Martes, 23 de julio de 2019

El Nacimiento a la Vida

Resultado de imagen de fotos sobre la muerteTodos tenemos miedo a la muerte. Intentamos anular “el único acontecimiento absolutamente cierto” esforzándonos por esquivarlo de nuestra conversación. Aunque la muerte está presente en todas partes, tratamos de maquillarla, endulzarla, ignorarla. Todos deseamos triunfar, vivir y nos causa dolor el saber que tendremos que morir, aunque morimos un poco cada día, no nos acostumbramos. La única manera de preparase para la muerte es la de saber vivir. Sin embargo nos aferramos a las cosas y somos esclavos. Nuestra vida está regida por los criterios de la belleza, rapidez, eficacia y placer. Vivir es desprenderse.

            La muerte convive con cada uno de nosotros y su presencia se hace cada vez más evidente e imperiosa. La exclamación de San Agustín ante un niño recién nacido, “tampoco éste se escabullirá de ella”, nos toca a todos, lo sabemos, y los escritores proclaman que esta vida es “un correr hacia la muerte”, una pura “espera de la muerte”. “La muerte nos acosa” (Camus y Sastre). Se nos presenta, a veces, avisando cuando estamos  en plena madurez; otras, en plena juventud como ladrón que nos sorprende y arrebata ilusiones y alegrías. Casi siempre llega temprana e inoportuna, cuando todavía nos quedan proyectos por realizar. La muerte iguala a todos: a los altos cedros y a las bajas encinas, a las cumbres y a los llanos, al rico y al pobre. “La pálida muerte tan pronto pisa pobres chozas como torres reales” (Horacio).

            Epicuro se expresa así: “Mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, no existo yo”.

            Kant, para vencer el terror de imaginarse  “metido en el tenebroso sepulcro” se reclina en la idea de que el cadáver ya no es “él”.

            Y Sartre prefiere fijarse en la vida del muerto como un álbum de recuerdos para los vivos: “Estar muerto es ser presa de los vivos”.  Y también: “Una vida muerta es una vida de la que se hace custodio el Otro”.

 “En el fondo, nadie cree en la propia muerte” ((Freud). “De todos los males humanos, el peor es la muerte”. Y es “el dolor más extremo de todos los que el hombre puede padecer, porque nos despoja del más amado de todos los bienes: la vida” (santo Tomás de Aquino). Es para todos  “no sólo algo espantoso, sino algo incomprensible…, una violación, una afrenta, un escándalo” (J. Maritain).

            La muerte, piensan algunos, es un “acontecimiento positivo”,  es un  “acto espiritual personal”, como “el acto más elevado del hombre”, como “la primera y última, la única libre decisión de su vida, que, así, en este traspaso, alcanzaría su realización plenaria. La consunción pasa a ser consumación, plenitud” (Karl Rahner). El mismo autor se pregunta ¿cómo puede ser la muerte, por una parte, “la extrema reducción del hombre a la impotencia” y, por otra, “la más elevada acción del hombre”?

            No todo lo que soy será pasto de las llamas o se esfumará como el humo en el aire. El mismo Horacio al concluir uno de sus cantos muestra su espera de la inmortalidad: “No moriré entero”. Los cristianos creemos “contra toda esperanza” que la muerte ya no es muerte, sino nacimiento a la Vida. El creyente sabe que ha nacido para vivir eternamente, que la vida no se pierde, se transforma y que la muerte no es final del camino, sino un paso a la eternidad. El cristiano cree  que resucitará y que la esperanza le mantiene vivo. Por eso no tiene miedo ni de vivir ni de morir. Nuestro Dios avala su “promesa de una futura inmortalidad”; garantiza la “esperanza de una feliz resurrección”.

            Sabemos, según se afirma en la liturgia,  que “La vida no termina, se transforma”. En Cristo Señor nuestro, brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección: y así aunque la certeza del morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.