Viernes, 16 de noviembre de 2018

Como esos viejos árboles

Hoy, día 8 de noviembre, es el cumpleaños de mi padre; uno triste porque esta misma semana ha fallecido mi tía Fátima, su hermana pequeña; en esas estaba cuando recordé esto que había escrito hace años… Y lo reescribí. Va por vosotros, familia.

Hace tiempo, en TVE internacional vi un reportaje sobre Marcelino Camacho; me llamó la atención lo que en él dijo José María Fidalgo, quien en la época del reportaje encabezaba Comisiones Obreras; palabras más, palabras menos, vino a agradecer, a quien fuera uno de sus predecesores, el esfuerzo: dijo que, ahora, la lucha sindical implicaba jugarse el puesto de trabajo, que ya es jugarse, pero que en la época en la que Marcelino Camacho ayudó a levantar CC. OO., se ponía en juego la libertad, incluso la vida. Me llamó la atención porque me parece que cada vez es menos común reconocer a los mayores.

Por eso, me gustaría que este texto sirviera de reconocimiento a esos hombres y mujeres coherentes, de una pieza, sencilla, desde luego. Por aquellos días, también leí el Regular, gracias a Dios, de José Antonio Labordeta, un libro de memorias que me regaló la cercanía que solo tiene la sencillez.

Cuando terminé de leerlo, sentí que me levantaba de una mesa en la que llevaba un buen rato charlando con un amigo de esos de toda la vida.

Marcelino Camacho, José Antonio Labordeta... Como los miles de camachos y labordetas desconocidos para la mayoría pero sin los que, muy probablemente, no estaríamos aquí, o no estaríamos aquí como estamos ahora.

Vivimos una época de cambios vertiginosos; nuestros abuelos, padres, vieron el teléfono y la tele como inalcanzables que alcanzaron, pero en cincuenta años, esas innovaciones cambiaron poco; nosotros, y en ese nosotros incluyo a los que nacimos en los 60 y décadas siguientes, hemos visto nacer y morir muchas cosas y parece que eso nos ha arrojado en un vértigo con mucho de egocéntrico.

Nos pasa a los cincuentones, cuarentones y treintones, cuando, por ejemplo, los veintones nos miran con condescendencia porque no nos llama la atención el último gadget para el celular (móvil), sin pasarles por la cabeza que a lo mejor no es inutilidad de uno, o no solo, sino, simplemente, que no tenemos ganas de usar un par de neuronas en eso.

Vamos, que lo que antes era cosa de abueletes, de los que hoy se llaman a sí mismos yayoflautas, ahora es algo común en padres mucho más jóvenes, de no más de cuarenta y tantos con hijos adolescentes.

Creo que cada vez nos va a costar más darnos cuenta de que el mundo no empieza con nosotros, sino que ya casi todo estaba inventado y solo nos llega como nuevo por mercadotecnia… o ignorancia propia.

No seamos tontos y sí seamos como esos viejos árboles, los que quedan y los que ya no están pero cuya sombra nos sigue cobijando.

 

“Somos”, de José Antonio Labordeta:

https://www.youtube.com/watch?v=qgOVPEVGtMo

 

 

@ignacio_martins

 

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