Sábado, 15 de diciembre de 2018

Cartas de los lectores

La pasarela de Aldeadávila

El Parque Natural Arribes del Duero abarca la zona fronteriza de España y Portugal en la que la profunda cicatriz que el fronterizo río Duero ha excavado como queriendo dejar bien marcada la separación entre estos dos países hermanos. Y así ha sido durante años y siglos de aislamiento. Hoy, afortunadamente, las fronteras han caído y los nuevos medios de transporte y comunicación les han dado el golpe de gracia. Pero ésta se resiste porque de las cinco presas de la frontera sólo las de Miranda, Bemposta y Saucelle tienden puentes efectivos de comunicación entre ambas riberas salvando el profundo tajo abierto por el Duero en el oeste de las provincias de Zamora y Salamanca.

Los Arribes zamoranos y Las Arribes salmantinas han sido suficientemente descritos, y magníficos vídeos los recorren en toda su extensión de modo que ya no se puede decir que sean unos desconocidos. Sin embargo, no creo exagerar si digo que la parte más encajonada y abismal, espectacular, sorprendente y capaz de encoger el alma por su grandiosidad es el gran cañón en el que se emplaza la presa de Aldeadávila, corrijo, la elegante presa de Aldeadávila, tan perfectamente adecuada al entorno, tan mimetizada que parece que siempre ha estado ahí formando parte de este gran cañón.

Hasta hace relativamente pocos años nadie se acercaba a esta comarca alejada de todo; pero la presa empezó a actuar de imán y algunos se acercaban a verla y, por qué no, admirarla y emocionarse al recorrer esos cantiles con la mirada tratando de calibrar el colosal esfuerzo, la gesta de los hombres que hicieron posible su construcción en un lugar imposible y, finalmente, estremecerse con el espectáculo único del vertido del agua por los aliviaderos. El rodaje de algunas escenas de la película “Doctor Zhivago” le dio proyección mundial a esta presa.

Los nuevos tiempos han cambiado sustancialmente el estilo de vida y nuevas exigencias de seguridad de las personas y de la instalación han aconsejado cerrar el tránsito de personas por la coronación de la presa tal como se venía haciendo durante muchos años. El recorrido fácil y cómodo se interrumpió pero el deseo de gozar del espectáculo no, porque otros miradores que la empresa Iberdrola, explotadora de la instalación, había construido en el entorno del Edificio del Cuadro permiten contemplarla “a vista de pájaro”. Otros miradores como el Picón de Felipe y el del Fraile complementan a los anteriores proporcionando una magnífica visión de la presa y del cañón a lo que contribuyen los buitres que moran en estos acantilados con el espectáculo de su vuelo pausado y majestuoso remontando el cañón sin apenas mover sus alas.

¿Quiénes disfrutan de este espectáculo de la naturaleza? Evidentemente los que la aman y son capaces de sentir la emoción en las fibras de su ser mientras las contemplan en un silencio absoluto sólo roto ocasionalmente por el lejano sonido de un animal o el ruido provocado por una piedra precipitándose al abismo. Porque la emoción está en esto, en la contemplación silenciosa hasta fundirse con la naturaleza.

La lejanía ha mantenido a Las Arribes a salvo de los visitantes ocasionales de modo que sólo los que verdaderamente las sienten son capaces de recorrer gustosos las decenas y hasta los centenares de kilómetros para alcanzarlas.

Hace unos días se ha extendido la noticia de que la Junta de Castilla y León ha destinado 250.000 euros para la construcción de una pasarela metálica de casi 17 metros de longitud que volando sobre el abismo desde o sobre el mirador del Fraile permitirá una mejor visión de la presa de Aldeadávila. Por la recreación gráfica publicada de esta pasarela es obvio que el impacto visual es negativo y de tal magnitud que uno no se explica como la Consejería competente, siempre tan vigilantes en estos temas teniendo en cuenta, además, que estamos en un Parque Natural, ha podido dar no solo su visto bueno si no haber avalado este proyecto con tal dotación económica. Por lo publicado, el proyecto contempla, además, la construcción de un centro de visitantes y otras pasarelas y obras menores. Sin entrar en más detalles no cabe duda de que esta obra causará un impacto demoledor en la misma esencia de este lugar privilegiado. De llevarse a efecto pasaremos de ver a pequeños grupos de visitantes a grupos más numerosos cuyo objetivo principal será sentir la emoción del vértigo al caminar por esta pasarela para asomarse al vacío e, incluso, hacerse un “selfie” con el que certificar su audacia y no para sentir la grandeza de la naturaleza. El silencio ya no será apenas roto por el aire desplazado por el vuelo de los buitres, más bien éstos harán las maletas y huirán espantados, lejos de los griteríos y atronadoras músicas amplificadas por el cañón. El olor de las hierbas silvestres será sofocado por el de las hamburguesas y condimentos de todo tipo porque, sin duda, aparecerán chiringuitos para satisfacer el hambre de los excursionistas, pues ya se sabe el efecto que causa la naturaleza en el despertar del apetito. En fin, por no extenderme más, creo que asistiremos impotentes al fin de Las Arribes en las que, paradójicamente, su hermosura puede ser la causa de su perdición.

El desastre aún no se ha consumado, se está a tiempo de evitarlo. Hago desde aquí un llamamiento a los amantes de Las Arribes en su estado actual para que las defiendan de esta agresión y a la Junta de Castilla y León para que recapacite y no siga adelante con este proyecto.

Orlando Castelao Pérez