Martes, 20 de noviembre de 2018

Cuatro en un banco

Hace un tiempo estupendo, y por fin no tengo prisa a mediodía. He quedado a tomar una sin en una terraza. El sol despliega aromas de paz y unos pájaros, no sé su nombre, acompañan el hechizo del día.

Viene una camarera a preguntar, y lleva en su bolso los cuatro rayones del encargo.

El sol, acariciando, pone calma mientras se busca hueco entre las hojas de un frondoso árbol para dejar brillos de luz entre mis ropas.

Sobre la mesa se despliegan vasos y botellas, un servilletero, alguna tapa, unos cubiertos… Y entre animada charla algo fresco humedece mi garganta.

El sol sigue entonando su suave melodía, y las aves dulcifican con sus trinos este rato mágico.

A lo lejos se oyen risas de chavales que se van acercando, para fundirse con los cantos que nos arrullan, hasta entrar en mi campo de visión. Vienen moviendo cada parte de su cuerpo como si les sobrara más de la mitad de su energía, como pájaros dando saltitos en el suelo sin tener por qué. Se aproximan llenos de vida con bolsas en las manos a esa plaza a la que da semisombra el árbol amable que permite que el sol me acaricie. Sigo la charla y la bebida.

Se sientan, desmadejados, en un banco. Cada uno de ellos lleva un corte de pelo y un tono de voz diferente, tonos de voz con laringes aún inmaduras, en proceso, disparándose “gallos” de vez en cuando. Hablan en tono normal, sin gritos ni aspavientos, pero su conversación es tan desmadejada como sus movimientos.

Nos reímos en nuestra charla, alabando el descanso y el rato.

Ellos comienzan a abrir las bolsas blancas que traen. Uno se ata la deportiva. El otro dice que se muere de hambre, y yo casi puedo verles salivar. Dos de ellos empiezan a sacar distintos envases transparentes con dulces de diferente tipo, y los otros dos los van cogiendo y dejando en el banco. Uno dice apenado que no le gusta el chocolate, y a los demás se les iluminan los ojos y las gargantas pensando y diciendo que van a tocar a más. Automáticamente el que no ama el chocolate empieza a saborear su berlina y a decir que no está mal así cubierta, y cada dulce dura en cada mano lo que un suspiro de una anciana sentada en su sillón de orejas. Siguen hablando con la boca llena, cogiendo de su compra y dándose un festín, altas dosis de azúcar que, a buen seguro, quemarán por el camino.

Comentan sobre un compañero. Al parecer “a ese no le funcionaba el móvil esta mañana” y no han podido quedar con él, salió deprisa de clase y ya no le vieron. Las bolsas se quejan cada vez que alguno de ellos busca algo en su interior y de allí no dejan de salir hojaldres con azúcar glaseado, que son triturados en un instante, y “de postre” unos gofres que parecen tan pegajosos como una pareja de adolescentes en primavera. Los cuatro no paran de reír y comentar, de mirarse unos a otros según mastican… Y al terminar su gofre uno de ellos se mira las manos pringosas de azúcar derretida con cara de no saber qué hacer, ni dónde limpiarse, y decide ir chupando dedo a dedo, hasta la segunda falange. Sólo verle me da una terrible sed, y puedo imaginar lo pastosa que tendrá la boca. Cuando acaba el chuperreteo de todos sus dedos, no sabe qué hacer con aquella humedad, y decide pasarse las manos por los pantalones, con premeditación y alevosía –diría que, incluso, con ensañamiento-… Qué fácilmente se resuelven las cosas cuando son tan banales, pienso. Ellos siguen con su banquete, y al terminar los víveres, meten los envases vacíos en las bolsas, y uno busca una papelera. Los otros tres ya van correteando, tocándose entre sí en ese juego simple de te doy me das, entre la algarabía de sus risas, agachándose o retirándose para evitar ser dado, esquivando la mano que le quiere alcanzar. Y desaparecen calle arriba igual que aparecieron por la calle lateral… con sus chanzas cada vez más lejanas y saliendo poco a poco de la vista.

Pienso qué llenos de vida están que la van desgastando por el camino, entre bromas y risas desplazándose en zigzag, sin escatimar pasos ni energía, qué ávidos sus cuerpos de alimento, sea el que sea, que llegarán a sus casas y comerán también de aquellas comidas hasta dejar los platos inertes… Qué ensayos de amistad seguirán probando hasta que quizás se sorprendan o se defrauden, cuántos aspectos de sus vidas tendrán que madurar, cuánto la vida les dará y cuánto, quizá, les quite algún día… Cuánta vida les acompaña y qué llena de pequeñas cosas de las que se hace un mundo… o no. Cuánta vida se proyecta en esas cuatro vidas de pubertad.

Algo frío humedece mi garganta. Los pájaros y el sol siguen acunando nuestra charla…