Miércoles, 21 de noviembre de 2018

¿Desigualdad injusta?

“Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando… Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas”

(Martín Luther King)

ENTRE PUENTES

 ¿INJUSTA DESIGUALDAD?

¿Cómo es posible que se hable de “igualdad” en los individuos de la especie humana, si no hay dos personas iguales, ni biológica ni psíquicamente? Cada persona es única y no se podrá encontrar otra igual si no es un clónico. La demostración biológica está en las huellas dactilares y en el ADN genético. Además, según dicen los médicos, no hay enfermedades sino enfermos. Nada es igual en la fisiología, en la salud, en la duración de la vida, en la incógnita de la muerte. En cuanto a la psique o mente humana, no hay dos personas iguales en temperamento, carácter, facultades, inteligencia, sensibilidad o expresividad emocional. Empezando por los sentimientos, ¿cómo puede una mente masculina llegar a comprender “lo” femenino? ¿Cómo el adolescente las razones del adulto? ¿Cómo se puede medir la espiritualidad de cada cual? Las diferencias biológicas, pero sobre todo las psicológicas, dan vida a múltiples diferencias emocionales que aparecen a cada trecho como hongos en el bosque tras la lluvia. Quizás algún día nos digan los neurobiólogos que la amígdala del cerebro, es el órgano rector de las emociones,  completamente distinto según sea el género del individuo. Por no decir nada de las razas. Pocas personas saben que la raza negra, además del color de la piel, difieren de los “blancos” en los complejos hormonales, como la cantidad de creatinina, sin contar el tamaño del órgano viril, según afirman quienes lo han comprobado. ¿Y la condición afectiva de homosexuales y transexuales frente a los heterosexuales? ¿Pero no éramos iguales? ¿Tanto influye la orientación sexual en el comportamiento de los humanos?.

 Hay un conjunto de caracteres de la personalidad que se repiten en todas las personas, pero las combinaciones entre caracteres, tanto en cantidad como en calidad, son infinitas, no hay dos personalidades idénticas”. Diferencia entre lo innato y lo adquirido: “Los grandes trazos del comportamiento son innatos pero el aprendizaje promueve adaptaciones útiles, distintas para cada individuo”.  Cuando hace unos 700 millones de años comienza la reproducción sexual, con géneros diferenciados, masculino y femenino, comienza el intercambio de genes, y con él las mutaciones que dan origen a una vida más y más diversificada, con seres únicos e irrepetibles que habrían de pagar el precio más alto por ser diferente: la muerte. Nada en la naturaleza humana nos permite hablar de igualdad. Solamente seremos todos iguales a la hora de la desintegración. Pero para entonces, ya nada nos importará.

Sin embargo, la desigualdad natural es, para los humanos, como el monstruo a abatir y domeñar. Algo que rechaza violentamente por injusto, cuando se mira en el espejo de la dignidad. Sobre todo, cuando se van formando las comunidades, incluso tribales, que necesitan un “jefe” para subsistir. La obediencia es ya una forma de desigualdad. Pero ninguna sociedad ha podido sobrevivir sin esa necesaria jefatura (llámese caudillo, faraón, rey, monarca, emperador o simplemente presidente). La sumisión, la obediencia, el respeto, y la desigualdad, no son exigencias de la naturaleza, sino de la cultura. Por el contrario, la desigualdad no debe tener su dominio en el campo jurídico ni en el laboral, ni en el económico. Los derechos humanos, que las sucesivas sociedades humanas han ido conquistando a lo largo de la historia, deben extenderse en todos los campos sociales, es decir, los que dependen de la voluntad personal, siempre dirigida a la mejora de la especie y a la justicia social, base indispensable de la paz.

Ningún dominio de género debe ser aceptado, ni en lo laboral, ni en lo económico, ni en lo jurídico. Como tampoco debe haber, en una sociedad sana, ningún tipo de discriminación por ideologías religiosas o políticas. Ni se debe admitir la imposición de ningún credo religioso sobre la actividad política: Cuando la teocracia domina, las sociedades están condenadas al fanatismo y a la guerra. Aunque lo más sangrante, desde un punto de vista universal, es la elevada diferencia económica entre sociedades y “mundos” diferentes (se habla de primero, segundo y tercero). La miseria, el hambre y las enfermedades infecciosas son el insoportable peso que impide el desarrollo de pueblos enteros que habitan en este planeta, en especial, los pueblos indígenas de África, Asia y América. Según las estadísticas, una persona muere de hambre cada 3 segundos y más de veinte millones de seres humanos fallecen cada año por carecer de medicamentos básicos.

Los desheredados de la fortuna son los que más claman por esa igualdad utópica que ven en la lejanía como un horizonte inalcanzable. No sólo ellos. También en el llamado “primer mundo” la deseada igualdad exige una equiparación de sueldos, sin discriminación de géneros, una amputación de bienes inútiles para mejorar la vida de los desfavorecidos; un equilibrio laboral que dé a cada uno según su esfuerzo, eliminando la injusticia del capitalismo salvaje, que se basa en el egoísmo personal y la creciente desigualdad. No puedo imaginar una sociedad totalmente igualitaria, siempre habría, al menos, un “jefe” con atributos de superioridad y se instauraría de nuevo la desigualdad. Defender la absoluta igualdad es desconocer la condición del ser humano y soñar con un mundo angélico, que, por supuesto, ni existe ni puede existir.

 

Fermín González   Salamancartvaldia.es            blog taurinerías