Lunes, 26 de agosto de 2019

El mundo se hace pequeño

Papúa Nueva Guinea. Durante los últimos veinte años, cada vez que me subía a un avión para cruzar océanos y cambiar de continente, soñaba con aterrizar en Papúa Nueva Guinea. Sí, la mitad trasera de esa gran isla con forma de tortuga que está sobre Australia y que el gran archipiélago de Indonesia no consiguió doblegar para incluir en su volcánico y sísmico territorio asentado sobre el Cinturón de Fuego. Para los más desorientados, Papúa Nueva Guinea es el último lugar al que llegaron los misioneros católicos -hace poco más de un siglo- y el único país en el que la industria turística aún no se ha desarrollado a gran escala.

Al llegar a mi nuevo destino en los informativos de RTVE me asignan como principal tarea la actualidad internacional. Junto a mí está otro compañero formado en la culta y docta Helmántica que tiene la ciencia y la tecnología como cometido prioritario. Me cuenta que no hace mucho estuvo realizando un documental en Nueva Zelanda con un desconocido grupo de españoles que se había asentado por allá a principios del siglo XIX y que emparentó con los maoríes. Samuel A. Pilar, que así se llama mi compañero y guionista de “El clan español en Nueva Zelanda”, me suelta sin apenas conocerme: “¿Has estado en Papúa Nueva Guinea?” Y asistió a una de mis transfiguraciones faciales de ojos iluminados y sonrisa eterna. Le confesé atropelladamente mis deseos de ir y me hizo prometer que le devolvería el libro que me iba a traer al día siguiente.

He terminado la lectura de “El turista desnudo”. Lawrence Osborne escribe con la precisión de un bisturí. Avanza en la historia como una aguja se introduce en la carne. Es agudo y eficaz. Tiene un muy británico sentido del humor y describe, con cierta altanería y un punto de descreimiento propio del periodista que las ha visto de todos los colores, su periplo asiático hasta llegar al punto más alejado de la civilización en Papúa Nueva Guinea.

El autor inglés cuenta sus cuitas en un largo viaje que le lleva por capitales como Dubai y Bangkok. También por las pequeñas islas Andamán como paso previo a terminar desnudo, con diarrea y feliz en medio de una orgía tribal donde los komai quieren endiñarle una koteka para cubrir su pene después de atiborrarse a larvas, patas de ratón y ojos de pájaro. Delicatesen de la buena después de haberse alimentado de murciélagos y cacatúas. Todo esto en Papúa Nueva Guinea. Formando parte de una pequeña expedición de viajeros que odian el turismo y que buscan la esencia de las últimas tribus salvajes. Guiados por un nativo a medio incivilizar y con la eterna sospecha de si estarán actuando para ellos y la experiencia, de tan real, es falsa. 

Mañana le devolveré el libro a Samu. Y sacaremos un rato para conversar sobre Papúa y nuestras ganas de ir allí. Sobre sus maorís de las antípodas, sobre los hondureños que continúan hacia Estados Unidos por México tras haber atravesado Guatemala. Hablaremos del futuro de Brasil, de los aviones que nos quiere comprar Guinea Ecuatorial y de los quinientos ciudadanos de Arabia Saudí que vendrán a vivir a San Fernando. 

Y concluiremos, como siempre, que el mundo se nos empieza a quedar pequeño. Y que no hay nada más grande que nuestro barrio.