Jueves, 13 de diciembre de 2018

Miguel Elías, trazos que son versos

El próximo 3 de noviembre inaugura en El Casino ‘Palacio de Figueroa’ la exposición ‘Travesía al paraíso’, obra inspirada en ‘La divina comedia’ de Dante

Miguel Elías, artista y pintor, durante la entrevista para Salamanca al Día / REP. GRÁFICO: CARMEN BORREGO

Las exquisitas columnas del palacio de Figueroa sostienen un espacio de voces, ecos y un silencio rematado de luz y cristales. Tiene el palacio neorrenacentista del XVI vocación de plaza, y de charla sosegada, ágora de una ciudad que quiso ser letrada y disfrutar de una sociedad que, desde mediados del siglo XIX, convirtió la tertulia y la cultura en materia de encuentro. Ecos de una historia con solera que mira hacia el futuro y se entrega a la ciudad a la que pertenece, tendiendo arcos hacia la Universidad y  las instituciones que son la Salamanca que habitó El Casino. Columnas que sostienen el edificio de la cultura y del encuentro. Columnas que se cubren de originalidad y modernidad, propuesta de quien no se regodea en su ilustre historia, sino que mira hacia adelante desde la tradición y el atrevimiento, colgando de sus espacios la obra de un artista que trasciende más allá de la literatura y del arte. Miguel Elías interpreta La divina comedia de Dante y la apuesta museística arriesgada y diferente, flota entre los ecos. Montaje que sorprende al espectador ocupando los cielos de este patio con las delirantes escenas de un infierno del que ascendemos, a través del arte y del amor, al edén de la luz.

Miguel Elías: La muestra se llama ‘Travesía al paraíso’ y es un viaje, como un viaje fue La divina comedia, de Dante. Un viaje pictórico que ha durado tres años. He tardado tres años en culminar este proyecto y siento que La divina comedia es de una actualidad de la leche, todo lo podemos aplicar a la actualidad: los políticos corruptos, la gula por el lujo, el afán del dinero… Dante hacía unos juicios muy democráticos, ese creo que es el poder de la cultura.

Charo Alonso: El montaje en el patio central del palacio es monumental, pero también lo son estas piezas expuestas. Tu obra siempre tiene instalaciones sorprendentes y materias muy diversas…

M.E.: Se trata de encontrar soluciones. Esto está pintado sobre pizarra, la pizarra es difícil de transportar pero he encontrado una máquina en León que la corta como si fuera papel. Utilizo pizarra con tela asfáltica como lienzo y también objetos que la gente del campo ya no usa y arrincona. Cosas que encuentro cerca del pueblo de mi mujer donde tengo el estudio y que voy utilizando, como esta acedera de piel de vacuno que servía para cribar, porque pienso que el ascenso al paraíso también tiene algo de criba… hay que cribar la materia hasta dejar la esencia.

Ch.A.: Pintas sobre pizarra ¿Y los rollos de papel del patio?

M.E.: La piedra para los japoneses es una materia viva. El papel de fibra de bambú es el que se utiliza en las casas y da mucha luz. Una luz muy especial.

“Cada caligrafía es una palabra, un ideograma, lo que me fue sugiriendo la relectura de Dante”  

Ch.A.: Pintas una obra literaria que contiene la tradición medieval, la grecolatina, la actualidad del propio Dante renacentista y el futuro… ¿Cuándo leíste por primera vez la obra?

M.E.: Mi madre me regaló La divina comedia cuando tenía once años. Ellos eran socios del Círculo de Lectores y pedían siempre un libro para mí. Mi madre me dijo: “No lo vas a entender ahora, pero te lo voy a regalar”. Me lo leí entonces, mirad, esta es esa edición de la obra que, como todos mis libros, está anotada y pintada.

Ch.A.: ¿No te dio miedo pensar que Barceló había hecho ya una versión de La divina comedia? ¡Estuvo expuesta en Salamanca!

M.E.: A mí me gusta mucho la versión de Barceló, toda la obra de Barceló, al que conozco personalmente. A mí el logo de la Universidad, que a mucha gente le parece horrible, me gusta ¡Me gustó hasta el elefante boca abajo! No es un problema que la pintara Miquel Barceló, porque es una visión diferente a la mía. Y no es la única, también pintaron la obra de Dante Botticelli, Durero, Doré, Blake, Dalí… La divina comedia, con sus círculos del infierno y su visión del cielo, es una alegoría muy visual y muy estimulante.

Ch.A.: Papel, madera, piedra, escribes en el aire, en el suelo, todos los elementos… ¿Qué tiene que ver la caligrafía oriental con los versos de Dante?

M.E.: Cada caligrafía es una palabra, un ideograma, lo que me fue sugiriendo la relectura de Dante. Es la caligrafía Shodo que suelo trabajar. Y no solo lo que dices de la materia es verdad, alguno de los cuadros tiene la huella de mis gatos que se pasean por él. Y uso, por ejemplo, las herramientas del campo no solo como soporte físico, sino metafórico. Si utilizo una criba abandonada, en el fondo es porque creo que tienes que pasar por la criba y quedarte solo con lo esencial de la vida, con el corazón. Por eso en este cuadro dividí los trozos de pizarra, los trozos del ideograma que representa a la palabra corazón y luego los cosí. Se trata de recrear el elemento y crear sobre ello.

Ch.A.: Estás muy interesado por la espiritualidad, por la religión, has hecho cuadros sobre la Semana Santa, como Unamuno. Y estamos en El Casino, muy vinculado a Unamuno, a quien has pintado tanto…

M.E.: Me siento muy vinculado a Unamuno, nacimos el mismo día en diferentes años y sé que tenía un ejemplar de La divina comedia  anotado de arriba a abajo, ha sido una sorpresa descubrirlo. Él no nació en Salamanca y era de Salamanca, como yo. Y por último, este lugar, El Casino, también está muy vinculado a Unamuno y a los Unamuno.

Ch.A.: Ana Chaguaceda, directora de la Casa Museo, nos ha dicho que Unamuno no solo tenía un ejemplar, sino cuatro ediciones distintas de la obra.

M.E.: Y la Universidad también tiene en la Biblioteca fantásticas ediciones. Es más que una obra literaria. Es el paso a la modernidad sin olvidar la tradición grecolatina, es un recorrido poético que lo abarca todo.

Ch.A. Alfredo Alencart, tu poeta amigo y hermano dice que eres el pintor de los poetas por tu gran vinculación con los escritores a los que retratas constantemente. ¿Cómo empezó tu relación tan estrecha con la literatura?

M.E.: Mi inclinación hacia los poetas viene de mis tiempos en el COU. Yo siempre he leído, siempre, la pintura y la literatura han sido mis pasiones. Deberíais ver mi estudio en el pueblo, es un gran barco donde acaban todos los libros. Los poetas, todos, me motivan mucho, me ofrecen todas las imágenes. Yo soy un devorador de lecturas que me alimentan de imágenes, como soy un gran devorador de cine oriental que a todo el mundo le parece raro… bueno, también por la docencia mía porque ahora trabajo temas de Asia Oriental, unos estudios que empezaron hace pocos años y que tienen mucho éxito y alumnos excelentes que estudian japonés, coreano y chino. Yo enseño arte oriental, desde lo contemporáneo hasta lo más antiguo. Hay un artista que ahora hace Budas y eso me lleva a los Budas del siglo XIV porque para mí el arte no son etiquetas. El arte está siempre presente y así lo relaciono también con los libros, con la vida diaria.

Carmen Borrego: Hablando de libros como objeto, es increíble cómo pintas sobre las páginas de los libros y los cuadernos. ¿Cuántos cuadernos puedes tener, Miguel?

M.E.: Tengo mil y pico cuadernos, perdí casi cien en una inundación y estuve dos días sin hablar, de la impresión. Escribo cosas, apunto, dibujo, pongo papeles y recordatorios de todo lo que veo y vivo. En mis cuadernos de apuntes se puede seguir toda mi vida y mi trabajo, que es lo mismo, porque están llenos de palabras y de bocetos. A mis cuadernos perdidos los cubrió el agua y fue peor todavía ya que yo siempre escribo a pluma porque dibujo mejor con ella.

Carmen Borrego: Le he espiado mucho en los actos públicos, Charo. Yo  hago fotos y él está dibujando, como en el acto de Raúl de Tapia, donde coincidimos.

M.E.: Me motiva mucho Raúl de Tapia, me gusta mucho pintar flores y plantas. Mirad, estos son los dibujos del último encuentro de los Poetas Iberoamericanos, que hace el número veintiuno. Estaba contándoos mi relación con la literatura. Yo soy de Alicante y fui becado por la Diputación. Una de las condiciones de la beca era estudiar en un lugar diferente y como era muy joven, mi familia se decidió por Salamanca porque estaba el Padre Belda con quien tenían vinculación y eso les daba confianza.

Ch.A.: ¿El Padre Belda, el del museo de Alba de Tormes?

M.E.: Sí, mis padres aceptaron la beca y me vi matriculado en el instituto Torres Villarroel y en la escuela de Artes. Iba y venía de uno a otro, y entonces un día me encontré a Torrente Ballester, que era profesor, en uno de los pasillos del instituto. Me para y me dice: “¿Qué lleva usted en ese cartapacio?”. Yo le dije que era una carpeta y él me corrigió. “Eso no es una carpeta, es un cartapacio ¿Qué lleva usted en ese cartapacio?”.

-Grabados

-No puede ser, véngase usted conmigo.

-Pero es que tengo clase.

-Esto es más importante que la clase que tiene.

Torrente Ballester, se sentó conmigo, cogió cuatro grabados y me dijo que me los compraba. Yo le dije que se los regalaba y se enfadó. “Nunca haga esto en la vida. Usted es un artista y su trabajo es importante”. Me dio el dinero y me dijo: “Tome, si me quedo corto, dígamelo”. Yo no sabía ni cuánto debía cobrarle, era un chiquillo. Después lo primero que hice fue llamar a mi familia y decirles: “He vendido unos grabados a un profesor”.

Ch.A.: Qué historia más hermosa, Miguel. ¿Cómo sigue?

M.E.: Tuve con él una amistad que duró años, nos veíamos todos los miércoles en algunos lugares, sobre todo en el Gran Hotel y muchas veces con un amigo suyo, el señor Aguirre. A Jesús Aguirre nunca le nombraba como el Duque de Alba. Aguirre venía muy a menudo a Salamanca, la biblioteca del Palacio de Monterrey era espléndida y él sentía mucha vinculación por la ciudad. Los dos me daban libros, me hablaban de literatura. Lo primero que leí de Torrente era lo último que había escrito, La isla de los jacintos cortados. Yo me lo leía y él me preguntaba.

-¿Ha entendido usted algo?

-No.

-Pues vamos a hacer un trato, si usted me hace un retrato, mientras, yo le cuento la novela.

Siempre me trataba de usted. Entonces me hablaba de la novela que contrapone el poder de la política y el poder de la creación mientras yo le dibujaba. Torrente Ballester me abrió un mundo aún más grande, me recomendaba lecturas, me traía libros. Un día me comentó:

-Tengo que hacerle una pregunta, le he visto con un libro de poesía. ¿No ha leído usted a Pessoa?

-No

A la semana siguiente vinieron Jesús Aguirre y Don Gonzalo y me dijeron:

-Tenemos un regalo para usted porque hay algo a lo que hay que ponerle inmediatamente remedio: Esto es un libro con la obra completa de Pessoa, y un billete a Lisboa. Tiene el viaje y la estancia pagados, vaya y dibuje lo que siente, lo que lea.

Ahí me enganché yo a la poesía. Luego conocí a Alfredo y a todos los amigos poetas y escritores. Tengo una afinidad enorme con los escritores.

Ch.A.: Y no solo eres el pintor de los poetas, sino el más japonés de los pintores…

M.E.: Yo he estado vagando mucho, y experimentando mucho y cuando descubrí la pintura Sumi-e, un tipo de pintura japonesa, pensé que era como la poesía. La pintura Sumi-e es la mínima expresión en el trazo para darle la máxima expresión. Cuando descubrí a mi maestro, Kusei Takenaka –que vino con la emperatriz a la Universidad para inaugurar el Centro de Estudios Japoneses– e hizo una demostración de Sumi-e, descubrí esa pintura y pensé “esta es la pintura que yo estoy buscando”.

Ch.A.: Cuando hablas de la pintura, de la vida y de la poesía, lo unes todo. ¿Cómo lo vive tu familia, tu entorno inmediato?

M.E.: La pintura es mi vida y mi vida es la pintura. La familia ha aceptado eso: a mis hijos, a mi pareja los he metido yo en ese huracán de la pintura. No hay separación entre la vida y la pintura.

Ch.A.: Hablas de la pintura como una forma de vida y de la pintura japonesa como un camino filosófico.

“Lo esencial es que yo quiero aprender de todo y de todos, nada me es ajeno”  

M.E.: Lo es, el Sumi-e es un camino. No sólo una técnica pictórica. La última noche que pasó en Salamanca mi maestro me dijo a través de la traductora, porque yo aún no hablaba japonés: “¿Quieres seguir el camino del Sumi-e?” yo le dije que sí despreocupadamente. Al rato me lo volvió a preguntar, le volví a decir que sí y al final de la cena me dice por tercera vez: “¿Quieres seguir el camino del Sumi-e?”. Y le volví a responder que sí. Los orientales son muy de ritos.  El Sumi-e es mucho más que pintura, es seguir un camino de vida. Es autoconocerse y conocer el mundo. Supuso romper con todas mis ideas sobre la materia, incluso romper con mi facilidad, porque yo tengo una gran facilidad para dibujar, era muy impulsivo de trazo y tuve que aprender una gestualidad especial porque con el Sumi-e pintas con todo el cuerpo.

Ch.A.: ¿Dónde y cómo se aprende esa técnica que no es solo una técnica?

M.E.: Esta pintura se transmite de maestro a discípulo, no hay manuales, se aprende del modo más tradicional: el maestro pinta y el alumno copia. Hay que aprender las pinceladas básicas, si las aprendes, no aprendes a pintar lo que ves, sino todo lo que hay en el universo. Es un proceso de cambio. Es un cambio en la manera de pensar que incluye la meditación dentro de la pintura.

Ch.A.: El viaje con tu maestro, ¿dura todavía? ¡Es como el de Virgilio con Dante!

M.E.: Yo los he pintado juntos, los dos recorren los círculos del infierno. Mi maestro viene a Madrid o a Barcelona, o nos comunicamos por carta, así se aprende también. Yo ahora he escrito una cartilla de pintura, el maestro te acompaña, no te enseña, es como Virgilio con Dante. Pasas por esa etapa en la que no te sale nada y luego llegas a ese cielo y cuando llegas a ese momento, el maestro se aparta.

Ch.A.: Es un privilegio que te eligiera a ti tu maestro.

M.E.: Cierto, mi maestro me eligió, me dijo que lo hizo porque “nunca ibas a banalizar los principios del Sumi-e”. Eso es lo más esencial de su cultura, no se lo ofrecen a cualquiera, no suelen darle este conocimiento a un occidental, su cultura es la de lo frágil, lo perecedero. Ahí está el contenido de la vida. Mi maestro era un experto en artes marciales a quien mandaron a China por trabajo, entrenaba a los policías, y ahí aprende este camino con el que llaman “el Picasso chino”. Entonces deja su profesión y se dedica a esta pintura muy influida por el Taoísmo. Esta nueva visión desafía lo que sabes, y yo quiero comprender y mi forma de comprender es dibujar, leer un libro.

Ch.A.: La pintura y la lectura como forma de leer el mundo. Lo apuntaré para mis alumnos.

M.E.: Yo no tengo otra forma, a los seis años no sabía leer y me regalaron un cómic, entonces copié el cómic entero para entenderlo porque no sabía leerlo. Desde siempre he buscado explicaciones, por eso pinto. Y por eso me dedico a la educación. Descubro la educación porque persigue el conocimiento, y lo hago a través de lo mío, que es la cultura.

Carmen Borrego: Y lo haces muy feliz, porque esa obra tuya constante parece muy feliz.

M.E.: Hago lo que me gusta, Carmen, por qué voy a estar triste. El día que yo no pinto sí que me cabreo. Yo tengo mis tiempos y los rituales que debo  seguir, por ejemplo, tres cuartos de hora de meditación que a veces hago caminando. Yo vivo el presente y desde que conozco el Oriente lo hago más, hay que vivir el presente y hacerlo disfrutando.

Ch.A.: El más oriental de los salmantinos, hasta tu firma es un sello japonés, lo he visto en tus obras y en tus libros.

M.E.: El sello te lo concede tu maestro, los ideogramas del mío significan: pintor cuya pintura fluye como el agua.

Ch.A.: Es muy acertado, con la pluma parece que pintas como el fluir del agua ¿Salamanca debe potenciar esta relación con Japón, tan importante para la Universidad? ¡Es fascinante todo lo japonés!

M.E.: La Universidad le da mucha importancia porque es un intercambio excepcional. Si metéis la cabeza en el mundo oriental, que es tan diferente, es fascinante. Pero hay que aprender de las fuentes originales. Yo aprendí de mi maestro y él a su vez aprendió de un maestro chino. No se puede aprender de un occidental, se pierde mucho… yo digo siempre que soy la cola. Mi maestro me decía “No vas a ser nunca japonés, toma de nosotros lo que te sea válido”. Tenemos mucha sincronía, todos los viernes chateamos, hablamos, intercambiamos…

Ch.A.: Pero tu pintura no es siempre japonesa…

M.E.: Claro que no. Pinto de otra manera otros trabajos, los retratos de encargo, por ejemplo, como el cuadro que Pilar Fernández Labrador quiso que fuera el premio de su concurso de poesía. Ella quería premiar al poeta con un cuadro que representara al Quijote y yo por Pilar doy la vuelta al mundo. Este año lo he pintado de rodillas, antes de empezar su ayuno en Sierra Morena, una escena no muy conocida. También los grandes pintores y grabadores como Doré han interpretado esta obra.

Ch.A.: Es que todo está relacionado, tu pintura, la literatura, tus jardines japoneses, el cielo de Salamanca, el infierno de Dante… tus poetas que vienen a Salamanca a los encuentros con la Fundación Salamanca Ciudad de Saberes… ¿Qué te dan los poetas? Perdemos la cuenta de cuántos has retratado y de tus portadas de sus libros.

M.E.: Llega un momento en el que siento mucha sincronía con los poetas, parece que hablásemos con un mismo lenguaje. Los poetas hablan de las emociones, de los sentimientos, y creo que ese es mi lenguaje. Quedo con mis amigos poetas, con Palomeque, con Alencart… y es muy emocional todo porque vivimos mucho lo que hacemos. Leemos, hablamos, no estamos de acuerdo… la gente de la plástica se retrae, crea tensiones…

Ch.A.: Miguel, los escritores también, se retraen, se envidian, crean tensiones entre ellos.

M.E.: Sí, quizás son más crueles entre ellos. Torrente Ballester, Vincent… eran más de cenáculos. Quizás un pintor entre los poetas no se da cuenta de estas cosas ¡No es competencia! De todas formas, lo esencial no es eso.

Ch.A.: ¿Y qué es lo esencial, Miguel?

M.E.: Lo esencial es que yo quiero aprender de todo y de todos, nada me es ajeno. Lo esencial es lo que mi madre me decía: vive y deja vivir, y no olvides que hay gente mejor que tú… Y lo más importante, me decía: sigue, sigue y persigue.  

La tarde cae tras las portadas platerescas del Casino. Las largas, sinuosas y esenciales pinceladas de la pintura japonesa de Miguel Elías se envuelven en las sombras, y los diablos y condenados del infierno se retuercen en los dantescos círculos de los que cuelgan. Silencio fúnebre: ¡Perded cuantos entráis toda esperanza! Sin embargo, la imagen de Beatriz conjura la desesperación. El espacio de voces y de ecos que guarda la memoria de la ciudad entera, enmudece extrañamente y sólo la luz de su techo acristalado nos recuerda el día, la ascensión, el final de la travesía… Vuelan las páginas, los dibujos cobran movimiento, se despliega la alegoría, la pintura ha conjurado el tiempo y el espíritu y los círculos nos devuelven a la esencia múltiple de lo que somos. El pintor ha recorrido su camino hacia la luz.