Domingo, 15 de diciembre de 2019

Ritos y símbolos otoñales

En ninguna estación como el otoño se advierte de modo tan poderoso ese dualismo, tan arraigado en la conciencia humana, de muerte y resurrección. Es el primero de tales elementos el que, en este tiempo, se nos impone.

La muerte parece adueñarse de unos días en los que, en el descenso al solsticio invernal, la noche se apodera de los días y va venciendo a las horas de la luz. No es extraño, por ello, que sea en esta estación cuando conmemoramos a nuestros muertos, a nuestros seres queridos que se han ido de este mundo.

Y lo hacemos hoy con las flores, con ese estallido de color y de vida para convocar la memoria. Pero antes, cuando éramos niños, en una sociedad rural más pobre, pero más auténtica y plena, se hacía con la luz. Las gentes llevaban a las tumbas de sus seres queridos faroles y farolas, de hojalata casi siempre y con sus paredes de vidrio, para que, con la mecha encendida, la llama avivara la memoria. ‘Luceat eis’, ‘luzca para ellos’, dice la conocida frase latina de los oficios litúrgicos.

Pero la muerte se hace también presente en otro rito agrícola otoñal, tan simbólico, tan hermoso: el de la siembra del cereal, como promesa de resurrección, tras haberlo sepultado bajo la tierra. Un acto mistérico, que, desde Grecia, nos lleva a ese esperanzador dualismo de muerte y resurrección. ‘Si el grano de trigo no muere…’, como dice el evangelio y adopta el escritor francés André Gide para uno de sus títulos, no podremos esperar fruto alguno.

Es siempre esa alternancia continua de muerte y de resurrección en que nos movemos y que marca nuestro existir, el existir de todos, ritualizado y simbolizado en estos dos hechos que ocurren en otoño: la siembra del cereal y el visitar los cementerios a primeros de noviembre.

“El tiempo nos convida a los estudios nobles”, decía Fray Luis de León en la maravillosa oda “Al licenciado Juan de Grial”, en la que se halla una de las más hermosas plasmaciones líricas del otoño en esta tan significativa lira: “Recoge ya en el seno / el campo su hermosura; el cielo aoja / con luz triste el ameno / verdor, y hoja a hoja / las cimas de los árboles despoja.” Es una oda en la que pone de fondo el otoño, para hablarnos de su derrota personal, él, que tuvo que sostener continuas luchas en las andanadas universitarias salmantinas.

El tiempo nos convida a ensimismarnos, a recogernos. Nos convida a no renunciar a esa vida interior que, en la cultura y en la historia europeas, tan fecundos frutos ha dado. Pero, hoy, en esta sociedad del espectáculo, del consumo, de tantos alardes (eso que llaman, con un nefasto neologismo, el ‘postureo’), elegir la vida interior es como ir a contracorriente. Pero ir a contracorriente es un imperativo necesario, para no caer en esa deshumanización tan inconsciente en la que vivimos y que no parece importarnos.

Ritos y símbolos otoñales. El ser humano, como ser de conciencia, funciona, funcionamos –aunque en tantas ocasiones no seamos conscientes de ello– mediante ritos y símbolos; en ellos se encuentran nuestras significaciones más profundas, aquello que soñamos y anhelamos, aquello que tememos, aquello que nos constituye como especie.

Es lo que expresamos, por ejemplo, en la siembra del cereal (práctica agraria de la que tan alejados nos sentimos), o en ese ir a visitar a los cementerios las tumbas de nuestros seres queridos, para honrar su memoria.