Con ojos de niño…y de adulto

Con el fuerte arraigo que producen los recuerdos impactantes de la infancia, alumno de los primeros cursos de bachiller en los Salesianos, aún conservo nítidas las escenas de aquellas concurridas manifestaciones pro-Gibraltar. Es cierto que la dirección del colegio nunca fue partidaria de autorizar nuestra participación en las algaradas estudiantiles de los años cincuenta, auspiciadas por el Régimen y dirigidas, supongo, por el SEU, con aquello de la “pérfida Albión”.  Los alumnos escuchábamos ansiosos las voces de los universitarios que, desde la calle y cual piquetes informativos de la época, dirigían sus eslóganes a pleno pulmón: ¡Que Gibraltar no es Calcuta, hijos de la …Gran Bretaña!. Y esperábamos la orden de salir a la calle, aunque a veces fueron precisas razones más convincentes, en forma de cristales rotos, para facilitar nuestra salida. Con el horario tan “cómodo” de un alumno externo –entrada a las 8.30, con 90 minutos para comer y salida a las 21 – tener una mañana libre equivalía casi a un puente. Terminada la manifestación, y con el postre en la mano, llegábamos a la puerta del colegio y los mayores nos aconsejaban no entrar, porque los universitarios se habían tomado la tarde libre, ¡y nosotros no íbamos a ser menos! Hubo más de un “esquirol”. Lo grave vino al día siguiente. Todos los que habíamos faltado fuimos despachados a casa con la orden de volver acompañados de nuestros padres. A más de uno se nos vino el mundo encima. Si ya no me “caía” bien Gibraltar, desde ese día tengo muy “enfilado” todo lo inglés.

Pasado el tiempo, la profesión me llevó al Campo de Gibraltar. Allí tuve ocasión de volver a cargar las pilas de mi antipatía, esta vez con razones de primera mano. Acercarse en los años sesenta a Gibraltar me recordaba la triste cara que, de pequeño, se le quedaba a más de un  niño cuando miraba la merienda que tenía en la mano y la comparaba con la del vecino. Entre pequeños, más de una vez, esa cara triste te animaba a compartir el bocadillo. El “llanito”, no; él miraba al español –y lo sigue haciendo- por encima del hombro porque se sabía dueño de la superioridad que le proporciona ser súbdito de Su Graciosa Majestad – ¡que aún permanece en el cargo! Ni el Tratado de Utrecht, ni las resoluciones de la ONU, ni la retirada de embajadores, ni el cierre de la verja. Nada parecía preocuparles lo más mínimo y la sensación que llegaba al español de a pie era que, en el tema de Gibraltar, aquello de la “fruta madura” iba para muy largo. Desde la Armada Invencible y Trafalgar, España no le ha quitado el sueño a los llanitos. Prueba de ello es el nulo efecto que han surtido las medidas de presión tomadas desde este lado de la verja. La diferencia de poder adquisitivo entre un llanito y un español ha ido creciendo a su favor en progresión geométrica. Tampoco la llegada de la democracia varió para nada el rumbo de las negociaciones. Desde entonces, siempre con escaso acierto, los diferentes gobiernos de España han chocado contra la cerrazón del Reino Unido –aunque, por lo que se ve, cada vez está menos unido.

El espíritu de inconformismo y la eterna obsesión por diferenciarse del Continente, hicieron que los ingleses, desde que entraron en la antigua CEE, mantuvieran una especial resistencia a pertenecer a un club sin disfrutar de algunas prebendas. De hecho, aún siguen manteniendo su propia moneda. Ser cabeza de la Commonwealth, unido a las obligaciones que ampara la UE -libertad de movimiento para personas, servicios, capitales y mercancías- han hecho del Reino Unido un territorio con más extranjeros de los que serían socialmente admisibles. Si a ello unimos el cansancio de aportar los fondos necesarios para mantener la cohesión comunitaria, encontraremos las razones que alegan para salir de la UE, pero no para perder los beneficios que se derivan del mercado único. En una mezcla heterogénea de idiosincrasia, economía y reminiscencias de imperio, los ingleses han visto en la UE un organismo que, cada vez, pretende controlar más su vida. Con la ingenua seguridad de que siempre vencería el SI, el Primer Ministro Cameron convocó un referéndum para averiguar el deseo de permanencia, y se vio sorprendido por la victoria del NO. Ahora pretenden abandonar la UE, pero sólo a la hora de contribuir; cuando se trate de recibir, quieren

 seguir apuntándose.

Cuando por una vez podíamos jugar el partido de Gibraltar en campo propio, volvemos a desaprovechar las ocasiones de marcar. Que el triunfo del Brexit no es bueno para los habitantes del Peñón, lo demuestra su alto porcentaje de rechazo en el referéndum (96 %). Por mucho que intenten disfrazar las cosas, saben que la salida de la UE supone también abandonar el mercado único.  Si no basta este dato, Bruselas le concede a España, además, el derecho al veto siempre que no esté conforme con la solución que se pretenda adoptar. Pues ni por esas. Se ve que nuestros “delanteros diplomáticos” están como los del Real Madrid, porque España pone sobre la mesa asuntos muy “trillados” –contrabando, paraíso fiscal, expoliación sucesiva de zonas comunes, control de la verja, etc. –que son importantes-, y, mientras tanto, el Reino Unido juega el papel de Du Guesclin: se escuda en la decisión de sus colonos,  pero sigue disponiendo de una estratégica base naval en el Mediterráneo.

Cuando España ha conseguido una posición internacional acorde a su desarrollo político, económico y social, nuestros políticos han hecho dejación del tema del Peñón, dando por supuesto que la comunidad internacional siempre estaría dispuesta a favorecer nuestros legítimos derechos. Vana ilusión. Tampoco se trata de llevar el litigio hasta sus últimas consecuencias. Ya vimos lo que consiguió Argentina en el conflicto de las Malvinas

Hoy los bloques se movilizan solamente por pérdida de vidas humanas –y no siempre- o por recursos estratégicos. Tenemos ejemplos recientes – conflicto de los Balcanes, Ucrania, Líbano, etc.- con situaciones más graves que nuestro conflicto “casero”, y los que podían reconducir la situación miran para otro lado. Nuestro contencioso tiene dos vertientes: la política y la económica. Políticamente no podemos renunciar de entrada –como se está haciendo- a recuperar la soberanía de la única colonia que subsiste en Europa. No será fácil revertir el status actual. Para el creciente potencial de la Royal Navy, el puerto de Gibraltar sigue siendo muy importante, y no podemos olvidar que el Reino Unido es la segunda potencia naval de la OTAN. Es quien más gasta en defensa, después de EE.UU. De cualquier forma, lo que no se puede hacer es negociar con complejo de inferioridad, ni ceder alegremente en las posiciones de partida.

Otro aspecto muy importante es el tema económico. Los diferentes planes de expansión puestos en marcha en el Campo de Gibraltar no han sido suficientes para acabar con la gran bolsa de parados de la región. O no se han completado los diferentes programas, o no se ha acertado con las materias más apropiadas. Fruto de esa mala gestión, el Campo de Gibraltar se ha convertido en una de las mayores zonas de tráfico de drogas y contrabando de tabaco de toda Europa. Como el negocio sucio está en manos de una minoría, mucha de la mano de obra excedente -aproximadamente 9000 obreros- sigue dependiendo del trabajo que se ofrece en Gibraltar. Si España adopta una posición de fuerza, ellos serán los primeros afectados. Así pues, habrá que sopesar todas las iniciativas y analizar previamente lo que se quiere solucionar proporcionando lo necesario para evitar consecuencias negativas. A la situación general del paro andaluz, se une la particular forma de vivir de una comarca que ha optado por el dinero fácil, sin reparar en legalidades. Hay que poner más énfasis en la represión de los delitos, pero, con la otra mano hay que ofrecer salidas alcanzables. Cuando se ha tomado en serio este problema en Galicia, los responsables han acabado en prisión. Del análisis previo y del grado de firmeza en las decisiones dependerá siempre el éxito de la operación Gibraltar.