Lunes, 18 de noviembre de 2019

Caminar está de moda

Caminar está de moda y es saludable. Y el mundo está roturado de caminos que cruzan como latigazos la piel del planeta. Caminan los que emigran buscando mejores condiciones de vida; caminan los peregrinos por motivos diversos; caminamos para mantenernos en buena forma física; caminamos al pasear por nuestros parques y ciudades. Y el día que tenemos que coger el bastón, nos damos cuenta de que caminar es parte del aprendizaje de la vida, un signo de libertad y todo un placer.

A Teresa, nuestra Teresa, le gustaba caminar. Su vida se abre a nuestros ojos con el episodio infantil de la escapada a tierra de moros. Un episodio real y simbólico, del Camino que Teresa hará al andar (vivir) y al morir (la oyen decir: “ya es llegada la hora deseada, tiempo es ya que nos veamos, Señor mío, ya es tiempo de caminar”).

Mujer andariega por todos los caminos, nunca camina sola. En su infancia fue su compañero Rodrigo, su hermano, en su madurez serán los hermanos y hermanas que siguen sus pasos, y finalmente, cuando muera, será ese Señor que a sí mismo se definió como El Camino,  quien se convierta para ella en compañero de viaje, en el viaje mismo y en la meta.

La imagen teresiana de un camino que nos perfecciona y que a su vez es perfecto, resulta asequible y atrayente para quienes comprendemos que la oración es ese Camino y que orar es vivir en compañía amorosa, codo a codo con los hermanos y con Jesús, siendo éste “un camino real para el Cielo” (C 35,1). Cada paso que damos nos acerca un poco más a la meta: la de ganar un gran tesoro: Dios. Un Dios que “basta”, un “piélago sin suelo de maravillas”, “una hermosura que tiene en sí todas las hermosuras” y en fin….”quien pudiera tener junta toda la elocuencia y sabiduría, para conocer algo de lo que aquí se da”.

Y aunque el camino tiene sus peligros y caminar cuesta como poco “no parar hasta llegar a la meta (el final de la vida), pase lo que pase, cueste lo que cueste, les parezca bien o mal a los demás, aunque nos muramos en el empeño, aunque nos cansemos y…¡aunque se hunda el mundo!”, merece la pena soportar las incomodidades y peripecias que en él se encuentran.

El equipaje es liviano, pero fundamental: “amor de unos con otros, desasimiento de todo lo criado (libertad) y verdadera humildad” (C 6,1). El amor a todos los que caminan junto a nosotros para hacer livianos los choques inevitables, y dejar que aflore la amistad. La libertad que otorga estar enamorados de Dios y mirar el afecto por las cosas con distancia y respeto. Y la humildad, que es la verdad, o sea el reconocimiento de que no somos ni mejores, ni superiores a los demás. No hace falta mucho más en la mochila. Es cuestión de certezas, deseos y propósitos.

Y mientras caminamos (vivimos) vamos haciendo la ruta del Padrenuestro, acercándonos cada vez más a la última parada, esa que en la petición orante suena como: “líbranos de todo mal”, esa que es sinónimo de Felicidad, de Bienaventuranza, de dicha, de gozo. Esa que es encuentro, y abrazo, descanso y fiesta. Esa que es “llegar a casa”.

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Debemos prestar atención a nuestro caminar, para que sea sosegado y armonioso. No acabamos los seres humanos de amar nuestro cuerpo, de integrarlo en la vida de nuestra alma, pues con frecuencia el cuerpo existe completamente separado de su ser profundo. Hay quienes lo descuidan; otros, sin embargo, lo cuidan más que “a gallo fino”. El cuerpo debe ayudarnos a orar y a formar una unidad con nuestra mente. Tenemos que ser dueños de él para poder modificarlo mediante nuestros actos, nuestros pensamientos e imaginaciones.

            Hemos tenido la dicha de gozar de un Jubileo teresiano para Alba y Ávila. Por este motivo se han tenido muchas actividades. Aquí, en el salón de los carmelitas de la C/ Zamora, 59 tendremos dos charlas sobre santa Teresa los días 22 y 29 a las 20: 30.