Sábado, 17 de noviembre de 2018

Soy una inocente

He llegado a la conclusión de que soy clarividente. A mi señor padre le pasa, basta que se acuerde de uno de su pueblo que hace mucho que no ve y zasca, va y la palma. Lo juro, lo suyo es de traca pero no vale ni para adivinar los temas de mi oposición –la saqué solita sin su ayuda- ni para la lotería. Así nos va, todos trabajando como bestias mientras él se descojona porque no tiene que madrugar. Lo de la generación de mi padre fue heroico, para no extenderme solo les cuento que se dedicó durante años a poner antenas en los tejados de media Salamanca teniendo un vértigo de muerte. Lo que hace la necesidad de sacar a los hijos adelante: uno se puede encaramar en el tejado sin mirar abajo o cruzar el continente para llegar a Estados Unidos.

Muchas veces me pregunto qué pasaría si todos los subsaharianos que esperan apostados en el monte Gurugú, sufriendo los abusos de la policía marroquí, entraran todos juntos en Ceuta o Melilla, así, sin violencia, solo con la fuerza de su voluntad. Una riada humana. Qué pasaría si todos los sufridores de la atrocidad centroamericana subieran hacia arriba, atravesando mi México lindo, llegando a las fronteras de lo posible. Qué pasaría si todos fuéramos al Valle de los Caídos a recoger precisamente a nuestro caído, ponérnoslo bajo el brazo y llevárnoslo a la tumba del pueblo, ahí donde dejarle flores el día de Todos los Santos. Esos santos que nos precedieron. Porque yo no creo en el infierno, ni siquiera de los que son capaces de matar a niños inocentes o guardias civiles de paisano mediando en una bronca. El infierno es su conciencia. Yo no sé si soy clarividente, ingenua o gilipollas integral, pero bien sé que la ley tiene sus razones que a veces el poder pervierte, y sé también que a veces, las ganas de perpetuarse en el poder nos hacen arrinconar los ideales.

Muchas veces me pregunto qué pasaría si dejásemos de preguntarle al personal cuál es su filiación política, sexual o religiosa, que total, me importa un pimiento, con lo cual, no sería necesario salir a la calle a defender ni banderas, ni sexualidades diversas, ni nacionalidades. Yo soy yo y mis circunstancias pero esas no le importan a nadie, o si acaso, a mi futuro biógrafo al que le voy a hacer una faena: estoy por quemar mis diarios de gloriosa juventud porque he descubierto que hacía unos versos horrendos que eran puro ripio. La posteridad no merece tales espantos porque, después de todo, por no quedar, no quedará ni la huella de los actuales padres de la patria, estos políticos agilipollados que ni espiar saben. Anda que no nos reíamos de los de González por recurrir a unos negados como Amedo y Domínguez, lo mismo que nos reímos ahora de Cospedal y su agente secreto Villarejo que es peor que Mortadelo y Filemón. Hay que aprender de los saudíes y cortar por lo sano, pero claro, somos europeos y preferimos perdernos en lo insustancial. Un quítame de ahí esos huesos o un sonarse la nariz en la bandera. Y es que confundimos lo heroico con el mundo del espectáculo y así nos va, que no creemos en nada.  Pero eso sí, yo como soy muy pava creo en la genialidad de Mercury, en los angelitos negros, en que toda la vida ha habido movimientos de población, virus, malvados de libro a los que no se exime por psicopatologías y políticos torpes. La historia no sabe de mediocridades, dilectos lectores míos, pero sí de sueños. Y yo sueño que todo lo malo se convierta en historia y no en presente. Lo dicho, gilipollas del todo.        

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.