Jueves, 22 de agosto de 2019

De caza mayor

Regresando de copiloto por la carretera a Salamanca, observo sobre la tierra recién arada una imagen perdida: un grupo de hombres caminando, domingo por la mañana, acompañados de perros. Las batidas dominicales de mi padre y mis tíos de las que regresaban exhaustos, con un par de piezas en el morral y las botas llenas de barro. Cazar no cazarían mucho, pero recorrían kilómetros de coto atravesando lindes y surcos. Domingos de caza para estos castellanos de la estirpe de Delibes, de chaqueta de pana vieja y gorra sobre los ojos. Hombres que nos saben de monterías ni de caza mayor porque lo suyo es la pieza pequeña, la excusa para recorrer el campo, la fraternidad de unos pocos y el aliento del perro mestizo o el perdiguero feliz de otear el monte. Era el pasatiempo de mi padre, sin embargo, ni mis hermanos y yo probamos la caza. Se puede negar lo que a uno no le gusta con respeto y firmeza. Son los cartuchos de la convivencia.

Ya en casa recorro los periódicos mientras el horror y la estupidez vigente sigue su oleaje constante. Somos capaces de aceptar el descuartizamiento de un periodista, de aceptar que existe la gota fría, de tragar con esa rueda de molino que supone la entrevista carcelaria de Iglesias, de horrorizarnos con las noticias sobre la inmigración y de reconocer que se ha levantado la veda, y la pieza de caza no es otra que la figura del rey, la constitución del 78 y ese orden que a algunos les parece caduco e insuficiente. Y no podemos negarlo, la batida es considerable y va a por todas.

Es complejo defender un sistema, el monárquico, basado en el derecho por nacimiento en una dinastía. Lo reconozco, sin embargo, habitantes de un país que se ha pasado la historia reciente poniendo y quitando reyes, deberíamos aceptar aunque no apreciar el valor de la institución y más tras un proceso digno de todo elogio: la Transición Española. Denostar aquel empeño y cuestionar el actual sistema ahora mismo no debería ser una prioridad, y sí el desmantelamiento constante de esa Europa del bienestar que no sabe hacia dónde se escora ¿No tenemos problemas más graves que cuestionar constantemente el orden establecido? ¿Obviamos la falta de trabajo, vivienda digna, sanidad para todos y educación decente? ¿No sería más útil hablar de una renta básica para la población que no puede encontrar un trabajo? ¿No sería más sensato reconocer en las palabras de la exministra una verdad incómoda que nos muestra que los niños de este país no tienen el mismo nivel educativo? ¿No es más necesario hablar de esos menores al descubierto, de esa inmigración que no cesa y que se muere en el mar o en los vericuetos del sistema? No, es más atractivo cargar las tintas contra aquello que vertebra el orden, o en su defecto, apuntarse a VOX para echarle la culpa de todo a los inmigrantes o a los independentistas. Y ya puestos, ir contra la corona parece lo más moderno, llena portadas, concita el aplauso fácil, nos evita hablar de lo que verdaderamente urge como la necesidad de frenar la contaminación, encontrar una respuesta a la estulticia de las grandes corporaciones, hacer que quien verdaderamente debe hacerlo pague sus impuestos… una serie de cuestiones que merecen toda nuestra energía porque ya me dirán para quién es vital ahora mismo cuestionarse la monarquía como si esta fuera la causa de todos los males. Y es que vamos por rachas… ahora toca contra el rey, mañana nos apuntaremos a la Restauración, pero eso sí, lo que importa que no se toque… curiosa cuestión de preferencias. Y todo con una falta absoluta de respeto, ese respeto silencioso con el que aceptábamos los domingos de caza. Porque se puede disentir sin llegar al grito, y sobre todo, darse cuenta de lo que verdaderamente importa aquí y ahora. Caza mayor. Pero recordemos que la caza mayor es privilegio de los ricos y poderosos, no de nosotros, los de a pie. Ahí queda eso.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.