

 

La niebla se quema en el Bosque.

El miedo supura dolor

ante mi puerta.

 

Se agita el alma…

ante mi puerta.

 

II.

 

De ese segundo  y genuino linaje es la poeta Araceli Sagüillo, dama de origen palentino pero también pucelana por sus muchos lustros de residencia en la capital del viejo reino de Castilla. Ella, con un buen manojo de libros publicados, desde La charca de los lirios a Las Moiras, nos entrega ahora el mejor fruto de su madurez poética: Niebla en el bosque.

 

Así lo pienso y así lo escribo, para que quede constancia, tras leer los sesenta poemas de esta última cosecha, textos de excelente factura que rebalsan de pozos profundos y desgarran ciertas máscaras que nos rondan a diario. Hay nostalgia por lo amado que le sirve de ancla y bálsamo, y también hay constatación de crudas realidades que acechan por doquier, de inmensidad a inmensidad. Sagüillo escribe desde su alto castillo de hartazgo por la trillada hipocresía que aprecia al derredor. Pero lo hace, en primer término, confesando su religación a la poesía, “principal razón de vivir”, cual indudable tabla de salvación: “He llegado hasta los fondos inútiles, hasta la corriente llena de musgo, por eso vuelvo siempre a ti, poesía”.

 

Estoy de acuerdo, porque la poesía también es milagro y es resurrección, además de una conmoción espiritual que hace vivir más el instante que ennoblece el espíritu. La poesía humaniza y otorga mayor capacidad de asombro ante la vida.

 

Por ello invoca:

 

Os ruego este milagro.

Ver florecer a los almendros.

 

 

Portada de ‘Nosotros’, editado por Vitrubio

 

III.

 

En la sección primera del libro, titulada ‘Estremecimiento’, la poeta expone su caravana de cánticos y desgarros con un doble respiradero que, a la vez, también duplica el número de poemas. Son cuarenta aunque contemos veinte. En cada entrega hay un texto en prosa ‘engañosa’ y luego en versos líricos, pero una como otra contienen lo esencial del ritmo y la densidad y voltaje de la buena poesía.

 

Respecto a lo primero, soy de los que mantienen que los poetas debemos ser de ayuda para sacar a la prosa de la vulgaridad en que la han metido. Sagüillo marca, en el siguiente texto, otras coordenadas de su condición de poeta, a pesar de las adversidades: “(…) En alguna parte la nostalgia del amor, las palabras en la noche oscura, la lluvia empapando a las mujeres ataviadas con gasas transparentes. En alguna parte poetas ríen y lloran marcando en cada gesto el símbolo de su país fatigado, soñado de sol a sol. Así en el galopar de los  días, sufriremos el último desmayo, los vuelos que dimos a lo largo de la vida se desvanecerán, y seremos como un grupo más de pájaros perdidos”.

 

Por aquí, al trasluz de Castilla

y ante las ausencias más queridas,

ella siente:

 

Toda la tierra clavada en mí…

 

 

    Araceli Sagüillo en la calle Mayor de Toral de los Guzmanes

(4 de noviembre de 2018. Foto de Jacqueline Alencar)

 

IV.

 

La muerte, la muerte, la muerte… Una y otra vez la muerte bajo la curva de esta ola que es la vida, bajo los recuerdos que juntos maduraron para el vuelo y que ahora, desde la soledad  y la vigilia ejemplar de la poeto, solo giran adentro del silencio. Así se dirige al cónyuge y al vástago: “DECIDME si no tengo razón para estar triste, decidme si podéis hablarme desde ese remanso, si es distinto a esta locura constante, donde los sucesos alcanzan límites inalcanzables… Me pregunto si será posible  encontraros… Sois lo que tuve… Y no resisto este silencio obligado, este desaliento que se multiplica por momentos. Me siento una silueta de sal deshecha, donde guardo en las nubes el gran tesoro de mi vida”.

 

Y si entramos en la sección segunda, ‘El sueño’, nos encontramos con un magno anhelo de la poeta, cuando reconoce que su “imaginación no deja de soñar” y que “en cada pensamiento brota un deseo./ Vivir y morir, en este lugar casi encantado”. Pero no piensen que Araceli Sagüillo solo se detiene a tallar epitafios; también nos describe las marcas de su dolor:

 

Tantos cardos crecidos, tanta herida,

tanta sangre, tanta sombra,

tantas noches sin sueño,

tanto invierno,

cuanta tristeza, amor,

cuanto misterio…

 

Este tiempo nuestro es de mucho ruido. Y, qué duda cabe, propicio para los vocingleros, también en poesía. Por ello puede que muchos eludan reconocer lo que triunfa y penetra el pecho tras la lectura de estos versos escritos desde la cremación, porque

 

Llorando, riendo amando

nos llenamos de milagros.

Mordemos los días,

y se multiplican los ríos de sangre.

 

Corre la herencia por la vereda

de la vid cansada,

y en la lucidez del destino

queda agostada…

 

 

V.

 

Los versos de un poeta auténtico también resultan ser las voces de la humanidad. Tales poetas no se ocupan de eso que muchos llaman éxito, pues aprenden a no traicionarse, a no caer en esas competiciones que no cesan de irrumpir en un mundo que ha perdido su remo.

 

La aflicción tiene idas y regresos, palabras posibles que se niegan a salir o que, tras muchas dentelladas demasiado cerca, dicen basta y se exponen, como cuando en la sección tercera, ‘La noche’, la autora las despliega para nuestra lectura:

 

(…)

 

Paisajes fuimos desgarrándonos,

por selvas llenas de rugidos ,

sombras sobre las sombras alargándose

donde el crepúsculo se esconde.

 

Doloroso destino el nuestro,

nacemos del amor y morimos

sin voz en el canto…

 

Hay en sus otros textos algunos que parecieran ablandar esta constelación de nieblas que asfixian el tránsito existencial de Araceli Sagüillo, como ese abrazo del amado que la libera, aunque le haga pasar noches en blanco. Y confiesa que su misión es escribir para y sobre Andrés Quintanilla Buey, el esposo ausente: “Escribiré para ti,/ absolutamente para ti,/ verso en prosa que tanto te gustaba,/ versos libres tal vez, pero tan míos,/ tan para ti, que me emociono.// Me enfrento a días oscuros,/ y devoro la triste realidad/ entre cráteres de recuerdos…”.

 

Araceli Sagüillo leyendo sus poemas en el Centro de Estudios Brasileños de la Universidad de Salamanca.

En la mesa A. P. Alencart, António Salvado y Antonio Colinas (Foto de Jacqueline Alencar)

 

La poesía, gracias a Dios, no es una mercancía para uso (o abuso) de las masas que prefieren el frenético vivir desdeñando todo aquello que estiman inútil o falto de valor. Por eso, honestamente, la poesía que prefiero y/o escribo está destinada para cuatro o cuarenta personas que a ella se aproximen con la intención de leerla o escucharla. La poesía es revelación de una realidad que humea próxima o distante: el poeta sierra imágenes y las deja totalmente libres para que atraviesen los ojos, los oídos y la imaginación de esos escasos cómplices que emergen por este u otros lugares del mundo.

 

La poesía última de Araceli Sagüillo viene y va sobre las pérdidas y la torna magnavoz del dolor suyo, es evidente, pero también de otros miles y miles de seres humanos que, como ella, sufren bajo el espejo negro de la noche:

 

(…)

 

Esta cordura que me hace besar la tierra

de todas las batallas juntas,

estos días fatigándome, llenándome

de miedo colgado desde siempre en mí.

 

Esta herida en el pecho sangrándome,

reventando latidos de dolor

que se rompen

en la terrible hondura de la nada.

 

 

VII.

 

Pero también la poesía repara la existencia, gracias a Dios. La poesía es una tabla de salvación, tanto para el que la escribe como para el que la lee. Máxime en las crisis de valores de los tiempos modernos y tecnológicos, porque ahora es cuando está alcanzando la cúspide de su valor espiritual.

 

Aprecio en grado sumo la propuesta poética de Araceli Sagüillo, porque ella responde desde su costado abierto, desde las brasas del amor en esos lugares “donde tu nombre me llama a cada paso”, y desde su inquebrantable fe en la Poesía:

 

Donde la poesía descansa,

rozar el murmullo de  su voz,

recuperar la calma abrazada a ti,

y sentir el hogar nevado, con los pies descalzos.

 

Desorientada por tanta blancura

emplearé los cinco sentidos y diré palabras:

Amor, lágrimas, miedo…

palabras todas en peligro de muerte.

 

Aquí se reconocen las dos estancias donde sobrevive y siente esta poeta que sube por sí misma y a quien dedico mis aplausos.

 

Mayo y en Tejares (2018)

 

Alfredo Pérez Alencart