Jueves, 13 de agosto de 2020

"Puidemón en Waterlú"

 

Un principio ético esencial en las relaciones humanas es el del reconocimiento mutuo. Quizá sea el más básico de todos: partimos de considerar al otro como persona y ello implica el principio de reciprocidad, pues si ese otro es persona debe vernos y tratarnos del mismo modo. El desprecio y el trato indigno erosionan ese principio y pueden llevar a anularlo por completo. Es lo que pasó, por ejemplo, en los campos de concentración nazis. Cuando Primo Levi se pregunta “si esto lo es un hombre” –y lo duda– no sólo se refiere a los desgraciados reclusos, tratados peor que animales, sino también a sus carceleros, y la conciencia y el recuerdo de ese gran crimen nos afecta también a las generaciones posteriores.

Me disculpo por esta entradas filosófico-moral, que seguramente habrá parecido impertinente al lector educado, si lo hay. (No digo que no haya lectores educados, sino que puedo no tenerlos). Pero queriendo abordar el tema del “desafío catalán”, me parecía necesario. Ahora, los ciudadanos y partidos políticos sensatos y de buena fe, en un lado y otro, invocan una y otra vez el diálogo, “ponerse sobre la mesa” y, en fin, una búsqueda de solución negociada al conflicto. Mientras tanto, otros hacen declaraciones y propuestas para encontrarlo aún más, de modo que al final derive en una ruptura traumática o en un inimaginable sometimiento por la fuerza. (Para el caso creo que sirve la analogía de una pareja que empieza a enfriar su relación: ¿sirven los reproches, los insultos, para superar la situación?, ¿hace falta recordar en qué acaba tal la situación sí se enfoca así, lo tremendo de los sangrientos sucesos que a veces se derivan de ello…?)

Hay un síntoma venial de esa actitud de desprecio hacia el otro: su denominación burlesca o paródica. Es evidente que si le interpelo diciendo cosas como “oye tú, mamón, o como te llames” o “ven aquí, gorda” estamos empezando mal, lo mismo que si en vez de Federico le llamo “frigorífico”. Hacemos mal si articulamos, por ejemplo, “Puidemón en Waterlú”, como es frecuente, ya sea por ignorancia, por mala leche o por las dos cosas. Como sin pronunciamos Artur Mas como si fuera inglés y no catalán. O si hablamos de “Villadecanes”, “Companis” y así sucesivamente.

De ahí se pasa al insulto, algo que, por desgracia, ensucia mucho el papel de algunos diarios, tanto que sería difícil evitar sus propios modos para comentarlo.

Con el 12 de octubre algunos han recordado una vez más a Unamuno y su trifulca con Millán Astray en 1936. Recordemos también que el rector precisamente reaccionó con indignación ante discursos profesorales en los que se insultaba a vascos y catalanes en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Luego vino la grave ofensa a la inteligencia y la atroz invocación a la muerte. O sea que llueve sobre mojado y de aquellos polvos…