Domingo, 18 de agosto de 2019

El regreso de la hija pródiga

Hace unos días tuvimos noticias del regreso a las aulas de los estudio de filosofía, unos espacios de los que nunca debió salir. Una buena noticia que sin duda merece ser celebrada, aunque no haya tenido tanto eco mediático como las replicas maleducadas y fuera de tono de nuestros representantes políticos en el Congreso de Diputados, en buena parte producto de su pronlongada ausencia.

Porque la filosofía es, como su propio nombre indicada, el amor por el saber[1]. Un saber  impulsado por la necesidad imperiosa del ser humano de ir más allá del cocimiento que nos aportan los sentidos y las normas que marcan nuestros instintos animales. Vemos la luna, o una cerveza, y no nos limitamos a mirarla, nos preguntamos cosas sobre ellas  ¿por qué no se cae? ¿por qué es de ese color y que serán esas manchas? ¿por qué está más rica después de un duro trabajo? Y que como hace ya muchos siglos cuando a Platón, en su Academia , le preguntaban sus alumnos ¿de dónde bien eso de la filosofía? este respondía: La filosofía nace de la admiración, de la sorpresa, de la curiosidad: Me asombro ante lo que no entiendo, me hago preguntas, pero… sin perder de vista la realidad de las cosas… Uno de los grandes problemas de no practicarla es que dejamos de tener curiosidad, de hacernos preguntas.

La filosofía ha tenido, continúa teniendo, una profunda influencia en todos los ámbitos del conocimiento, ciencia, religión, la política; y al tiempo es influida por ellas. Esa es la razón de que los descubrimientos de científicos-filósofos como Galileo o Newton, que 1687 publicó su obra más importante bajo el título “Principios matemáticos de la filosofía natural” obligaran a replantearse preguntas que ya se consideraban contestadas.

¿Qué busca en ello y con ello el filósofo? ¿La verdad por la verdad misma? ¿La verdad para sujetar a ella nuestra conducta y determinar conforme a ella nuestra actitud espiritual para con la vida y el universo[2]?, se preguntaba Miguel de Unamuno. Porque la filosofía debe, además de ser una reflexión racional, producir consecuencias prácticas para nuestro actuar cotidiano como señala Bertrand Russell: El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía, va por la vida prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el consentimiento deliberado de su razón[3]. Sólo el saber, cuanto más mejor, favorece la tolerancia, el respeto, la solidaridad y nos permite realizar las acciones más justas y por tanto nos hace más libres.

Filosofía y Ciencia han caminado de la mano durante muchos siglos porque ambas tienen un origen común y compartido y ese no es otro que el deseo innato de saber que tiene todo ser humano, no sólo de conocer las cosas, sino de comprender porque son de una determinada manera y no de otra. Pensar y después actuar, un orden que no sé muy bien cuando, se ha visto alterado.

Uno de los efectos de esta alteración ha sido que en los sistemas educativos se ha priorizado la formación científica y técnica, sobre todo eso que se llamo, con cierto tinte peyorativo, las humanidades.

Mientras la formación científico–técnica se ha ido llenando de amplios, variados, y en mi opinión, excesivos contenidos, con temas económicos, políticos, culturales, tecnológicos, demográficos, ciudadanía, equidad de género, ecología, etc.; las humanidades se han vaciado progresivamente de sustancia: arte, música, filosofía, oratoria, etc. Los profesores no tienen tiempo material de profundizar en todas las disciplinas y los alumnos tampoco. Con frecuencia se tiende a pensar que la filosofía sólo se ocupa de la razón, del alma, del sentido de la vida, del bien y del mal, de la moral, pero además de eso, también se ocupa de lo económico, lo político, lo cultural, lo tecnológico, lo demográfico, lo ciudadano, o la equidad de género.

Y hoy quiero dejarles con la completa respuesta que Joan Méndez, profesor de filosofía en el colegio San Juan Bosco de Barcelona, dio a Mayte Rius, redactora del periódico la Vanguardia a tenor de la vuelta de la filosofía a las aulas: “Puede parecer que hoy, cuando la ciencia ocupa la primacía en el conocimiento, la filosofía es algo superado; pero la filosofía toca lo esencial del ser humano y está constantemente actualizándose; la filosofía desarrolla el pensamiento crítico, reflexivo, analítico, con una visión ética y orientación moral que proporciona recursos para vivir mejor a título individual; pero también sirve para reunificar el conocimiento, porque el saber está cada vez más parcelado y especializado y la filosofía, por su carácter multidisciplinar, es como la madre de todas las ciencias, es la que aporta conceptos para fomentar el diálogo y los vínculos entre el arte, la religión, la biología, la tecnología, etcétera” Porque la filosofía, el deseo de comprender, atañe a todas y cada una de las ramas de saber humano. La hija prodiga regresa, aunque en realidad nunca se fue, porque afortunadamente siempre tuvo seguidores. Bienvenida sea.

[1] La filosofía (del griego antiguo φιλοσοφία < φιλεν fileîn, «amar» y σοφία sofía «sabiduría», amor a la sabiduría;

[2] Del sentimiento trágico de la vida, capítulo II

[3] Los problemas de la filosofía, capítulo 15