Jueves, 12 de diciembre de 2019

Perséfone, tus huellas

Con esos pasos pequeños a saber cuán diminutos corría por la pradera y se detuvo. A recoger una flor que era una puerta y daba entrada al territorio de lo oscuro y, tal vez, también, a la tristeza de no ver más, al menos por un tiempo, su sol, su sol precioso. Eso cuenta la leyenda: Perséfone quiso oler la flor y la belleza de la flor la hizo llorar. Conoció entonces la noche, el inframundo, el reino en donde Hades ofrecía, generoso, habitación para la sombra. Deméter, la madre de Perséfone y diosa de los campos, corrió enloquecida buscando a su hija. Sembró el frío, despobló los árboles, congeló la tierra.

Cuando los días pierden luz en el hemisferio norte, las huellas de Perséfone horadan lo invisible. La noche del 31 de octubre se llama Samhain en la tradición celta e inaugura el tiempo en el que el sol se acorta. Es la noche que desemboca en noviembre ante el altar del Día de Muertos, en México, y las fiestas consecutivas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos en la tradición cristiana. Es la noche de las brujas y también el Halloween («All Hallow’s Eve»). Nos disfrazamos, sacando al exterior la calavera o el fantasma. A veces también nos vestimos de bruja, esa chamana del Samhain, que sabe conectar el más acá y el más allá porque conoce ambos lenguajes.

En todas aquellas tradiciones se celebra la posibilidad de ignorar la grieta que nos separa de los que ya no están entre nosotros. Perséfone se hunde, se sumerge, se casa con el Hades de su noche, se acurruca en su frío, en su tristeza, en su estar crisálida para la transformación. Perséfone desciende y hace, así, lo mismo que hicieron Heráclito y Jesús: bajar antes de volver a superficie en tiempo ya de primavera, renovados en su tornar a florecer a los tres días, o seis meses después, resucitados, como los ciclos.

He bajado en la noche de Samhain vestida de brujita. He apagado la luz de mi linterna y he hecho noche entre lo oscuro mientras los árboles hibernan. He traído a mi memoria los rostros y he roto, así, por un instante, la pared que nos separa. Aquellas tradiciones recuerdan que, tal vez, hay un camino, una membrana que conecta la piel de mis manos con la fibra en donde anidan nuestros muertos. Y acercamos los oídos a la flor que Perséfone arrancó con el fin de caer por su agujero, esa flor que nos conduce hasta las vidas ya vividas de los que se nos fueron. 

Sus voces, a veces, aparecen como un canto frente a mí, pidiéndome que mire bien, que viva bien, que no pierda un segundo del oleaje de las ramas en la luz cuando los días atardecen. Están allí, debajo de las horas en el fondo de mi piel, de mi memoria, los cantos que cantaba mi abuelita cuando estaba feliz y me decía la bendición, y yo era tan pequeña y ella grande como el mundo, mi abuelita de ramas muy fuertes mirando su vida desde el árbol sobre el que ahora se me posa mi recuerdo de ella. Nuestros idos pusieron esas fuentes en la mesa que aún nos alimenta.

Dejan una pipa, por ejemplo. Una pipa de mediados de otro siglo en el cajón de la mesilla de noche de tu madre, al lado de un reloj de bolsillo, porque las dos cosas, pipa y reloj, pertenecieron al abuelo a quien no conociste porque murió antes de que tú nacieras. Una vez vi una foto en donde estaba él, delante de una biblioteca toda en sepia, con la pipa en la boca, la misma pipa que tienes en la mano, y tu idea del tiempo se difracta o se dobla como las cucharas en el agua del vaso. La boca de mi abuelo y su voz, que nunca escuché, tocaron la pipa que tú tocas de la misma manera en que Perséfone coge la flor y descubre que la flor tiene raíces que la llevan a lo hondo del genoma, atrás, hasta la primera huella en el magma de nuestra humana especie.

Yo conozco la tumba de mi abuelo. Está en un cementerio vertical y allí, un día como hoy, poníamos flores para recordarlo. Era un día agridulce pero también feliz, porque sabíamos que el abuelo estaba, todavía y para siempre, en las historias de mi madre, en los genes, en la boquilla de la pipa en donde puso, él, su aliento. Una pipa curvada que es, también, un agujero de tiempo que se abre para que Perséfone caiga / y entienda que hay un velo apenas perceptible separando, aparente, el aquí y el allí. Ese allí cercanísimo en donde mi abuela canta todavía, igual que aquella tarde cuando me enseñó la foto en donde están, ella y él, recién casados y con toda la vida por delante.

Sé que nos hablan. El aire está lleno de sus voces, nos abrazan en sueños. Y no sin extrañeza percibimos que nos cuidan cuando los recordamos porque, al hacerlo, volvemos a sentir el calorcito de aquel plato de sopa de la infancia en el que ellos ponían el amor. Hemos sido amados y el recuerdo de ese amor nos protege. Perséfone canta en la sombra y dice que allí todo está bien porque el ying y porque el yang, porque el día necesita su noche para resucitar, porque hay un renacer que solo existe cuando se franquea, sin miedo, el tiempo oscuro.

Salamanca, 2 de noviembre de 2018