Prefiero decir que no sé inglés

La larga cumbre para buscar una salida honrosa al contencioso sobre el Brexit entre Reino Unido y la UE  parece estancada porque los ingleses están haciendo gala de su famosa flema, y, como siempre, quieren repicar y estar en misa. Pocas veces han dado su brazo a torcer y mucho me temo que en esta ocasión harán lo mismo. No cederán lo más mínimo hasta que consigan lo que persiguen. Ellos también se  encuentran enredados entre las cuerdas de otro referéndum, y su Primera Ministra, May, no puede dar marcha atrás, como desearían muchos ingleses,  si no quiere verse en la oposición. Pero hoy no pretendo ocuparme de este problema, aunque no estaría demás porque a los españoles nos afecta más que a los veintisiete países restantes.

Si hago mención al Brexit es porque el propietario de una empresa ha colocado en la fachada de su sede comercial, con grandes caracteres, el siguiente cartel: BOLLOCKS TO BREXIT. Como era de esperar, a los partidarios del Brexit se les revuelve el estómago cada vez que lo leen, y los inclinados a seguir perteneciendo a la  UE lo contemplan con simpatía. Más o menos lo que sucede en España entre los partidarios de Pedro Sánchez y los que están hartos de su incapacidad.

Entiendo que haya ciudadanos satisfechos con la forma que tiene nuestro actual Gobierno de entender la política. No pocos estarían dispuestos a declararse autores de la muerte de Manolete si con ello alcanzaban alguna de las numerosas canonjías que detentan personas menos preparadas. Hay que aceptarlo porque, para nuestra desgracia, esa es una práctica empleada por todos los partidos, y en esa triste conformidad se basa la convivencia democrática. Pero, por la misma razón, no es de recibo que, quienes no aprobamos los métodos empleados por el Sr. Sánchez, seamos tachados de desleales, traidores y toda una larga serie de epítetos nada agradables, en boca de cualquier dirigente del Gobierno – o de los partidos que lo sostienen. Si pensábamos que la izquierda española practicaría alguna vez el juego limpio, hemos vuelto a equivocarnos.  Estamos comprobando diariamente la diferente vara de medir que tiene a la hora de reconocer los pecados propios. Unas veces se miente descaradamente y otras se adopta el método de no darse por aludido. Cuenta para ello con la inestimable ayuda de muchos medios de comunicación –algunos de carácter público- encargados de aplicar la oportuna sordina.

Por todo ello, y después de comprobar la marcha de los acontecimientos en nuestra querida España, también a mí me gustaría lucir en la solapa otro lazo con la inscripción de los almacenes ingleses, sustituyendo la palabra BREXIT por PEDROS´GOVERNMENT. Como soy enemigo de chabacanerías, y no sé inglés, prefiero no dar una patada a la gramática inglesa. Lo dejo así, sin traducir, esperando que los lectores dominen mejor que yo la lengua de Shakespeare.

Nuestra sociedad se encuentra bajo la influencia de los nubarrones de otra gota fría que puede arrastrar lo que va quedando de nuestra democracia. En el fondo de todo este movimiento revolucionario –estamos asistiendo a la nueva revolución populista del siglo XXI-  aparece cada vez más claro el afán por acabar con la Corona, la Constitución, El Estado de Derecho, la unidad de España y, a fin de cuentas, la democracia que sustenta nuestra soberanía y nuestra libertad.

No me cansaré de decir que Pedro Sánchez, a juzgar por su compromiso político, no puede ser encasillado como seguidor del socialismo surgido de Suresnes. Nada queda en su mochila de la concepción socialista que propugnó Felipe González y que abrazaron Solana, Múgica, o Peces Barba, entre otros; y que hoy siguen defendiendo Leguina, Javier Fernández y no pocos verdaderos socialistas que han querido pasar a un segundo plano, bien es verdad que más de uno utilizando  alguna puerta giratoria. El caso de Pedro Sánchez es muy particular -más que el patio de mi casa. En primer lugar, lo único que tiene verdaderamente acreditado el doctor en economía es que su día a día está plagado de mentiras. Que un gran número de políticos mienten más que hablan, es algo muy extendido. Lo verdaderamente privativo del Sr. Sánchez es que, después de ser pillado en renuncio, ni lo reconoce ni se inmuta. Sus ensoñaciones de protagonismo llegan a convencerle de estar por encima de los demás. Hasta que no ha llegado él a la Presidencia del Gobierno, nadie había sido capaz de acertar con la fórmula mágica capaz de invertir la situación. El problema entraña mayor peligro si, además, llegara a creerse sus propias quimeras.

Fruto de la debilidad de su grupo parlamentario -y de la agradable sorpresa que le proporcionó la moción de censura-, para gobernar necesita el apoyo de otras fuerzas. Ahí tropezamos con el primer obstáculo. Si estuviera decidido a seguir los dictados de la socialdemocracia, dentro de los límites de la Constitución, debería acudir al abrigo de los partidos que no quieren acabar con esa Constitución y, hoy por hoy, siempre necesitaría alguno con más diputados que él. Es decir, habría que convocar elecciones para que decidieran los españoles, y para cumplir la promesa que hizo al acceder al cargo. Pero, claro, eso puede acarrearle la pérdida del “Falcon”. Así que, de elecciones, de momento, nada. Es mucho más sencillo desdecirse de lo prometido y asociarse con los mismos que desean acabar con el sistema –empezando por él-, a base de abrir el grifo de las concesiones. Si para acabar el año 2018 había que usar los denostados PG aprobados por el PP, nos tapamos la nariz y seguimos en el machito. Todo antes que perder el protagonismo.

“¿Y si forzáramos las máquinas, a base de no quitarnos la careta, ofreciendo a populistas, independentistas y filo terroristas lo que hasta ahora se les ha negado? Eso sí, nosotros nunca sobrepasaremos la línea roja de la legalidad.”  Dicho y hecho. La izquierda parlamentaria comienza a frotarse las manos, consciente de la ocasión que se le presenta. Tienen la sartén por el mango, y no están dispuestos a soltarlo.

Pedro Sánchez ha acabado de quitarse la careta. Ministros/as y portavoces se empeñan en desmentir las maniobras que acaban siendo ciertas, o de negar las evidencias. Que el gobierno ha hecho dejación de funciones cediendo a Cataluña la competencia en materia penitenciaria, lo sabemos todo. Que eso iba a significar un trato de favor para los implicados el 1-O, también. Que Pablo Iglesias se iba a reunir con el preso Oriol Junqueras a fin de conseguir los votos necesarios para aprobar los PG, está fuera de toda duda; como también lo está el visto bueno del ejecutivo. Un ejecutivo que quiere gobernar con el apoyo de quienes reniegan de España y de la misma UE. Es igual, todo eso siguen negándolo unos y otras.  Sabemos –porque no se puede ocultar-  que la UE no acepta el proyecto de PG tal como ha llegado a Bruselas; entre otras razones, porque ya van conociendo a los socialistas españoles. Pues siguen anunciando que todo va bien, que son defectos de forma y que se darán todas las explicaciones para que la UE  reconozca que van a ser los mejores que nunca se han aprobado en España. 

Han conseguido que las demás naciones acaben equiparándonos a una república bananera. ¿Y todavía hay alguien que se extrañe de que una mayoría de españoles piense lo mismo que el empresario inglés?