La amistad.

Lo bueno de estar jubilado es que los veranos son larguísimos. Al fin, uno se permite el lujo de llevar a cabo tareas desapercibidas. Esas que no se incluyen en el currículo ni suscitan la propia o ajena admiración. Por ejemplo, pelar unas patatas y unas zanahorias, hervirlas junto a unos fréjoles, añadir una lata de maíz y otra de atún en escabeche y aderezar así una ensaladilla rusa. También, arrancar alguna mala yerba del jardín, pintar de verde oscuro la puerta del garaje o sacar al Levi de paseo. Verlo correr por los alrededores del teso de Arapiles, husmear el rastro de algún conejo, y luego acercarse feliz con la lengua por las rodillas.

No todo es malo en la vejez. Los viejos gozamos de una bula que nos permite abandonar la competición. Incluso como espectadores de esa desaforada carrera que para muchos consiste la vida. Pienso que la buena vejez se nutre de espacios quedos y silenciosos. Las ilusiones se debilitan, las emociones se esfuman y la mirada interior se agudiza. Esa mirada es fría y distante. Diría desinteresada. Las amistades establecidas a lo largo de la vida se decantan por si mismas. Las más intensas van el fondo y las otras conforman sucesivos estratos que llegan hasta la superficie.

Las amistades con mayor pesantez son las compartidas. Transitar por los mismos caminos, soportar los mismos infortunios, juntos los muchos sacrificios, las alegrías también. Viajando hacia la superficie aumentan los desencuentros y la amistad se debilita. Con frecuencia sucede que las amistades más superficiales son las más estentóreas. Mantenerlas requieren, por lo menos, participar de algún encuentro anual. En aquél se ensalzan los recuerdos comunes y se compite en las presentes realidades: quién es más rico, quién más feliz, quién tiene los hijos más exitosos, etcétera. Resulta “cansino”. Las más profundas nada de eso exigen. Una misiva de vez en cuando, una llamada telefónica, quizás compartir unas cervezas y hablar poco de sus intimidades. Una mirada, un apretón de manos, un fuerte abrazo, son suficientes. Uno sabe que él o ella están ahí, a tu vera, y ellos saben que tú estás a la suya. Si enfermas, y ellos viven muy lejos, viajan desde donde sea para verte y luego le comentan a tu mujer o tan solo lo piensan: “a un hermano nunca se le deja solo”. Los amigos de verdad nunca se mienten.