Sábado, 15 de diciembre de 2018

De falangistas convencidos y de la Carta Magna

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Dentro de unos días, el 31 de octubre, se cumplirán 40 años de la aprobación de la Constitución Española -mediante sesiones plenarias del Congreso de los Diputados y del Senado-, en una jornada que, junto al 6, 27 y 29 de diciembre de ese mismo año (ratificación por el pueblo español mediante referéndum, sanción real, publicación y entrada en vigor de la misma) integró con letras de oro la historia política de nuestro país, porque, con la excepción de la Constitución republicana de 1931, no habíamos tenido en nuestro país una Ley fundamental tan importante y adaptada plenamente a las exigencias de los tratados y convenios internacionales que vinculan a los estados democráticos en la formación de Estados de Derecho que respeten los principios y valores de libertad, igualdad, justicia, pluralismo, solidaridad, tolerancia, unas partes (dogmática y orgánica) acordes con un verdadero Estado Social que intervenga en los procesos económicos para corregir las desigualdades, que, tanto los ciudadanos como los poderes públicos (incluidos el Jefe del Estado y los responsables de los tres poderes) estén sujetos, por igual, al ordenamiento jurídico, o lo que es lo mismo, que no existan privilegios, ni ante la ley ni ante la justicia, de unos ciudadanos sobre otros.

Volviendo a la efemérides de nuestra Carta Magna, lo normal es que se hubiera publicado y entrado en vigor al día siguiente de la sanción de la misma por parte del Jefe del Estado; es decir, el 28 de diciembre. Algo que vinculó a los expertos para sugerir que no se publicara ese día porque, debido a que nuestra tradición jurídica es muy dada a los bautismos de las grandes leyes, al igual que la primera constitución liberal, la de 1812 (19 de marzo), se la denominó “la Pepa”, a ésta se la hubiera conocido para la posteridad como “la Inocente”. Y ya, lo que le faltaba a nuestro destino histórico y político, que siempre fue tan tortuoso y complicado.

La Carta Magna se aprobó, -y todo hay que decirlo-, gracias al esfuerzo de una inigualable generación de políticos de todos los signos ideológicos que se unieron en la que luego se denominó “Transición Política” liderada por Adolfo Suárez, aunque tuvieron más peso los líderes del centro y de la izquierda parlamentaria que los de la derecha. De ésta, tan sólo Fraga Iribarne tuvo la clara y determinante decisión de apoyarla. Siendo el líder de la entonces Alianza Popular (lo que hoy es el PP), no pudo convencer a varios parlamentarios de su partido que se abstuvieron (unos ) y votaron en contra (otros) de la Ley Fundamental.

Por entonces, algunos líderes del PP en ciernes, como José María Aznar, se confesaban políticamente “Joseantonianos” y orgullosos de comulgar con las ideas de los falangistas. Aznar, en sus famosos artículos publicados en 1979 en el diario de Logroño “La Nueva Rioja”, atacaba con dureza a la Constitución Española, recién aprobada y defendía el nombre de Franco y la ideología del dictador, que entró en la política debido a su participación directa en un golpe de Estado contra la república democrática española, en 1936, provocando una guerra civil y persiguiendo sin piedad a todos los disidentes políticos contrarios al ideario del  glorioso “Movimiento Nacional”.  

Aznar, que posteriormente fue líder del PP y presidente del gobierno de España, consiguió aglutinar a todas las fuerzas de la derecha parlamentaria siguiendo el paso, precisamente de Franco, que fundó el partido único en 1937, mediante el famoso Decreto de Unificación (unió a falangistas, carlistas y requetés, además de la aristocracia, la nobleza y los poderes fácticos). Aznar logró que en España no hubiera partidos de extrema derecha. Era evidente, estaban incluidos en las distintas familias existentes dentro de aquél PP.

Y ha sido precisamente Aznar quién promovió y aupó a Pablo Casado como jefe máximo del actual PP. Un líder creado en el laboratorio de la FAES que ni tiene autonomía en las decisiones políticas que está adoptando el PP, ni tiene criterios sólidos y uniformes. Se ha escorado peligrosamente hacia las tendencias de una derecha troglodita y arcaica (extrema derecha), en la que su papel se parece más al de una marioneta que mueven y manejan sus creadores a su antojo, que al de un líder tipo de partidos conservadores europeos del estilo de Ángela Merkel o Enmanuel Macron.

Casado es el líder de aquélla derecha rancia que se opuso a la Constitución Española, aunque quiera vestirse de otra cosa gritando viva España, viva la Constitución y viva el Rey. Los ejemplos los está protagonizando diariamente, tanto en el Congreso de los Diputados (en las sesiones de control del gobierno), como en los actos electorales del PP y en los medios de comunicación, dando un espectáculo vergonzoso: lo mismo promueve iniciativas legislativas para que gobierne España la lista más votada, cuando él fue elegido presidente del PP sin haber sido el más votado de las opciones existentes, que afirma –quedándose tan pancho-, que el presidente del gobierno es participe del “golpe de Estado” dado en Cataluña. No parece que la formación recibida por Casado para ser líder de un partido político sólido y posible presidente del gobierno sea la más adecuada.

Si no fuera así, las encuestas electorales serían más favorables a su partido y su valoración como líder sería infinitamente mejor de la que es.