Martes, 13 de noviembre de 2018

El enigma de lo humano

Este hombre futuro —que los científicos fabricarán antes de un siglo, según afirman — parece estar poseído por una rebelión contra la existencia humana tal como se nos ha dado, gratuito don que no procede de ninguna parte (materialmente hablando), que desea cambiar, por decirlo así, por algo hecho por él mismo. No hay razón para dudar de nuestra capacidad para lograr tal cambio, de la misma manera que tampoco existe para poner en duda nuestra actual capacidad de destruir toda la vida orgánica de la Tierra.

Hannah Arendt, La condición humana

 

La técnica no es, pues, algo periférico en la condición humana, algo que se usa o no se usa según las circunstancias y los fines. Se trata, por el contrario, de nuestro medio, del lugar mismo, superpuesto a la naturaleza, en el que el ser humano habita y busca su bienestar; se trata, en suma, de la base sustancial de nuestra circunstancia vital.

Antonio Diéguez, Trashumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano.

Nuestro mundo, dominado por la ciencia y la técnica, no ha podido eliminar las grandes preguntas, todo lo contrario. La atmósfera postmoderna y nihilista con su escenario de simulacros e interpretaciones, no ha conseguido eliminar el sentido y las grandes preguntas por nuestra humanidad y dignidad. Hoy más que nunca se habla sobre el hombre y su humanidad, pero sigue siendo una pregunta abierta, una realidad transcendente, siempre en cambio y transformación.

Desde la tecnología y la neurociencia, la palabra clave es el Posthumanismo o Transhumanismo, la cosmovisión propia de la época postmoderna, dominada por el culto a la técnica, proyectada en un horizonte de inmortalidad. Una  corriente de pensamiento que promete al hombre una nueva era, donde la relación del cuerpo, mente y la máquina nos hará más inteligentes, más longevos, más perfectos y más felices. Como una profecía del libro de la ciencia, nos anuncian que dentro de poco no habrá ciegos, ni sordos, ni cojos, conectado nuestro celebro a una serie de periféricos, aumentando nuestra interacción con el entorno.

Se atreven a vaticinar que no solo se eliminará la enfermedad y el sufrimiento, también el envejecimiento, incluso la condición mortal. Una especie de hombre-máquina, sometido a los intereses sociales, políticos y económicos. En estas afirmaciones están implicados importantes científicos y pensadores como el ingeniero de Google Ray Kurzweil, o el filósofo Peter Sloterdijk. Toda una serie de promesas utópicas, pero presentadas por los medios de forma más potente, deslumbrante y atractivas que las viejas utopías y que han sabido conectar con los deseos insatisfechos de nuestras sociedades consumistas. Parece presentarse como una nueva salvación, realizable aquí y ahora como una nueva forma de religión sin grandes compromisos, solo hay que dejar hacer a la técnica y la ciencia y esperar.

Lo cierto es que las máquinas ya nos superan en muchos ámbitos, hoy tenemos teléfonos inteligentes, ordenadores inteligentes, tabletas inteligentes, mañana puede que otras cosas. Artilugios tecnológicos que puede que en el futuro hagan la vida más fácil, prótesis para nuestros órganos, o bien conexiones para nuestro celebro que nos harán interactuar con el entorno de forma más efectiva. El progreso tecnológico promete un hombre feliz, ya no hace falta buscar una vida más allá de la muerte, el transhumanismo afirma que la muerte puede ser derrotada, ésta no es más que un error biológico, un subproducto evolutivo, resultado de la selección natural que puede ser corregido.

No debemos hacernos grandes ilusiones, solo estamos en el campo de las promesas, de las llamadas de atención para conseguir fondos para la investigación, siempre escasos y en manos de políticos que buscan rentabilizar los votos. El negocio de las promesas se ha hecho próspero, de ello no solo se aprovechan los políticos, también los medios que venden más, sobre todo cuanto más asombrosas sean estas noticias. Esto puede dañar la investigación seria y cuestiona la reflexión ética del sentido de lo humano. La pregunta es si todo esto nos hará más humanos, menos centrados en nosotros mismos, más éticos, más preocupados por los grandes problemas del hombre o de nuestro propio planeta

El filósofo Peter Sloterdijk, entiende el humanismo como un periodo de domesticación racional del hombre y la expansión de su poder sobre todo los objetos, colocando al ser humano en el centro del mundo, comprendiéndolo todo desde sí mismo. Propone una realidad post-humanista que parte de la fascinación por todo lo que nos rodea y un despojamiento de toda singularidad subjetiva. Un mundo donde no es fácil distinguir entre lo natural y lo artificial, un mundo ecológico más amplio dónde se incorpore la tecnología y la máquina.

La filósofa Rosi Braidotti, afirma que se están borrando las fronteras entre lo real y lo virtual, con lo que es necesario construir un futuro más humano transcendiendo la negatividad y aprovechando las ventajas de las nuevas tecnologías. No estamos en el final de lo humano sino en otro nivel superior de consciencia, en un nuevo salto evolutivo.

Albert Cortina y Miquel-Àngel Serra, ante la pregunta ¿Humanos o posthumanos?, afirman que estamos ante un gran debate sobre el futuro de la condición humana y la organización social. Para ello se necesitará un humanismo fundado en la conciencia universal, abierto a la trascendencia, centrado en la libertad y la dignidad de la persona.

Hannah Arendt, afirma que el sufrimiento y el esfuerzo forman parte de la condición humana, no son meros síntomas; son los modos en que la vida, junto con la necesidad a la que se encuentra ligada, se dejan sentir. Para el hombre la vida fácil, sería una vida sin vida. Fue la propia H. Arendt la que afirmó que fue San Agustín el primero en suscitar la cuestión antropológica en la filosófica, con las preguntas ¿quién soy? y ¿qué soy?, la primera se dirige al hombre, la segunda a Dios. Insiste la pensadora que la condición humana no es menos teológica que la cuestión de Dios.

El hombre en cada momento histórico está en constante búsqueda de su humanidad, ya que es una realidad existencial que ayuda a vislumbrar el sentido de su vida. En esta búsqueda descubre que él mismo es también un enigma, hay algo en él sin límites, sin comprensión posible. Esta parte enigmática e incomprensible de nuestro ser no podrá ser abolida ni por la racionalidad, la ciencia, la tecnología, ni por la fe.

El hombre debe aprender a convivir con lo “insoportable”, con lo indecible que hay en él, que no puede llenar ni la ciencia, ni la técnica que son simples medios a su servicio. Aun contrayéndose con la racionalidad, con el sentido, con la afectividad, con Dios, se construye también con esa parte indecible e  indescifrable de su persona. Si no está preparado para esta realidad, perderá su posibilidad de ser. Es esa realidad espiritual, la parte más esencial de lo humano, es lo hace que la persona se supere a sí misma, salga de sí y sienta el deseo de sentido.