Domingo, 16 de diciembre de 2018
Las Arribes al día

Tras el jabalí en compañía de amigos

Participaron 24 escopetas con dos rehalas para unas 250 hectáreas en las arribes del Tormes  

Junto a los cazadores locales también acudieron aficionados de otros puntos de la provincia y que disfrutaron de la caza y de la amistad | CORRAL

No hay nada como la caza entre amigos. El último sábado de octubre volvíamos a Villarino para asistir a una de sus monterías al jabalí, caza mayor pero de pueblo, sin más propósito que disfrutar de la amistad y la compañía forjada a lo largo de años de vecindad, también de compartir jornadas de caza tras conejos, perdices y liebres, porque antes eran las piezas por antonomasia de una actividad ahora arrinconada por distintos frentes.

El lugar de reunión era la sede de la Asociación de Cazadores, ahora club deportivo pero con más de 40 años de historia, con lo cual es testigo directo de la historia reciente de la caza en nuestra provincia. No en vano, a principios de los 80 llegó a contar con más de 150 asociados, una cifra que se ha reducido a más de la mitad, aunque en sus filas aparecen jóvenes suficientes como para tener asegurada su continuidad por muchos años, eso si no se imponen los anticaza en una sociedad cada vez más urbanita, inmersa en la naturaleza virtual y alejada de la realidad del campo.

Allí me encontré con varios de esos jóvenes, liderados por Jesusín, que ejerce de presidente, y de Emilio, secretario, arropados por un grupo de colaboradores para que ‘el coto’, como así denominan su actividad, siga adelante a pesar de todas las zancadillas de que es objeto la caza. También estaba Manolo con sus perros y su hijo Manuel, Nicasio, Hono, Jesús, Manolo ‘Charro’ y mi tío José; José Campos y su hermano Juan, mi compañero tantos días tras las perdices, ambos postores hoy de sendas armadas.

Tras el sorteo de puestos, Juan ‘Cachorro hijo’ se encargaba de tapar con cuatro escopetas más los ‘colagos’ del Teso para evitar la salida hacia Los Parisales, mientras que Juan colocaba los puestos desde el camino hasta dar vistas a Vendemoro en el regato de Fuente Frailes, su hermano Jose hacía lo propio en los puestos del arenal y molino de Vendemoro.

Como en la ciudad son imprescindibles los nombres de las calles, plazas y monumentos, para no perderse, en el campo son fundamentales los topónimos por el mismo motivo, es la forma de organizar una cacería colectiva, para que cada cual esté en el sitio que debe estar.

De este modo quedaba cerrada la mancha de unas 250 hectáreas, tres armadas abrazando el Teso de San Cristóbal y el Tormes poniendo límite con Fermoselle (Zamora).

La montería

Hechas las tres armadas con 24 puestos, la lluvia de primeras horas de la mañana había cesado y a las diez y media estaban los puestos en su sitio. Un poco antes de las once tenía lugar la suelta, las rehalas eran las de Manolo y Jesusín, que comenzaban con las primeras ladras para poner nervioso al personal. Manolo bajaba por El Esbedal hasta El Guindalatero, que nada tiene que ver su nombre con las guindas sino con la guindaleta, cuerda utilizada para subir materiales y amarrar animales de mucha fuerza. Ambos, con Jesusín por arriba, tomaban dirección a Vendemoro y Fuente los Frailes, rodeando el macizo granítico que ha alojado distintas civilizaciones en la historia y cuyos restos pueden verse con facilidad.

El viento, gallego, comenzó a soplar con más fuerza, aunque apenas el sol se hacía un hueco entre los nubarrones, así que frío y sin ningún tiro. Algunas ladras tímidas correspondían a los corzos, que sabedores de su impunidad en la montería, toreaban a los perros hasta salir de la mancha al lado de las escopetas. En el campo no hubo para más.

Luego llegaría la comida de asado de carne de cerdo, costilla, chorizo, panceta y cabecero de lomo, un festín para poner punto final a una jornada de caza entre amigos y en la que no faltaron los recuerdos de momentos mejores.

Buena caza.              

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