Miércoles, 21 de agosto de 2019

El único culpable

No había aparecido el cadáver del niño desaparecido en la riada de Mallorca que se llevó la vida de trece personas sin contarlo cuando Andalucía empezó a pedir auxilio: también se inundaba y lamentablemente con una víctima mortal.

Quieren convencernos de que estos fenómenos naturales obedecen solamente al tan traído y llevado cambio climático, y parte de razón tienen, el tiempo lleva cambiando desde que el mundo es mundo, pero las riadas no son tragedias de nuestros días.       

Nuestro río Tormes, aunque lo veamos cada mañana con cara de no haberse saltado un muro en su vida, el 26 de enero de 1626, empujado por el fuerte viento y las intensas lluvias, tuvo que hacerlo y se llevó por delante la vida de 142 personas, y no se llevó el puente porque lo hicieron los romanos que sino…

Murcia y Orihuela fueron las zonas más afectadas por las inundaciones del 14 de octubre de 1879. La sequía dio paso a repentinas lluvias torrenciales en la cabecera del Guadaletín, provocando un aumento brusco de los caudales del Segura y sus afluentes. La ciudad de Murcia quedó inundada casi en su totalidad y en Orihuela se llegó en algunas calles a 3.80 metros de altura de agua. Murieron 179 personas y 13769 cabezas de ganado.

Málaga. 24 de septiembre de 1907. 21 personas perdieron la vida en esta inundación catastrófica sin lluvias sobre la ciudad. Las lluvias fuertes se habían producido aguas arriba sobre la cuenca del Guadalmedina, y este trajo a la ciudad una gran avalancha de agua y barro, alcanzando hasta cinco metros de altura.

Era el 14 de octubre de 1957 cuando las inundaciones del río Turia dejaron 81 muertos en Valencia. La primera de las dos riadas pilló desprevenidos a los valencianos porque allí apenas había llovido, donde lo había hecho de manera impresionante fue aguas arriba, en la comarca del Camp del Turia. La segunda llegó al mediodía del día 14, coincidiendo esta vez con lluvias torrenciales sobre la ciudad, se acumularon 125 l/m2, 90 de ellos en apenas 40 minutos, y el río llevaba un caudal de unos 4200 m3/s. 

El 25 de septiembre de 1962 las intensas lluvias de hasta 250 l/m2 sobre la comarca del Vallés Occidental, Vallés Oriental, Bajo Llobregat y Maresme hicieron crecer el caudal de los ríos Llobregat, Besós y afluentes. Las inundaciones causaron más de 800 víctimas mortales en localidades como Tarrasa, Sabadell y Rubí.

De nuevo el río Guadaletín protagonizó otra de las peores inundaciones de la historia de España, junto con el Almanzora y las ramblas de Nogalte y Albuñol. El 19 de octubre de 1973 continuó la tormenta iniciada el día anterior, recogiéndose 600 l/m2 en Zúrgena (Almería) y también en Albuñol (Granada). Como consecuencia hubo numerosas víctimas mortales y los municipios de La Rábita (Granada) y Puerto Lumbreras (Murcia) quedaron arrasados. Yo misma, en mi querida ciudad de Cáceres, tuve un compañero de trabajo que lo perdió todo en esta riada, absolutamente todo, y él y su familia se quedaron en la calle con lo puesto.

Las lluvias torrenciales caídas el 20 de octubre de 1982 en las provincias de Valencia, Alicante y Murcia provocaron la rotura de la presa de Tous en el río Júcar, dando lugar a una catastrófica inundación con más de 30 muertos. Entre los datos de precipitación destacan los 240 l/m2 en Cofrentes (Valencia) y 82 l/m2 en una hora en Alicante.

El 7 de agosto de 1996 tuvo lugar una de las inundaciones más recordadas de la historia de España. La fuerte tormenta caída arrasó el camping de las Nieves en Biescas (Huesca), causando 86 muertos y un niño desaparecido. El camping estaba situado sobre el Torrente de Arás, que creció de 3 a 300 m3/s en una hora.

Estos datos son más que suficientes para saber que estos fenómenos son inevitables, y, desgraciadamente, seguirán sucediendo aunque les hagamos caso y  cambiemos el coche por los patines, reemplacemos las bombillas por otras más caras, paguemos las bolsas de la compra a falta de manos, repartamos la basura en un sinfín de contenedores y nos duchemos con el grifo del agua caliente cerrado. Lo que sí podemos evitar es que el número de víctimas mortales sea menor y en no pocos casos nulo. Bastaría con que nunca se construyeran viviendas en los cauces de los ríos y cerca de las costas, en terrenos húmedos o pendientes, en lugares donde ya hubo inundaciones y se limpiaran periódicamente todos los sistemas de evacuación de las aguas. Pero es evidente que  estas medidas, aunque las normativas que se firman en los despachos digan que hay que tomarlas, no siempre se tienen en cuenta, el negocio está por encima de la vida de las personas, y ante estas tragedias el cambio climático es siempre el único culpable.