Martes, 12 de noviembre de 2019

Otoño de los libros

Cuando el otoño va tomando cuerpo, cuando el otoño va entrando en harina, cuando se va engrasando el motor de las ocupaciones laborales o estudiantiles de cada cual y cogiendo el ritmo de crucero, en diversas ciudades españolas –Salamanca, entre ellas; León, también– se celebran, en sus plazas u otros recintos urbanos, las ferias del libro antiguo y de ocasión.

La cultura del libro impreso –hoy en una tesitura crítica, incierta y de resistencia callada, pero acaso eficaz, a todo lo digital que traen las nuevas tecnologías– es una cultura moderna. Nace, ya en la segunda mitad del siglo XV y perdura hasta hoy mismo, debido a la alianza que se establece entre la invención de la imprenta y la producción del papel.

Y, gracias al libro impreso, aparece la figura del lector, una figura moderna que, pese a estar formada por esa inmensa minoría a la que aludiera la afortunada expresión de Juan Ramón Jiménez, ha marcado, en buena medida, la andadura de lo que ha sido la cultura de los tiempos modernos; una cultura que resulta ininteligible sin tener en cuenta la figura del lector.

Los libros, como objetos materiales que transmiten la creación y el conocimiento, la documentación de lo que son la vida, la historia, el pensamiento, el sentimiento y los anhelos de la humanidad, constituyen el más importante archivo de memoria de lo que es el ser humano en la tierra y en el cosmos.

Y, hoy, en estas ferias de otoño del libro antiguo y de ocasión, de ese libro de segunda mano, leído y releído, subrayado, maltratado acaso también, pero salvado milagrosamente del naufragio, nos lo seguimos encontrando ahí, en las casetas, en los diversos puestos de estas ferias del libro, invitándonos a acercarnos a él, a curiosearlo, a adquirirlo, a leerlo, a entrar en él e ir recorriendo sus líneas y sus páginas, para acceder a la creación y al conocimiento humanos.

Porque hoy los libros están a nuestro alcance, al alcance de los bolsillos de casi todos; pues, en estas ferias de otoño del libro antiguo y de ocasión, no pocos de ellos podemos adquirirlos por precios módicos.

Las ferias del libro salmantinas, tanto la de otoño como la de primavera, han estado, hasta hoy mismo, diseñadas sabia y certeramente, con una programación a ellas anexa, con exposiciones también muy atractivas, desde el ámbito municipal, por el buen hacer de Paco Bringas, que, al parecer, se acaba de jubilar. Esperemos que su tarea y su ejemplaridad continúen en las sucesivas ferias del libro que habrán de continuar ya sin él.

 Curiosamente, estos días, de entre las novedades editoriales, hay algunas que tratan sobre los libros, sobre los libros de viejo, sobre esa pasión por las primeras ediciones, por las bien impresas y diseñadas, por aquellas con portadas míticas (de Amster, Puyol, Almada Negreiros y otros) y muy buscadas; son el libro del leonés-madrileño Andrés Trapiello sobre ‘El Rastro’ de Madrid, o también el del escritor gaditano Juan Bonilla, titulado ‘La novela del buscador de libros’.

Sí, porque el otoño, ahora que ya hemos cogido ese ritmo de crucero (trabajo nos ha costado) para ir atravesando las aguas, no siempre en calma, del curso, es también un buen momento para acercarnos a los libros, para buscarlos, para hacernos con ellos, y, sobre todo y siempre, para leer, una de las más altas y consoladoras ocupaciones humanas.