Miércoles, 12 de agosto de 2020

Derecho a no ser victimizado siendo víctima, comentario del juez chileno Víctor Ilich

Cedo mi columna al juez chileno Víctor Ilich, grato amigo quien, generosamente, dedica un artículo a reflexionar sobre la obra de un Ministro de la Corte Suprema Chile, que también es narrador y poeta. Vaya, para ambos, mi abrazo más fraterno desde la pétrea Salamanca. (A. P. A.)

            Carlos Aránguiz Zúñiga

 

DERECHO A NO SER VICTIMIZADO SIENDO VÍCTIMA

Al leer el libro Defensa de Lot, de Carlos Aránguiz Zúñiga, escritor y actual ministro de la Corte Suprema, recordé el arquetipo del hombre justo que Lot representa para algunos, el cual se ve mermado por la borrachera, según narra la historia del libro de Génesis. Hoy no faltaría quien acusara a Lot de haberse expuesto a las nefastas consecuencias del estado de ebriedad en el cual sucumbió: sus hijas terminaron teniendo relaciones sexuales con él a fin de asegurarse una estirpe, y él al parecer no se dio cuenta de nada. La mayor de ellas ideó el plan, la menor también cooperó y lo ejecutó. ¿Quién es la víctima en este relato? ¿El viejo Lot, quien ya era anciano? ¿Sus hijas serían inocentes víctimas de un viejo degenerado? Pero convengamos en algo: reprochar a alguien de algo que no recuerda puede terminar siendo una sentencia condenatoria angustiante y efectiva, mas aún si se le acusa de algo que ni siquiera es capaz de imaginar.

Son tiempos difíciles para la justicia, siempre lo han sido, las expectativas superan la realidad, y la realidad, a ratos, supera a las expectativas, dicen que no hay nada nuevo bajo el sol, ya sea el sol del poniente o del oriente. Podrá cambiar la tecnología, la ciencia, la forma y el fondo de muchas cosas, pero la naturaleza humana se esfuerza por mantenerse inmutable, nuestra hambre y sed de justicia siempre parecen ser las mismas, la necesidad de paz y consolación con mayor o menor intensidad responde al mismo color: el color del alivio.

Se habla de más severidad a la hora de juzgar, pero me pregunto cuántos años vale la vida humana: 5 años y 1 día, 10 años y 1 día, 15 años y 1 día. Pareciera que un día más es más severo que un día menos.

Sabemos que víctima es todo aquel que sufre algún daño o perjuicio. El honor también puede ser mancillado. Cuando a alguien se le lanza estiércol, aunque se pueda limpiar, puede quedar el olor.

Sabemos también que ese daño o perjuicio puede ser provocado intencionalmente o por descuido: recuerdo la muerte de dos niños y su padre por la imprudencia al volante de otro conductor que sobrevivió, la madre de esos niños también sobrevivió y no quería vivir para contarlo.

Incluso se puede ser víctima sin saberlo, ya que cualquier sistema o institución que provoque algún daño o perjuicio a sus propios miembros o al ecosistema en el cual aquella institución esté inserta posiciona al agraviado en forma inmediata en tal calidad, por eso cualquier abuso de potestades victimiza y las relaciones asimétricas de dependencia son propicias para ello. Volviendo al ejemplo de Lot, ¿quién tenía el control de la situación? ¿El viejo Lot? ¿Sus hijas?

Advertimos, entonces, que todos en algún momento de nuestras vidas somos o hemos sido víctimas. De quién, de qué, cómo, cuándo y por qué son preguntas que pueden ayudar a delimitar esta particular realidad.

En fin, ser víctima es complejo. Sabemos qué hacer con los imputados, se les dan a conocer sus derechos, sabemos dónde terminan y en qué terminan si son declarados culpables. Pero con la víctima es diferente, conocemos su comienzo, mas no su final. Y lo que no conocemos no capta nuestra atención, y lo que no capta nuestra atención no es atendido. Podemos conocer quién o qué causó la herida, podemos encontrar indicadores para medir el nivel de daño, pero reparar o restaurar a una víctima es un esfuerzo directamente proporcional: a mayor extensión del daño, mayor debiera ser el despliegue para su restauración. Reparar públicamente o en privado. Toda sentencia lleva implícita esta realidad, se advierta o no, y esto, en parte, puede explicar la percepción de tanta disconformidad con las expectativas de las víctimas.

Toda víctima, además, enfrenta el odioso prejuicio consciente o no de tener que comportarse como tal, que predomine la tristeza, olvidando la habilidad de disimular.

Sobrellevar a una víctima puede ser desgastante y sobrellevarnos a nosotros mismos en esa calidad puede ser agotador, por eso el derecho a no ser victimizado siendo víctima cobra sentido, ya que el mundo sigue girando y debemos seguir funcionando, salir al trabajo, pagar cuentas, impuestos, responder a múltiples exigencias. Y aunque el curso de la vida no espera, nosotros nos podemos detener ante la luz de la prudencia, la cual podría iluminar un camino más adecuado hacia la justicia. No sabemos si Lot lo sabía y nunca se sabe cuándo volveremos a ser víctimas. Prudencia sin tapar la verdad, prudencia sin recurrir al olvido. No es hora de superfiscales, ni jueces de hierro: suena artificial. Parece que es tiempo de jueces y fiscales de carne y huesos. Ser prudente y justo es una expectativa, un diario desafío, no un patrimonio exclusivo y excluyente del Poder Judicial, sino de todos los que intervienen en el proceso penal, así lo requieren también las víctimas, porque todos lo hemos sido, aunque sea incómodo reconocerlo. En definitiva, defender a Lot para algunos puede ser imperativo, y para otros, un misterio.

 

                                                                              El juez y poeta chileno Víctor Ilich